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Tristísimo

En un piso de la Casa de Gobierno había cola para insultar al gobernador. Uno más abajo, una patota de funcionarios intentaba romper puertas para llevarse algo que le es ajeno. En este contexto, el gobernador de la provincia rompió en llanto en su despacho.
Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Foto: Pachy Reynoso/MDZ

Resulta difícil despedir a un gobierno provincial en las actuales circunstancias sin caer en lugares comunes, reiteración de críticas ya formuladas o enumeración de causales y desaguisados. Es notable que Mendoza está transitando por un momento único en su historia: un gobierno democrático termina su camino gracias a la tolerancia de la sociedad y la adultez de una dirigencia política que no se tuvo a nivel nacional en 2001, pero descascarado, de a pedazos; con lo que queda de sus integrantes sin poder levantar la frente en público, empujándose para quedarse con un trozo de poder, aunque sea una silla en algún lugar del Estado o bien, abandonando el lugar asignado, camuflados por el polvo de todo lo que se desmorona tras de sí, en el más digno de los casos, o bien arremetiendo a martillazos demoledores, empatotados, como también está pasando.

Este jueves el gobernador de la provincia, Francisco Pérez, rompió en llanto en su despacho. Lo hizo ante alguno de los reclamantes de fondos adeudados que llegó con bronca, que amenazó con piquetear, que permaneció con pavor ante lo que le tocó presenciar en forma sorpresiva e insólita y que se fue triste, muy triste. Tristísima.

En un piso de la Casa de Gobierno había cola para insultar al gobernador. Uno más abajo una patota de funcionarios que respondía, muy probablemente, a cuestiones más instintivas que racionales, intentaba romper puertas para llevarse algo que les es tan ajeno como que se trata de más nombramientos en la planta permanente del Estado de gente a la que no le corresponde bajo ningún punto de vista. Arrebatadores de lo público, pisoteadores de la dignidad de cientos de miles de mendocinos.

En los otros pisos, en simultáneo, se redactaban con una anticipación inusitada, una semana antes renuncias a traición que se concretarían en un descontrolado tobogán de anuncios inconexos hora tras horas hasta dejar al gobernador prácticamente solo, tan solo como siempre quiso estar a juzgar por sus modales, decisiones y relaciones políticas internas y externas al peronismo que le dio un premio muy grande al imponerlo, a dedo, como candidato a ocupar el sillón del Cuarto Piso.

La Casa estaba rodeada de discretas protestas que amenazan con agrandarse una vez que se vaya, por respeto al costoso pacto sindical-partidario todavía vigente.

Y mientras todo eso ocurría, se planificaba una transferencia de gobierno a escondidas, para pocas personas y con garantías extremas, nunca antes tomadas, de que el mandatario saliente pueda retirarse a un lugar seguro y en medio de un túnel protector que nunca antes hizo falta.

Por ello una despedida al actual gobierno de Mendoza, a lo que queda y al que fue durante los últimos años, no puede ser tampoco la esperable, sino que tiene que ser esto: una nota que hable de la tristeza. La de quien se quedó solo y se va, pero sobre todo, la de toda una provincia que está mal, que asistió azorada a meses sino años de desconcierto, medidas contradictorias y hasta contrarias entre sí, o directamente inconducentes.

El recambio político podría ser un momento de exaltación, sobre todo, atentos a que la sociedad, en las urnas, ordenada y pacíficamente, le pidió a este equipo que fracasó que se vaya y votó un cambio. Pero, por el contrario, la circunstancia se ha transformado en una zona de angustias que se comienzan a manifestar en forma catártica de arriba hacia abajo.

Por eso no hay balance de gestión posible, ni siquiera para subrayar la crítica.

Es solo un momento tristísimo de Mendoza que habrá que superar. Y les tocará a los que vienen, al nuevo gobierno y también a los sobrevivientes de un peronismo mendocino que nunca será insignificante, trabajar para lograr una acción resiliente, capaz de esperanzar y de mostrar un horizonte a distancia pero con posibilidad real de ser alcanzado.