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El fin de la hipocresía y la impunidad estatal

Detrás de la fogosa pelea entre sindicalistas estatales y el ministro Matías Roby hay mucho más que un round con golpes bajos: lo que se discute de fondo es cómo debe funcionar el Estado, y el futuro real de Mendoza. Una provincia “engordada” y fundida que puede tener un nuevo punto de partida, empezando por reconocer lo que pasa hoy.
Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Foto: Pachy Reynoso/MDZ

El mecanismo fue bastante sencillo: primero, los “empleados” ingresaron por el lado de la política. Cada nuevo funcionario en su respectivo gobierno y en el momento que fuere, llevó a su gente de “confianza”. En la bolsa entraron todo tipo de sueldos, cargos, nombramientos y reparticiones. El jubileo estatal duró unos cuantos años. Luego, esos empleados “de la política” pasaron a la planta estable y dejaron de ser aparato clientelar de los gobiernos de turno, para serlo de los gremios estatales, cada vez más poderosos, cada día más intransigentes, cada vez con mayor poder de presión sobre las gestiones, la política, y la sociedad entera. El día en que todos los adscriptos vuelvan a sus lugares no van a reconocer a nadie. Y habría que construir una nueva Legislatura para albergar a todos sus asalariados, de a veinte por diputado y senador en promedio. Desde el fin de la gestión de Julio Cobos, sumando la de Celso Jaque y lo que va de la de Francisco Pérez, más de 24.000 nuevos empleos se generaron en el Estado mendocino. Ya son cien mil barbas, aunque a Pérez hay que reconocerle que ha ingresado menos gente a nuestros bolsillos.

No son muchos los que se han atrevido a explicitar esta realidad, y cómo la provincia de Mendoza se fue “achicando” mientras se agrandaba el Estado, a su vez poco útil con malos servicios de educación, salud y seguridad. La porción del presupuesto que se dedica a sueldos creció del 40 % al 55 % en diez años, y a cada gobierno le ha quedado menos margen de acción y de negociación. Enrique Vaquié suele decir que los gobernadores de Mendoza gobiernan sólo a la hora de las paritarias y luego son apenas pagadores de salarios, y razón no les falta. Ahora ni siquiera en el peronismo dejan de reconocer que Mendoza está fundida porque la política cedió demasiado ante los gremios. Esta semana lo admitieron en MDZ varios, entre ellos Jorge Tanús y Jorge Giménez, con todas las letras. El tamaño de “demasiado” fue bien apreciado durante la penosa pelea de este año respecto del presupuesto y el endeudamiento. Hasta aquí, la película era conocida y aceptada por todos, en el marco de la simulación política que nos caracteriza.

Sin la pretensión de avanzar sobre la vaca sagrada, hay que decir que los gremios del Estado, muy especialmente ATE y AMPROS pero también el SUTE, fueron –son- tan conservadores como abusivos. No consiguieron mejores voceros que Raquel Blas e Isabel del Pópolo los médicos que no cumplen sus horarios y burlan a los mendocinos cobrando por servicios que no brindan. Es muy posible que la intención de ambas dirigentes no sea la de apañar situaciones como las que ocurrieron en el Hospital Notti, con más de 200 doctores que cobraban por tiempo que no le dedicaron a la Salud Pública. Pero en su encarnizada pelea contra un ministro –Matías Roby- se han colocado en situación de defender lo indefendible. Es la propiedad transitiva de las matemáticas: ATE y AMPROS se pusieron más virulentos cuando Roby comenzó a denunciar irregularidades varias. Una cosa es saber que hay un Estado enorme e improductivo, y otra muy distinta es conocer los nombres y las acciones y los sueldos de ese Estado, de quienes concurrieron a esta fiesta a la que la mayoría de los mendocinos no han sido invitados. Es duro saber que el doctor que tiene que estar en un centro de Salud no trabaja lo suficiente, que una médica consiguió más de 200 días de licencia firmados por su marido, o que no se trabaja por lo que se cobra. O que hubo equipamiento que apareció misteriosa y oportunamente destruido en la “temporada alta de paros”.

Es cierto. Gobierno tras gobierno han ido pauperizando y precarizando el sistema de salud: la provisión de insumos, remedios, el arco iris de remuneraciones, pagos en negro del propio Estado, empobrecimiento de infraestructura y desidia han sido moneda corriente en Salud. Ningún gobernador le puso el foco a un área cuyos hospitales se podían quedar sin presupuesto en Mayo, donde no había ni curitas ni lavandina para los centros de Salud. Alguna vez faltó hasta Ibuprofeno. Pero nada va a funcionar por más que la política tenga la culpa, si los médicos no trabajan.

Los médicos perciben un sueldo a cambio del que tienen la obligación de cumplir horas diarias. Y cuentan con mayor dedicación, que significa más carga horaria y más prestaciones. Estos montos que el Estado paga deberían redituar más servicios o más gente atendida y menos espera. Pero ello generalmente no ocurre. Por el contrario hay médicos que trabajan menos y jefes de servicio que los encubren. Antes de la auditoría en el Notti, sólo 23 agentes del hospital habían sido informados por incumplimiento horario. Pero la revisión exhaustiva halló 330 casos.

Otro punto de discordia tiene que ver con la “mayor dedicación” que no se presta. Hay una trampa: los médicos hacen guardia “pasiva” y si pasa algo los llaman al hospital. Algunos llevan más de un año cobrando estas “guardias” sin que les suene el teléfono. Muchas de estas dedicaciones están para darse de baja. Y habrá sorpresas si alguien revisa qué médicos marcaron su ingreso a través de la tarjeta, y luego se fueron a cumplir alguna tarea privada.

En los centros de salud el panorama es peor. Muchos de los que deben ir a trabajar no van o llegan tarde. Han conseguido que la descentralización hospitalaria se transforme en “concentración” por costumbre forzosa de la gente. Las auditorias han detectado que a la misma hora hay profesionales que “están” en un centro de Salud y en algún otro sitio a la vez. Milagros de la ciencia. Otra vez: No hay posibilidades de mejorar el sistema si los médicos no trabajan.

Hay una realidad aceptada: el empleado público es poco menos que intocable y debe gozar de los beneficios de pertenecer. Es cierto que los estatales pierden poder adquisitivo por la inflación, por caso, pero lo sufren en menor medida que los trabajadores del sector privado, que reciben aumentos sensiblemente inferiores y están atados a los vaivenes de la economía. Ni que hablar de quienes pierden el trabajo por la recesión o porque las empresas se ajustan en épocas de vacas flacas. Pero ello no debe significar impunidad. Los miles de empleados que engordaron el Estado hasta enflaquecer la provincia –algo reconocido por todos los que votan el presupuesto, no significaron mejores servicios. Los ejemplos abundan dolorosamente. Pero los dirigentes gremiales no parecen trabajar por la eficiencia, la productividad, la modernidad, o el cambio.


Resulta llamativo que líderes sindicales de tanta experiencia como los de ATE y AMPROS cedan a la tentación y caigan en la camorra. Las denuncias furibundas contra Roby parecieran querer anestesiar las afirmaciones negativas del ministro, cuando trató a profesionales de la salud como “vagos” y llenó los medios de ejemplos. Junto con la sanción a médicos del Notti, las inspecciones sorpresivas a centros de salud donde no se trabaja, la difusión de abusos de licencias gremiales o de recursos de “productividad” para dirigentes que en realidad no prestan servicios profesionales; aparecieron las denuncias contra Roby. Es imposible no relacionar una cosa a la otra. Es factible además que la cobertura que los dirigentes gremiales terminan dando a los que no trabajan resulte ofensiva para miles de empleados que sí lo hacen, o centenares de médicos y enfermeros que dejan el cuero por la salud de los mendocinos, aunque deban operar con “cuchillo y tenedor”, algo de lo que el propio Roby se quejó cuando ingresó a la gestión. Nadie duda de la honestidad de Blas o del Pópolo. Pero en esta pelea han quedado del lado equivocado, defendiendo en modo corporativo aquellos hechos que la mayoría de los mendocinos rechaza, salvo aquellos que viven cómodos en el estado actual de las cosas. Ambas dirigentes van a fracasar embanderadas en un Estado enorme, ineficiente e inútil.

Es muy probable que a buena parte de los mendocinos les pueda resultar chocante, inapropiado, camorrero, incorrecto, o incluso maleducado el estilo de Roby. Es cierto también que como ministro de la provincia de Mendoza debe rendir cuenta por todos sus actos públicos, ya sea a cargo de la cartera, o como agente raso del Estado. Roby debe dar las explicaciones que corresponden por las denuncias de los gremios, que le tiraron por la cabeza sumarios por supuestas inconductas del ministro y hasta por un caso –dicen- de mala praxis. Roby debe dar las excusas y deslindes que la justicia, el gobernador que es su jefe, los gremios, las asociaciones médicas, le pidan. Pero no es menos cierto que el estilo de Roby descorrió el maquillaje, la capa de hipocresía que cubrió el ministerio de Salud y el Estado entero durante años. Por el modo áspero del funcionario amigo íntimo del gobernador Pérez, ahora sabemos lo que pasa. ¿Es peor el lenguaje soez de Roby que la metodología de los escraches violentos de ATE, por ejemplo?

Ahora sabemos de muchas ineficiencias, abusos, e incluso corrupciones porque Roby las ha ventilado. Es cierto que el ministro se excede en su comunicación y espanta incluso a los radicales que ayer salieron a exigirle que pida disculpas por sus frases insultantes. Pero es mejor el maleducado de Roby que cualquier ministro engolado que se pone frente a un micrófono para decirles a los mendocinos que está todo bien, cuando está todo mal. Ello no habilita al ministro a excesos verbales casi a diario. Pero es obvio que se preocupa más por la gente, que por lo que dirán de él. A Roby “le chupan un huevo” los ataques, si a cambio consigue que alguien trabaje cuando y donde antes no lo hacía.

El Estado mendocino está en terapia intensiva. Del gobernador para abajo, todos lo saben. Si de algo sirvió la discusión de este año fue para sincerar –confesar, más bien- el punto al que hemos llegado por debilidad política, abusos de poder, ambiciones personales, necesidades partidarias, amiguismo, irresponsabilidad, o lo que fuere, hasta que el monstruo clientelar hereditario empezó a comernos a todos.

Si de algo sirve la participación de Roby el rústico como ministro, es que habrá contribuido al fin de la impunidad. Y que ello servirá de punto de partida a la transformación, que es la verdadera pelea, hacia un Estado nuevo eficiente, productivo y que brinde servicios de calidad siempre que la política tenga el coraje suficiente para llevarlo adelante; mal que les pese a los dirigentes sindicales que terminaron formando parte de la hipocresía que tanto denuncian.