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En qué voy a estar pensando cuando vaya a votar

El domingo hay elecciones. Condicionados por la propaganda y el exitismo, ¿elegiremos pensando en qué? ¿El país o el individualismo inmediato?
Foto: www.las2orillas.co
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 ¿En qué estará pensando cada argentino cuando entre al cuarto oscuro a emitir su voto? Sin dudas que, más allá de que se nos impulse a votar impulsivamente por tales o cuales candidatos, prima en los votantes una determinación estrictamente personal. Pasa por la cultura familiar y personal, la formación, las relaciones, los condicionantes sociales y laborales, las convicciones e inseguridades de cada uno. Algunos lo harán pensando en no perder lo que tienen, urgidos por el temor; otros, en pensar en lo que pueden obtener de “lo que viene”. ¿Hay pensamientos colectivos aun en aquellos que afirman ser parte de alguno? Es difícil afirmarlo y también negarlo: complejo. Hoy, en tiempos de gran individualismo, no es común que en la sociedad se movilicen por intereses de sector: en todo caso, hay un ímpetu de gente con individualidades similares que se congregan para defender su status quo, para escalar posiciones en la sociedad o bien, para cambiarlo todo, para el lado que les convenga.

Hay muchas contradicciones entre las afirmaciones y la pertenencia particular de los candidatos a presidente que, aunque se digan miembros de uno u otro sector, con un simple cambio de maquillaje podrían estar en otro absolutamente diferente.

En definitiva, el triunfo de la instantaneidad de las redes sociales no representa la victoria de nadie: es efímera, sirve para alentar y, en todo caso, para movilizar a los propios, para tentar a los distraídos y convencer –en los casos menos racionales- a los exitistas sin convicciones. Es un fuerte impulso a la promoción y poco más.

Detrás de una persona que promovía una candidatura, en otros tiempos, había reuniones periódicas, trabajo y discusiones en torno a un proyecto. Hasta cuando se copiaban y pegaban las plataformas electorales había contacto humano y algo que se llama “política”: diálogo, intercambio, unos que convencen a otros y otros que refutan posiciones buscando imponer su criterio dentro de un núcleo de coincidencias básicas.

¿Melancolía? No, solo un análisis de la profundidad o superficialidad de la militancia en este tiempo en el que se da por ganadora a la teoría del “homo videns” del provocador italiano Giovanni Sartori. Hace 18 años analizó que la televisión lo sería todo. “La imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo de igual manera, el hecho de demostrar a un detenido que abandona la cárcel no nos explica la libertad, al igual que la figura de un pobre no nos explica la pobreza, ni la imagen de un enfermo nos hace entender qué es la enfermedad. Esto, le permite afirmar que el niño que pasa horas frente a la TV crece cultivado en ese caldo. El video niño pasa a ser un adulto sordo de por vida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos por la cultura escrita. Y estamos, de hecho, gobernados ya por ex videoniños, según su análisis y por eso vamos camino a un nuevo adulto empobrecido, marcado por una atrofia cultural”.

Internet, hoy, inclusive, podría ayudar a una mayor democracia de la información y de las decisiones. Pero claro, si hubiera triunfado por sobre el poder mágico de la TV que sigue convenciendo, como si todos fuésemos niños, a quién votar de acuerdo al impacto que nos provoca uno u otro spot pensado por equipos multidisciplinarios que no pretenden que pensemos y discutamos, sino que acatemos su mensaje como un mandato, sin dudas.

Los candidatos son “vendidos” como si se tratara de jabón para lavar la ropa o champú. Ni siquiera como vinos añejos, ya que eso añadiría la complejidad de conocer más del tema e indagar, y rompería con la idea primaria de “imponer” en lugar de “poner en oferta”.

Pero no se trata solamente de la publicidad. Hace un tiempo analizamos aquí que tenemos una televisión política de baja estofa, que apaña a la política de igual condición y más que eso: la promueve, estimula, se retroalimentan ante la mirada hipnótica del que llega de sufrirlos durante todo el día y ve en esas pantallas a los responsables de la situación que criticamos, básicamente boludeando. Ese es el ritmo con el que nos enganchamos de cualquier pelea, sin saber, siquiera, por qué pelean. Cuando no, de cosas menores y chabacanas, que no ayudan en nada a pensar en el país en que vivimos, en qué podemos aportarle desde nuestros lugares ni de qué manera. Los por qué, directamente están ausentes: se pretende sostener la espuma bien alta y que no se vea qué la produce. Todos son parte de un mismo juego y, aparentemente, no hay quien lo frene, habida cuenta de que la gente acompaña con su control remoto en stand by.

Ante todo esto, ¿sabemos que el domingo se elige a los candidatos a la presidencia de la Nación? ¿O cuando vayamos a votar y estemos en la puerta del cuarto oscuro solamente estaremos pensando en sacarnos el trámite de encima, sin más? Cuándo pensemos en la solución de los problemas que individualmente tenemos, ¿lo vincularemos más allá de nuestro presente inmediato influenciado por la televisión y el exitismo o podremos calcular el futuro propio junto al del quienes nos acompañan en el camino de la vida, lo más parecido en esta época a un “proyecto colectivo”?

El domingo hay que concurrir a las urnas y es obligatorio. Si no lo fuera, tercerizaríamos en los políticos, a los que criticamos todo el tiempo, la definición de qué Argentina tiene que moldearse. Si lo hicieran mal, la ira se colectivizaría violentamente, por cierto, echándoles la culpa de todo. Pero teniendo el deber de participar cívicamente, ¿asumiremos el compromiso de pensar el porqué de nuestro voto un poco más?

Todo parece efímero. La rapidez empuja hacia afuera la posibilidad de reflexionar. Pero nada nos obliga a acatar ese presunto mandato social. Porque en caso de que lo que elijamos sumidos en ese sopor resulte negativo para el país y, por ende, para nosotros mismos, lo que antes parecía un trámite se nos transformará en un peso insoportable de cargar y ni en una eternidad podremos mover las estructuras que ayudamos a estancar.