¿De qué nos quejamos? Parte 1
Premisas: aburrido pero imprescindible
Sé que puede resultar aburrido empezar por establecer premisas para la discusión, pero debe entenderse la clara intención de mencionarlas inicialmente: si el lector no está de acuerdo con ellas, no debería gastar más tiempo y debería suspender aquí su lectura, porque todo lo que diremos a continuación se base en esas premisas.
Veamos; desde principios de año venimos advirtiendo acerca de la re-generación de un cierto grado de mal humor social que se traduce en una crítica hacia las gestiones nacional y provincial, a veces con mayores fundamentos, otras con menos, pero vale la pena establecer para esta discusión la primera premisa, muchas veces olvidada: No existen opiniones incorrectas (o correctas). Las opiniones son eso: opiniones, juicios, y pueden estar mejor o peor fundadas, aunque nunca están perfecta o absolutamente fundadas, porque es imposible.
Segunda premisa: las opiniones o juicios pueden tener una intencionalidad manifiesta u oculta, pero no existen opiniones que no tengan alguna intencionalidad, no las han tenido Jesús, Buda, Mahoma o San Martín, si se quiere. ¿Por qué? Porque las opiniones se basan en percepciones y no hay, por definición, nada más subjetivo que una percepción .
Aclarado esto, sería interesante establecer una tercera y última premisa: nuestras acciones se basan siempre en nuestras percepciones u opiniones y NO en “los hechos objetivos”. ¿Por qué? En primer lugar porque es imposible conocer todos los hechos y en segundo porque esos hechos nos llegan como percepciones, las que dijimos que eran la quintaesencia de la subjetividad.
Percepción de gestión, mal humor social, etc.
Vamos, entonces, al grano: ¿ha empeorado en los últimos meses la percepción de las gestiones nacional y provincial? Sí, ha empeorado. ¿Mucho, es grave? No, ha empeorado un poco y no llega a ser grave, en el sentido de que no está dando bases para una crisis institucional, por ejemplo.
¿Por qué ha empeorado? Porque se ha agravado el mal humor social.
Podríamos lícitamente preguntarnos si la cosa no es la revés, si no es que el mal humor se ha agravado por el empeoramiento de la percepción de gestión (el viejo tema del huevo y la gallina), pero entiendo que no es así, que el mal humor genera la caída de imagen y no al revés y vamos a tratar de explicarlo en estas líneas. Pero recuérdese que esta es sólo una opinión que trata de ser fundada y que -lo desee yo o no- tiene intencionalidad; no es correcta ni incorrecta.
Voy a enumerar algunos factores que a mi juicio han promovido este mal humor; léanlas críticamente y no se adelanten, porque lo más jugoso de estas hipótesis está al final.
a. Kristina y los antikristinistas conversos
Antes de las elecciones advertíamos (y numerosos análisis periodísticos lo reflejaban) que el voto a CFK podía descomponerse en tres grandes grupos:
-Los Kristinistas “del palo”
-Los que no tenían una filiación tan fuerte, pero consideraban que “la morocha tan mal no lo está haciendo”
-Aquellos a los que no les gustaba ni CFK, ni el kirchnerismo y a veces ni siquiera el peronismo, pero que cuando miraban las opciones disponibles y veían el “desierto”, se apretaban la nariz y –más o menos explícitamente- le ponían el voto a Cristina.
Bien; a este último grupo que NO les gustaba ni Cristina, ni el kirchnerismo ni el peronismo no es para nada extraño que una vez superado el “mal trago de tener que votarla” volvieran a su posición inicial: NO les gusta, y eso aumenta el mal humor: piensen que están enojados por haber tenido que votarla, por no haber tenido otra opción. La consecuencia de ello es que la imagen de gestión… cae.
b. Inflación, crisis económica y empleo
No sé si se han dado cuenta, pero estamos atravesando un periodo de inflación alta (je!).
¿20%, 30% anual? La verdad es que… no lo sabemos, pero si las paritarias fijan el 25% y la inflación fuera del 10%, sería el periodo de recomposición salarial más impresionante de la historia de la humanidad y los suecos estarían haciendo cola para venirse a Argentina, ¿no creen?
La verdad es que la inflación se ve a simple vista; uno sabe cuánto le cuesta el carrito del súper y cuánto le costó la última vez, no necesitamos ningún experto para medir eso, ¿cierto?
Pero la cosa se complica cuando entra en juego otro concepto, el de “poder adquisitivo”, o dicho en buen romance: ¿puedo comprar más o menos cosas que el año pasado, teniendo en cuenta el aumento en el precio de las cosas y el aumento en mis ingresos?
Y, por favor, no saquen conclusiones apresuradas, porque la variación individual del poder adquisitivo es muy alta: cada familia consume de manera distinta y hay que ver cuánto aumentaron sus ingresos y cuánto esas cosas específicas que acostumbra comprar, ¿me explico? Mi canasta familiar y la de mi vecino son distintas, así como mi fuente de ingresos y la de mi vecino también son distintas.
Cuando tratamos de medir el índice de precios o la capacidad del poder adquisitivo hacemos una “media” y recuerden que –según la broma popular- la estadística es esa rara ciencia por la que si yo cené anoche dos pollos y Ud. ninguno, ambos cenamos bien.
