Belgrano, el abanderado de la educación

Belgrano, el abanderado de la educación

Con seguridad cuando el historiador Salvador Fedra, autor de “El drama político de la Argentina contemporánea” e “Historia Argentina con drama y humor”, entre otros, acuñó la frase: “a Belgrano lo tapó la bandera", no debió haber imaginado nunca la vigencia que cobraría dicha expresión.

José Thomas

José Thomas

El 20 de junio recordamos el día de la muerte de Manuel Belgrano, y en su homenaje se conmemora el día de la bandera nacional. Pero en gran medida esta conmemoración es mezquina. No por lo merecido del reconocimiento al creador de la bandera, sino porque oculta al Belgrano que mucho antes fue pionero de la educación pública como motor para el progreso social.

Paralelamente a ese Belgrano militar, hay un Belgrano intelectual que sembró bases para nuestra Nación que hoy no son lo debidamente recordadas en su justa magnitud y ni reconocido por la clarividencia con que estableciera una agenda sobre temas ambientales, vinculados a los derechos humanos, a la cultura y, sobre todo, a la educación, en tiempos remoto donde muy pocos sostenían estos ejes de debate.

Ese hombre de la Primera Junta y vencedor de Salta y Tucumán, fue además uno de nuestros primeros hombres públicos que se ocupó de la educación, un visionario cuyas afirmaciones después de más de doscientos años, siguen vigente.

Vale recordar, que ya en 1800, Manuel Belgrano advertía sobre la necesidad e importancia de crear, con fondos públicos, escuelas primarias en las ciudades, villas, y solicitaba a los jueces que "obliguen a los padres a que manden a sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar". No es de extrañar entonces, que con su sesgo de estadista sentenciara: “El origen verdadero de la felicidad de los pueblos es la educación”.

Cuando la educación se veía como un privilegio

A nadie escapa que durante nuestro tiempo colonial la educación fue un privilegio cuyo patrimonio radicó en los sectores altamente acomodados. Lo fue también durante gran parte del siglo XIX. Educarse era solo para los ricos. La educación era un patrimonio del poder y de la oligarquía.

Y así como le debemos a Sarmiento la obligatoriedad y laicidad de la educación, le debemos a Belgrano ser el primer impulsor de la gratuidad educativa. Punzante en sus juicios, sostenía: "escuelas gratuitas, donde pueden los más humildes mandar a sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción; allí se les podrá inspirar amor al trabajo, pues en un pueblo donde reine la ociosidad (...) toma su lugar la miseria". Además, agregaba dando paso a un debate que en la actualidad cobra vida y vigencia sobre la equidad y la justicia educativa. La educación debía ser gratis, salvo para “los padres pudientes”.

Ese fue también Belgrano. El abogado, el periodista, el economista, el político, el militar, pero en esencia ese humanista que escribió hace más de 200 años “Que las luces se difundan entre todos, que todos se instruyan y adquieran ideas”. Pero también el que ponderaba que la educación debía ampliarse a los desposeídos, los indios, los huérfanos y los pobres.

La escuela para el trabajo

Leer sobre Belgrano es retomar contantemente la agenda contemporánea. Pido disculpas por las constantes citas, pero es tan claro su pensamiento; es tan presente, que bien vale repasarlo: “Que los niños aprendan las primeras letras junto con la matemática básica y, para luego formarse con maestros de oficios en escuelas distribuidas en todos los barrios, sin distinción de clases”. Indudablemente para Belgrano, el fin último de la educación era el trabajo, que a su vez era la “emancipación de los pobres”.

Y nuevamente el estadista, izando otra bandera, proclama: "Hubo un tiempo de desgracia para la humanidad en que se creía que debía mantenerse al Pueblo en la ignorancia, y por consiguiente en la pobreza, para conservarlo en el mayor grado de sujeción, pero esa máxima injuriosa al género humano se proscribió como una producción de la barbarie más cruel".

