La raspadita electoral: sobre el “seguí participando” y la ludopatía política
La vida política se nutre de personas que están en nuestra sociedad. A la vez, la política lidera las acciones de Estado y, por lo tanto, contagia sus formas: sus mañas y su vanguardismo, según nos toque en gracia, a la sociedad que mira a sus hombres y mujeres cómo las ejecutan.
Pero hay algo que nos atraviesa a ambos sectores en simultáneo y que nos condiciona: una pasión enfermiza por el azar.
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Así planteadas las cosas no es difícil caer en la cuenta de que cada año de elecciones los mendocinos actuamos como quien entra en una espiral de ludopatía.
Las apuestas las hacen los miembros de los partidos políticos primero, cuando largan sus dados sobre la mesa interna de sus agrupaciones y se acomodan de una manera más privilegiada unos que otros, insistiendo en el juego hasta que alguien le pone fin, quedando como les tocó y sin que nadie ni nada les impida que en la nueva ronda de apuestas –las elecciones generales- jueguen a favor de otros, del propio equipo o, aun, que se declaren fuera de juego.
La vida intestina de los partidos mendocinos se ha vuelto una quiniela: alguien se puede llevar el premio mayor o ganar algo apostando “a los 10”. De hecho, hay partidos que parecen jugar a perder y, en las actuales circunstancias, inclusive, la elección de gobernador se asemeja más a una lotería de fin de año en donde varios billetes tienen el mismo número que, de embocarle, les harán acreedores a una porción del poder. No preguntemos para qué, porque cuando se trata de un juego de azar, no se sabe por qué ni qué se hará con la ganancia: después se verá que hacer…
No se hablaba de esto cuando escuchábamos, allá por 1983, mencionar al “juego de la democracia”. Lo entendíamos como la felicidad lúdica de poder elegir entre partidos y programas diferentes, con candidatos que quedaban en la superficie en función a una ecuación de mérito, trayectoria, liderazgo, capacidad y hasta, por qué no, carisma.
Pero el juego se fue poniendo cada vez más denso con el paso de los años. Y quien perdió una “raspadita” y le tocó “seguí participando” se volvió un enfermo y continuó, y continuó y empeñó muchas cosas fundamentales de su carrera con tal de poder seguir apostando.
Del otro lado, del de quien elige, la actitud ha ido cambiando más o menos de igual manera.
Nadie fue capaz de aceptar que había comprado números de lotería de Menem luego de que el menemato hizo saltar la banca. Nadie se anotó como propio el “48” cuando De la Rua, cual “muerto que habla”, defraudó y se fue volando. Muchos –más del 20 por ciento que en realidad jugó por él- dijeron que, en el sorteo presidencial de 2003 en el que nadie sabía a quien votar, lo habían hecho por Kirchner.
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En Mendoza la ludopatía política está igual: desde el costado ciudadano esperamos las candidaturas y, con más intuición que cerebro, veremos por quién apostar, cual ruleta, como en un bingo barrial o peor: como esperando un peluche en la kermese de un circo del que nos gusta participar, pero no ser parte.
Desde los ámbitos políticos se echan números a rodar impúdicamente, esperando que el azar o la casualidad –y no algún mérito- ponga a alguno en el tope de las preferencias.
Y al final, enceguecidos por las luces de lo que puede transformarse en un casino electoral, nos quejaremos una vez más de las trampas del tragamonedas político. La cuestión –como en la ludopatía real- es evitar que el vicio se termine por imponer como modo de vida. O como generalmente pasa en estos, terminarán por embargarnos a Mendoza, nuestro único bien.
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Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel