Pará la mano: cinco batallas que dar antes que Malvinas
El chauvinismo nos puede a los argentinos: no bien alguien lanza la pelota, todos corremos detrás. Eso ha pasado con el resurgimiento de la cuestión Malvinas en estos días y no es la primera vez que ocurre. Por eso esta no es la primera vez que tocamos el tema.
Malvinas (y, centralmente, su lisa y llana “recuperación”, según el discurso imperante en medios "hegemónicos" y "alternativos", en oficialismo y oposición) es un tema central en la agenda mediática. Sin discutir nuestros legítimos derecho, no nos hemos planteado, sin embargo, para qué queremos tenerlas bajo nuestra soberanía: cuál es nuestro plan para con el territorio y sus habitantes, qué costos implicaría en el presupuesto nacional, cuál es el plan de descolonización, de qué manera sí explotaremos su petróleo y su riqueza ictícola como no lo hacemos en el resto del territorio…
Hay muchos otros temas que requieren de una militancia similar al que estamos aportándole al tema Malvinas. Hay muchas causas presentes y cotidianas, institucionales o comunitarias que “recuperar”. Batallas que deberíamos estar dando, pero que ni reclamamos a pecho henchido, ni con las que hacemos causa en las redes sociales.
Francisco Basterra escribió en El País sobre otros temas y situaciones, algo digno de ser atendido: "La pérdida de soberanía es por defecto, por incomparecencia de la voluntad política". Nuestra soberanía sobre los más diversos temas la hemos perdido y no estamos luchando por recuperarla. Por ejemplo:
1- El sentido de ser una República. El sistema político que nos rige, al menos hasta tanto se cambie la Constitución que así lo avala, es la República. Hay muchas definiciones de República. Algunas ponen el acento en la necesidad de que el territorio sea realmente autónomo; otras, respaldan su ejercicio desde un amplio concepto de la defensa de los derechos humanos; y también hay definiciones que la disminuyen al concepto de “gobierno de las mayorías”. Todas son atinadas y aceptables para nuestro país, pero hay algo central: la República es incompatible con tiranías y monarquías. Para que funcione a pleno, debe existir la periodicidad de los cargos, la publicidad de los actos de gobierno, la responsabilidad pública de los funcionarios, el control y separación de los poderes, la soberanía de la ley sin distinciones, el pleno ejercicio de la ciudadanía, la tolerancia de las ideas contrapuestas, entre muchos otros principios. El sentido de República también es algo a recuperar frente al avance de unos poderes sobre otros o bien, ante la sumisión de unos ante otros. La soberanía de los argentinos sobre sus derechos ciudadanos es algo pendiente de plena recuperación.
2- La credibilidad en los datos estadísticos. Poner a funcionar un sistema de estadísticas que nos genere confianza hacia adentro y fuera del país requiere menos esfuerzo que reclamar ante foros internacionales y generar tensiones que involucren a medio mundo. Saber sobre qué situación social, económica, sanitaria, etc., estamos realizando nuestras tareas como Nación, como empresas y hasta como simples (y orgullosos) habitantes de este país es fundamental para poder planificar hacia dónde vamos. La confianza en cifras que, aunque duras, sean reales y no acomodadas de acuerdo a requerimientos políticos del momento, nos permite actuar como aplomo y no ser dominados por las imprevisiones, los falsos profetas y el miedo al cambio. Ser soberanos sobre nuestros organismos (e información) públicos es una prioridad irrenunciable.
3- El federalismo. ¿Existió alguna vez el federalismo en la Argentina? La historia nos habla de luchas intestinas signadas por alineamientos y traiciones pero, siempre (o casi siempre) vinculadas al poder central ejercido por el Puerto de Buenos Aires. Hablar de “la Argentina”, aun hoy, es hacerlo de su Capital Federal. El resto es “el interior”, ese sitio que no es adentro ni afuera: somos nosotros, los “del interior”, en una eterna lucha por saber qué somos y, en el mejor de los casos, por llegar a Buenos Aires. No tenemos regiones capaces de autosustrentarse ni contamos como estados provinciales con la autonomía necesaria. Damos y recibimos de algo que llamamos Nación y que es la capital del territorio. Una tarea pendiente es recuperar la idea de federalismo. Sabremos así de qué territorios somos soberanos, antes de sumar otros a la concéntrica Buenos Aires.
4- El respeto por los demás. No es este un principio “ñoño”. Saber que cada día mueren 22 personas en incidentes de tránsito es suficiente. Tampoco lo es la permanencia de personas en estado de indigencia, de niños pidiendo en las calles (que no saben de la sanción de leyes que protegen sus derechos, en el papel), de gente que vive de la basura que se enferma y se muere joven. De argentinos que sufren hambre, porque no los alcanzan los beneficios del Estado que, en muchos casos, ni siquiera se entera de que existen. Este no es un punto de análisis religioso: respetar al prójimo es una obligación del Estado y también lo es de parte de quienes vivimos en un mismo territorio. ¿Podemos embarcarnos en una guerra por un territorio si no damos las batallas necesarias adentro para terminar con las desigualdades? En este país nos llenamos la boca con la caridad y preferimos sostenerla, hasta hacemos marketing con ella para que sobreviva (como sea, aunque con poca dignidad) la parte de población que el modelo deja afuera, en lugar de cambiar la raíz de las injusticias que se vienen consolidando sistemáticamente.
5- La vida, convivencia y experiencia política. La política es fundamental para el funcionamiento del país. Pero mientras más se transforma en una especie de deporte, menos calidad le aporta al sistema democrático. La lucha por recuperar los principios y la dignidad, la dimensión que los partidos políticos deben tener en un país como el nuestro, no será sencilla. Sin embargo, no se vislumbran esfuerzos por cambiar estructuras, por abrir la democracia a la participación popular, por generar equipos capaces de alternarse en el ejercicio del poder. Esta no es una responsabilidad sólo del oficialismo, sino centralmente de la oposición. Y no es exclusiva de los militantes políticos, sino que debería serlo para el grueso de la ciudadanía. Si no recuperamos la soberanía de los argentinos sobre las estructuras políticas, pequeños grupos seguirán colonizando los archipiélagos de poder existentes. Por los siglos de los siglos.
Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel