Aguantarse cuatro años la "dictadura de Macri"
Si el presidente Mauricio Macri lidera una dictadura, pues tiene plazo fijo, al parecer, y es de cuatro años. Quienes sostienen esa disparatada teoría a dos semanas de haber asumido el mando lo hacen a 30 días de haber conocido una noticia que jamás pensaron escuchar: fueron derrotados por el pueblo al que creían representar cabalmente.
Lo que sucede por estos días es la corporización de una gran confusión de unos y otros. Es muy probable que tampoco quienes ganaron hayan estado seguros de que este iba a ser el resultado de una elección y por lo tanto, se prepararon más para la pelea proselitista que para tomar las riendas de un país, que no es lo mismo que la de una ciudad, aunque sea la capital de ese país.
Entonces nos encontramos todos mezclados en un escenario en el que conviven líderes y liderados muy sorprendidos, exaltados, unos porque en solo tres semanas se vieron obligados a desalojar las oficinas que ocupaban y en donde hacían lo que querían sin rendir cuentas a nadie (o sí: lo hacían ante “amigos” o nadie con peso específico y poder de control se lo exigía); otros porque a la hora de tomar decisiones lo hacen en función al menos criterioso de los sentidos: el común, cantando canciones en donde la letra no siempre acompaña a la música correspondiente.
Fin de año, vacaciones, hastío de un año signado por la competencia desmedida a nivel político y por otros doce en los que se escuchó sistemáticamente una sola voz peleando ser la dueña de la suma plural de todas las otras.
En ese marco, hay traspiés.
Los que fueron “cambiados” reclaman que el cambio se note y muchas veces tropiezan con sus consignas ya que el FPV –que a esta altura comienza a desguazarse para que cada partido, movimiento, grupo de poder, sector de la sociedad que lo integraba vuelva a sus posiciones individuales e históricas- pronto será fagocitado por el Justicialismo. Esa maquinaria pragmática de construir y ganar poder que se desmadró por algún tiempo, comienza a volver sobre su eje. Así, cuando se caen los disfraces asumidos por los reclamos de las modas ideológicas del tiempo que pasó, muchos de los que alquilaron los discursos que usaron en la década política que concluyó vuelven a sus reductos a la espera de que alguien les tienda una mano para poder acceder a instancias a las que no hubieran llegado jamás presentándose por separado y por sí solos, tal como son.
Hay apuro por copar la calle desde la nueva oposición, desacostumbrada a serlo y que mañosa de tanto haber aplaudido no se haya en el nuevo rol. Exagera los términos, cree que le han arrebatado un Estado al que creían haber adoptado para siempre y del llanto de dolor han pasado en muchos casos a una furia que ninguno de sus líderes logra contener y que, por lo tanto, es dañina hasta para ellos mismos, ya que se sabe que en política que “el que se calienta, pierde”.
Aparecen sectores de iluminados como los ha habido en tantas épocas de la historia argentina, que en su recorrido por siete pecados capitales, tras la gula de poder y la avaricia consecuente, se anclan en una soberbia que los hace presuntamente irrefutables, sabios, propietarios de la única verdad. Eso los enceguece. E
El asunto es que, finalmente, los argentinos necesitamos una oposición activa y responsable, que mire al oficialismo a los ojos y no que se cierre sobre sí misma mirándose el ombligo. Elegimos el camino de la República que se intentó cambiar por otro sistema pero que la sociedad no aceptó. Y ya que se arrogan la representación de “el pueblo”, bien estaría que terminen por modernizarse y darse cuenta que el camino que propusieron está intransitable y que tienen la oportunidad de construir su proyecto en otro marco: es posible y hasta probablemente, sea más fructífero que lo que ensayaron y fracasó.
En este marco, el juego del momento bisagra entre uno y otro sistema de poder amenaza con darle un escenario tragicómico al verano y no en los teatros de Mar del Plata o Carlos Paz, sino en los organismos públicos que el macrismo quiere conquistar y en los que se parapetan sus antiguos inquilinos que se parapetan cual propietarios.
Es verdad que se necesita la activación del Congreso para evitar seguir avanzando con medidas bajo la figura de decretos, pero también es cierto que quienes rápidamente desde el kirchnerismo tratan de conseguir ropajes republicanos a última hora, antes sólo enviaron a tratamiento legislativo las iniciativas para las que tenían asegurado quórum, una ola de votos a favor y aplausos eternos, seguidos de la consecuente movilización consagratoria: la marca del tiempo que pasó, otro tiempo, una época que la ciudadanía (por pocos o muchos votos) decidió dejar en la página anterior de la Historia.
Probablemente logremos construir un equilibrio político con menos show: menos ademanes y palabras grandilocuentes de un lado y menos globos de colores del otro. Es más: con muchos más lados, con la verdadera “pluralidad de voces” de la que mucho se habló pero a la que realmente se le cerró el camino por miedo, autoritarismo, impotencia, incapacidad, descuido o lo que haya sido.
Martín Sabbatella entretuvo a un sector de aquello que fue el FPV con la idea de ser “el Perón” del Siglo XXI. Muchos de sus acólitos lo alentaron desde las redes sociales, cuando permanecía acantonado en la sede del Afsca, el ente que debía aplicar la Ley de Medios y que no lo hizo, dedicado más a tratar de construir un factor de poder político que a gestionar la porción del Estado que le tocó en la lotería distributiva interna del kirchnerismo con sus múltiples aliados. Esperaba la aclamación que lo llevara a conducir el pankirchnerismo, lo que está más allá del alcance de CFK y su hijo.
¿Lo conseguirá? En muchas ocasiones la Argentina parece estar más preparada para celebrar la presencia de espuma que a destacar la calidad de la sustancia que hay debajo de ella.
Por lo pronto estamos en la génesis simultánea de dos procesos que no están consolidados: la creación de un gobierno y de su oposición. Del éxito de ambos procesos dependerá, sin dudas, no solo el nivel de la gestión pública sino la calidad institucional de esta nueva etapa democrática.
Solo hay que esperar que el peronismo y quienes se criaron a su lado en los últimos años se aguanten esperar turno cuatro años completos y no busquen atajos con cualquier excusa.
Gabriel Conte