La pobreza hídrica y de ideas que acecha a Mendoza

La pobreza hídrica y de ideas que acecha a Mendoza

Una lluvia previsible genera problemas de abastecimiento. Un incendio común, deja sin luz a toda la provincia. Mendoza es vulnerable y no se adapta a las nuevas realidades que generan el cambio climático y la escasez de recursos.

Pablo Icardi

Pablo Icardi

Una simple tormenta de verano pone bajo riesgo de que toda la provincia se quede sin agua potable. Lo mismo ante un calor intenso como el que ocurre. Un incendio menor en un campo inculto, genera un apagón en toda la provincia. No se trata de fenómenos inesperados; no son situaciones extrañas.

Vulnerable. Mendoza es frágil ante las contingencias. Incluso las que son previsibles; las que pueden pronosticarse. Ocurrió en las últimas semanas y va a volver a pasar. La escasez de agua, los incendios, las dificultades naturales no se pueden frenar. Y, según los pronósticos, se van a potenciar como consecuencia del cambio climático y otros factores. Pero lo que sí se puede hacer es adaptarse y mitigar los impactos. Pues Mendoza está en un estadio previo: vivir como se puede.

La tormenta que cayó en las villas cordilleranas de los alrededores de Potrerillos generó una crecida repentina, pero no sorpresiva de los arroyos y en particular del río Blanco. Ese solo hecho, amenaza con dejar sin agua al Gran Mendoza. Las plantas potabilizadoras trabajan “a demanda”, sin volumen de reserva para contingencias y como ahora ingresa agua turbia por las lluvias, no se puede potabilizar.

La situación en realidad se agrava un poco más de lo que ya ocurría: baja presión en zonas del norte y este de la provincia, sequía absoluta en otros lugares. La infraestructura de servicios está obsoleta desde hace tiempo y ahora que la empresa estatal que está a cargo del 80% del servicio (Aguas Mendocinas) cumple una década, intentan un nuevo recomienzo con la misma fórmula: volver a aumentar la tarifa de manera brutal y por partida doble. Por un lado habrá una suba del 100% para los gastos habituales de la empresa. Como no pueden hacer obras, el Presupuesto prevé otro 20% extra para crear un fondo de financiamiento para mejorar la rede de cloacas.

No es por prejuicio, sino por experiencia. Cada año desde que la empresa se reestatizó ocurrió lo mismo y no hubo mejoras sustantivas en el servicio. La inversión apenas alcanza para seguir de cerca el crecimiento obvio de la demanda de agua por el crecimiento demográfico.

Sequía extrema; de agua e ideas

La situación de Mendoza es más grave. La gestión del agua es ineficiente y no está adaptada al cambio climático. Pero además habrá menos agua disponible y de menor calidad. Se considera que debe haber una disponibilidad anual de agua de unos 1500 hectómetros cúbicos por año por habitante para todo uso para evitar situaciones de pobreza. Así está plasmado en documentos técnicos y lo describe el informe físico ambiental de la UNCuyo. Pues en la cuenca del río Mendoza este año habrá 727 metros cúbicos de agua por habitante, la mitad del mínimo requerido. En ese plano, Mendoza está cruzando la barrera de la “pobreza hídrica” porque tiene poco volumen; baja disponiblidad. Y cada vez son más las personas que tienen problemas de acceso, calidad, uso correcto y otras variables que se consideran para determinar ese índice.

Este año, el Río Mendoza tiene un período seco, con menos de la mitad de agua disponible de un año normal. Es una cantidad de agua mucho menor para distribuir en la misma cantidad de población, cultivos, industria y hogares. De hecho, el agua teóricamente disponible en Mendoza ya está entregada por derecho a supeficiarios de cultivos, por ejemplo, que tienen arraigo de ese recurso a su tierra. Esa potestad hace inflexible la administración del agua más allá de una ley que es del siglo XIX.

En cuanto a la eficiencia, el uso agrícola y el consumo humano son los que peor nota tienen y donde más se puede mejorar. Para los hogares se destina cerca de 600 litros por habitante por día, de los cuales se consumen 400 y el resto se pierde. Es decir, hay un exceso de uso y también poca eficiencia. “A través del tratamiento secundario, más del 80% del agua consumida puede ser reutilizada para riego en las Áreas de Cultivos Restringidos Especiales (ACRE). En la Cuenca Norte esto implica un aporte de 123 hm3/año”, explican desde la UNCuyo.

Pero a ello se le suman las presiones que ese recurso ya tiene y que hacen menguar la calidad y disponibilidad.

Es lo que ocurre, por ejemplo, con el impacto sobre el agua subterránea. Los acuíferos de Mendoza tienen una presión enorme que los pone en riesgo. Hay tres factores de contaminación que afectaron ya buena parte del agua subterránea. Por un lado el uso agrícola intenso, que ha dejado inutilizables la primera y la segunda capa de agua subterránea en el oasis norte de la provincia por la salinidad que tiene. Por el otro, la presión de los asentamientos humanos que agregan nitratos al agua por las cloacas y pozos sépticos. Y también sumó presión la actividad petrolera, que ha impactado fuertemente los acuíferos en la cuenca del Río Mendoza.

Esas situaciones no son extrañas han ocurrido en otros lugares que, incluso, tienen una situación aún peor. Pero la diferencia está en el enfoque, la inteligencia con que se aborde el problema y el sinceramiento de la situación. Adaptarse y mitigar.

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