Es un indicador; nada más que eso, y como decía Boby Kennedy ”…el PBI no refleja la salud de nuestros hijos, la calidad de nuestra educación ni el grado de diversión de nuestros juegos.” Los indicadores tienen límites, de modo que no tratemos de hacer numerología: NINGÚN IPC refleja nuestro propio IPC, sólo tratan de aproximarse a la media del fenómeno.
Sinteticemos: no he visto suecos haciendo colas en Migraciones, pero tampoco veo gente común haciendo cola en las embajadas para “tomarse el buque” como hace una década, de modo que mi percepción es que esto se parece mucho a lo que decía el Viti Fayad: “puede que las cosas no estén tan bien como dice el gobierno, pero la gente no está tan mal como dice la oposición.”
Todos los que hemos pasado por los periodos de la “híper” (y los que no lo pasaron pero se la han contado, lo que incluye a más del 98% de los argentinos, según el método de los dígitos oscilantes ) sentimos un miedo-pánico cada vez que vemos una remarcadora.
Bien; tenemos inflación, nos “jode” objetivamente y nos asusta mucho; ¿qué más? Los coletazos de la crisis internacional.
Hace ya algunos años que estamos viendo que muchos de los países “serios” que Grondona, Neustadt y otros nos daban como ejemplo ven tambalear su economía y el manual básico de supervivencia del argentino medio nos enseñó que cada vez que hay platos rotos, los terminamos pagando nosotros, ya se trate de efecto vodka, tequila, caipirinha, whisky o café express.
¿Y esto en qué se traduce? En inseguridad, en miedo, sobre todo miedo a perder el trabajo o a que empeore mi situación laboral. Periódicamente le preguntamos a la gente como es su propia situación respecto a hace un año atrás, y de un tiempo a esta parte han aumentado los “igual de mal” o “peor” a costa de los “igual de bien” o “mejor”. También les preguntamos por qué, y muchos de los que dicen que están “igual de bien” nos dicen que es porque aún mantienen sus trabajo, así como muchos de los que nos dicen que están peor, dicen que es porque tienen miedo a perder su trabajo.
Se podrá argumentar que la situación de oferta y demanda laboral no ha variado significativamente, pero lo que NO se puede argumentar es que el encuestado no tenga realmente miedo. Y volvemos al tema de las percepciones: si yo tengo el mismo trabajo y el mismo poder adquisitivo que el año pasado, pero tengo miedo de perderlo, objetivamente estoy PEOR, porque ahora tengo miedo y el año pasado no lo tenía. Y no tienen sentido acá las discusiones acerca de si esos miedos son irracionales; si yo le tengo miedo al cuco, podemos racionalizar todo lo que quieras, pero le voy a seguir teniendo miedo. Son percepciones, y ese miedo (a la inflación, a la pérdida del trabajo) empeora el humor social.
c. Last, but not least
Por último pero no menos importante (lo podría haber puesto en criollo, pero me hubiera perdido la referencia a Borges…).
Bien; tenemos un grupo de gente que siempre estuvo en contra del gobierno nacional, otro que estaba en contra y se hizo el otario durante un cierto periodo de tiempo (agosto a octubre del año pasado, para ser más precisos), y otro gran grupo que independientemente de que esté a favor o en contra, hoy tiene miedo.
Pues bien; en condiciones normales de presión y temperatura (como les gusta decir a los físicos, aunque esas condiciones nunca existieron), la solución es sencilla: me paso al otro bando. Así, en la historia reciente, durante el primer menemato los que estaban en contra se alinearon detrás de Bordón, durante la 125 sacaron del olvido a Cobos, etc.
Pero… ¡diantres, no hay otro bando! ¿Y ahora? ¿Quién podrá defendernos?
¿Se han dado cuenta que las discusiones son cada vez más acaloradas? ¿Se han preguntado qué es lo que hace que los que están en contra estén no sólo enojados sino muy enojados? A mi juicio, la razón es que no hay ningún “Chapulín” a la vista, que no hay quienes representen a nuestros indignados locales.
Preguntamos hace poco a nuestros encuestados si veían que existiera alguna oposición coherente y viable al kirchnerismo; casi el 85% nos contestó que NO (no es que no exista; no perciben que exista).
Y claro, esta es una discusión política, de modo que tiene que tener una confrontación política; no alcanza con que Lanata, Morales Solá o La Rosa critiquen ácidamente al kirchnerismo; quieren, buscan, anhelan una confrontación política y no la encuentran. Y esto hace que no se sientan representados, lo que hace que se enojen mucho.
Hay en la sociedad un buen grupo que no está de acuerdo en la forma o en el fondo, eso lo discutimos después, pero no están de acuerdo y no encuentran nadie que represente su posición. Y se enojan. Y eso produce mucho mal humor, y entonces muchos que decían “Buena” ahora dicen “Regular”; muchos de quienes decían “Regular” ahora dicen “Mala”… y la imagen cae.
En la próxima vamos a ver si estamos discutiendo forma o fondo; pero en la próxima. Por hoy ya fue bastante. ¡Ah! Y no se olviden que esto es sólo una opinión. Ni más, ni menos.

