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El desprecio de Bergoglio desde su torre de marfil

El Papa vuelve a ser noticia. ¿Es K o Anti K? Es cura, es Bergoglio, es el mismo de siempre, sostiene el autor de esta nota de opinión.

 Hace unos años, monseñor Jorge Bergoglio era víctima de una serie de desplantes que lo victimizaron y lanzaron a bendecir un besamanos político que incluyó a muchos de los que hoy conforman el espacio de marca "Cambiemos", que gobierna el país. El presidente Néstor Kirchner y su esposa, Cristina Fernández, no asistían a sus misas en las fechas patrias en la Catedral Metropolitana probablemente porque sus sermones eran muy políticos: usaba el púlpito sagrado para los católicos para decir qué tienen que hacer los que gobiernan. Claro, Néstor y Cristina no eran Raúl Alfonsín quien, en su momento (y conocedor de que si a esos mismos sacerdotes se les pusiera traje y corbata serían semióticamente igual de considerados socialmente como cualquier político) se subió al lugar del cura de turno y le respondió. La Iglesia no está preparada para la democracia, ya que sus afirmaciones no incluyen la posibilidad de ser discutidas y mucho menos refutadas. Usan un argumento que todavía hoy mucha gente cree, cuando los reinados absolutistas quedaron desactualizados hace siglos: que el "poder les viene de Dios".

Una interpretación de un viejo amigo de Bergoglio, que, como él, también pasó por las etapas más duras de esa pasión política de múltiples caras en los años 60 y 70, Julio Bárbaro, le contó a MDZ días atrás que el jesuita que militó para la agrupación "Guardia de Hierro" no podía "ser manipulado por Néstor y por eso decidió esquivarlo". Al Estado le costó fortunas realizar los fastos evasivos en otras ciudades del país en cada fecha patria, con tal de darle argumento al presidente y su señora, a posteriori presidenta también, para no estar en la Ciudad de Buenos Aires y tener que escuchar la perorata bergogliana.

Ahora, es Bergoglio con el traje de papa Francisco el que desplanta al gobierno, ya sin los Kirchner y con Mauricio Macri -otrora aliado- al frente. Le mandó una millonada para su proyecto Scholas Occurrentes y lo rechazó. Los extraños voceros argentinos del pontífice -tales como Gustavo Vera, acusado por el mendocino Gustavo Gutiérrez y Elisa Carrió de ser un producto de la vieja SIDE- tratan de explicarlo. En tono punteril sostienen que el gobierno lo trata como a un "puntero político". La nueva pose del Papa, que enfrentó al kirchnerismo hasta que Cristina se quebró ante él en Santa Marta, aquel día en que él le recordó su soledad tomándole la mano, ahora es darle aire al kirchnerismo y criticar al gobierno. ¿Hay quienes se asustan de que la Iglesia haga política ahora? La hizo siempre. Y a Bergoglio lo han usado tantos como se han dejado usar por él. Desde la abulia vaticana, en donde hay tantas partidas de ajedrez que jugar en torno a los asuntos que le son propios como líder de un Estado imperial cuyo poder deviene del Cielo y como jefe religioso global, con los argentinos prefiere jugar a la bochas.

Scholas Occurrentes es el proyecto que le acercó un porteño y el Papa lo compró. Es una especie de partido político global que busca recaudar fondos de todas partes, sumar figuras emblemáticas y con ello, generar acciones que dejen a la Iglesia Católica haciendo presencia en donde hay una necesidad, llevando su caridad y caricias. No es un plan para cambiar el estado de cosas, sino para conservarlo tal como está, pero poder mostrarse sensibles. Otra historia hubiese sido hacerles casos a la iniciativa de los curas españoles que creyeron ver en los simbolismos de humildad de Francisco a un "revolucionario", y empezaron a entregar las propiedades de la Iglesia para acoger a gente sin vivienda, a los "desaucios". Rápidamente les llegó el aviso de que no exageraran.

A ese proyecto Macri le donó más de 16 millones de pesos, algo así como un millón y pico de dólares. Francisco no era el destinatario, sino la organización. Pero como en buena entidad absolutamente vertical, la opinión de Bergoglio plasmada en una carta enviada a los directivos, y en sentido contrario a recibir la ayuda económica, fue entendida como un mandato. Rechazaron la plata, la mandaron de vuelta. En la carta que el pontífice argentino le mandó a la gente de Scholas les dijo que "en la Argentina hay muchas necesidades que cubrir". 

Allí radica el acto político, meandroso, indirecto y artero. No tanto en ponerle cara fea a Macri cuando lo recibió y abrazarse felizmente con dictadores africanos que le abren las puertas a su religión, o con artistas de tan variada talla como Brad Pitt, Valeria Massa, George Clooney, Teresa Parodi o el propio Lio Messi. Sino en decirle, una vez más a los políticos argentinos, cuál es su deuda y qué tienen que hacer.

Quienes ven una actitud "nueva" en Bergoglio no están viendo que su verdadera matriz no era tan superficial como "ser k" o "ser anti k", sino manejar la política sin someterse a los contrapesos terrenales que ello implica. Lo hace desde una torre de marfil, por más que esté disfrazada con los harapos y requechos que constituyen el más humilde de los ranchos.