Una democracia de plastilina y la "votofobia" inducida
La democracia es un sistema que funciona mediante un engranaje de acuerdos básicos entre los que participan. Para que las reglas del juego resulten "parejas", debe existir un conjunto de normas estables que la regulen. ¿Deben ser rígidas y eternas? Seguramente no, y para ello deben establecerse los mecanismos de actualización más apropiados. Pero ese núcleo de normas no puede quedar al arbitrio de una plaza llena que reclame su reemplazo, del copamiento de los medios de comunicación con consignas reformistas de acuerdo a los intereses de quien los lanza o disponibles para ser cambiadas por simple mayoría de votos en el Congreso.
Si eso pasara, no sería una democracia en el sentido clásico que hemos conocido sino otra cosa, pongámosle nuevos nombres y definiciones o pintémoslo de colores para que parezca tentador, participativo o inclusivo, pero no habrá "fair play" para todos, sino para algunos.
Es jugar con la democracia como en el jardín de infantes manipulábamos la plastilina, aunque sin aquella inocencia infantil: le damos la forma que queremos, aunque al final, como resultado de ese ensayo y error, terminemos celebrando cualquier deformidad conseguida.
Eso pasa cuando, por ejemplo, desde el poder o desde algún sector de la política se ensucia la "cancha" en la que se desarrolla el juego de la democracia. ¿A quién le interesaría meterse en el barro si no está acostumbrado a revolcarse en él? Las campañas negativas logran que cada vez menos gente participe y que el círculo se vaya restringiendo a los que gozan al enlodarse.
La plastilina cobra nuevas formas en Mendoza. Con esto último y con bastante más, llegamos a un nuevo proceso electoral en el que las sospechas le ganan a la fiesta que debería representar el acto de poder participar, elegir y votar.
Hoy el miedo es a que se impriman y distribuyan para su uso, una vez más, boletas falsas para que la elección vuelva a ser sospechada sino anulada, como ya lo consiguió una facción en Guaymallén durante las PASO.
Así, con menos gente concurriendo a las urnas, asqueados o temerosos, también hay menos ciudadanos dispuestos a ejercer su deber cívico no sólo de votar, sino de controlar la elección. Frente a la latente amenaza de que se complejice el comicio y el escrutinio, las recomendaciones de la justicia para autoridades de mesa son tan complejas y de tanta responsabilidad que se necesitaría que cada partido ponga un abogado en cada una de las 3.965 mesas. Es cierto que se dice que "hay muchos abogados". Pero no tantos disponibles para ello. Y por cierto, si así fuera, estaríamos judicializando, liando, el acto soberano, sencillo y magnífico de concurrir a votar.
Se mete miedo y los argentinos ya vivimos inmersos en el terror durante demasiado tiempo.
Las nuevas generaciones no lo han vivido y probablemente, sin esa experiencia trágica y tan solo con las versiones que poseen de ello, sean fáciles de conducir hacia miedos tan bobos como "a que gane otro", a que la alternancia se produzca o a que, masivamente y sin restricciones ni condicinamientos la sociedad se exprese.
Hay quienes creen -al enturbiar deliberadamente el proceso electoral- que debe haber un "voto calificado". No se trata de una elite económica que pide, en este caso, excluir a los analfabetos ni a los menos exitosos, sino de una dirigencia que considera "no aptos" para el ejercicio del sufragio a los que no pueden dominar.
Pero el poder no tiene un solo dueño.
Está allí para ser ejercido en función de diálogos y acuerdos plurales: a eso se le llama política. Cuando no hay ni una cosa ni la otra, cuando triunfa el monólogo y el sectarismo, no hay política, sino fascismo. La plastilina pisoteada.