La inclusión de la mujer

Belgrano legitimó el ingreso de la mujer al mundo de la educación y la cultura. Creía más necesarias escuelas básicas para niñas que una universidad en la Capital, que solo “habría aumentado el número de doctores”. Afirmaba que la transmisión de la cultura y modales era a través de las madres. Más allá de estimular escuelas en la ciudad y “la campaña”. Visionario y progresista. Educar a la mujer como garantía de educación para los niños. Y además garantizando una remuneración justa.

También insistió en el sistema de premios para fomentar la dedicación de niños, jóvenes y adultos en las diferentes tareas. “Jamás me cansaré de recomendar la escuela y el premio; nada se puede conseguir sin éstos”.

El rol del maestro

Un nuevo ejemplo de su coherencia y generosidad quedó plasmado en 1813, cuando a causa de sus victorias militares la Asamblea Constituyente premió a jefes y soldados y obsequió a Belgrano un sable con guarnición de oro y cuarenta mil pesos señalados en valor de fincas fiscales. Pero Belgrano respondió con abnegación y desinterés: “el dinero degrada la virtud y el talento entregado en defensa de la revolución”, entonces donó dicha suma para construir cuatro escuelas en Tarija, Salta, Tucumán y Santiago del Estero, y para financiar útiles, becas y libros para los más necesitados. Pero a su vez ideó una serie de normas que plasmó en un reglamento que podrían de servir de guía, donde resaltaba el lugar que el maestro debía ocupar en lo educativo y como referente civil más importante de la comunidad. Aconsejaba tratar a los alumnos con respeto, con el menor castigo posible, y nunca en público. En definitiva: donó el dinero y se comprometió personalmente a redactar el reglamento. Paradojas del destino desafortunado de Belgrano, estas escuelas no se terminaron de construir sino hasta 196 años después. En 2004 se terminó la última en Jujuy.

El altruista y su legado

“Aquí está la bandera idolatrada; la enseña que Belgrano nos legó”. En realidad, Belgrano nos dejó mucho más que la bandera.

La honradez, la austeridad, el honor y la solidaridad son las virtudes más conmovedoras de muchos de nuestros padres fundadores. Indudablemente en Belgrano dicen todas: presentes.

Es por eso que, en la promesa de lealtad a nuestra bandera desde nuestras escuelas, lo que hacemos es comprometernos con esos principios ciudadanos para llevarlos cotidianamente a cada una de nuestras acciones diarias. Buscamos reflejarnos en cosas sencillas; presentes cotidianamente en la escuela. Por ejemplo, ser honrado implicará estudiar pensando que los contenidos que estamos recibiendo servirán en el futuro inmediato y que es una buena forma de nutrirme intelectualmente, además de no defraudar el enorme esfuerzo de mis padres y maestros. O ser austeros en un mundo consumista; en el que los chicos se realizan a través de los consumos, tenemos en Belgrano un buen ejemplo de compromiso desinteresado. Valga otra vez el ejemplo: la historia del amigo que se hizo cargo de los gastos de su funeral, pagando los servicios médicos con su propio reloj y que el mármol de la lápida se improvisó con la cómoda del hermano. El general de la nación, hombre de cuna afortunada, moría en medio de la miseria económica.

Ser solidario en medio de un tiempo egoísta, con una brecha social y educativa tan amplia, invitaría a preguntarnos. ¿Qué pasaría si Belgrano escuchara las justificaciones de los jueces para no pagar ganancia?; o argumentos de los inescrupulosos a solo buscar el beneficio para sus empresas o defender excluyentemente los intereses minoritarios de un sector dirigencial, gremial, industrial o confesional.

En fin: Hoy en tiempos de pandemia el espíritu belgraniano y sus valores nos deben aflorar con más virulencia que nunca. Rescatar los valores de su gesta es poder volver a mirarnos en la escuela. Como él siempre lo hizo. “Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos”; repetía. En el marco de esta coyuntura, pero con la convicción y la pasión de un hombre que pudo sobreponerse a todo, pero con la gloria de ser recordado siempre, nada más y nada menos, que con la bandera argentina. Como recordamos a nuestros maestros y como recordamos a nuestros chicos.


 

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