Importar o no importar: juego de villanos
Está instalada en la discusión económica actual la conveniencia de abrir las importaciones. El gobierno ha planteado esta posibilidad y la oposición -la dura kirchnerista, la izquierda trosquista y Sergio Massa con el Frente Renovador- ha hecho saber su opinión negativa, con algunos matices.
Es conveniente recordar dos cuestiones fundamentales acerca del estado actual de las importaciones:
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1) en los últimos años Argentina conforma el lote de 5 países del mundo que presentan sus economías más cerradas a la importación.
2) en este marco, en lo que va del año 2016, el país ha comprado bienes o servicios en el exterior en menor monto que durante 2015. O sea, el gobierno de Macri, acusado de querer abrir indiscriminadamente la economía, hasta ahora la ha mantenido más cerrada que el kirchnerismo saliente.
Debemos también focalizar la atención en la propuesta de Massa de suspensión de importaciones por cuatro meses, prorrogables por otros cuatro más. Esta postura, sin discutir a fondo la verdadera política de importación a plantear, parece oportunista y demagógica.
En tanto, no aparenta ser en principio la política importadora a proponer por el gobierno una de extrema apertura.
La Argentina tiene antecedentes nefastos, tanto cuando practicó la apertura indiscriminada durante los años 90, como cuando cerró en extremo su economía durante el último gobierno saliente. En esta oportunidad, debemos aprovechar los errores y con inteligencia y pragmatismo plantear una política importadora equilibrada y beneficiosa para el conjunto.
No a la apertura total ni tampoco al proteccionismo absoluto. En la industria y en la tecnología debemos importar los componentes necesarios e inexistentes en el país para que las diversas actividades fabriles fluyan naturalmente. En simultáneo, hay que promover, instar y paulatinamente incorporar componentes nacionales que reemplacen a los productos del exterior y agreguen valor a la industria y al conocimiento nacionales.
La tarea debe ser realizada con fina prudencia y con espíritu práctico. Podemos ejemplificar con el caso de China. No debemos llenar el país de productos chinos de escaso valor, consecuencia del bajo costo laboral de su mano de obra y también del pobre nivel de calidad de algunos productos. Pero a su vez, el país tiene otros vínculos con el gigante asiático, como los yuanes depositados en el Banco Central que prestaran al gobierno K cuando peligrosamente disminuían mes a mes las reservas en dólares. Y también están los contratos por las represas de Santa Cruz, que el gobierno actual está renegociando para obtener mejores condiciones. Esta variedad de relaciones impiden decisiones apresuradas o extremas.
A su vez, no podemos los argentinos seguir pagando por textiles, electrodomésticos, incluso algunos alimentos, a precios imposibles y lejos de los valores lógicos. Basta del aprovechamiento irresponsable basado en un proteccionismo errado e injusto para la mayoría de los argentinos.
Repetimos: equilibrio inteligente y práctico. No todo abierto ni todo cerrado. Aprendamos de una buena vez.
