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Un país previsible, en orden y de clase media
Los políticos quieren que toda la población pertenezca a la clase media. Rolando Hanglin, en La Nación de hoy, analiza este aspecto, basado en el orden y la previsibilidad. “El sentido común siempre triunfa. A veces lleva tiempo. Es un poco inquietante que falten sólo nueve meses para las elecciones de octubre-2011.¡Y nosotros con el pescado sin vender, tratando de entrever, en las brumas del futuro, qué nos deparará el destino!”.
"Queremos que toda la población argentina pertenezca a la clase media", ha dicho la señora Elisa Carrió. Me parece una adecuada síntesis de aquello que todos soñamos. ¿Qué significa, en buen cristiano, pertenecer a la "clase media"? Tener una casa razonable en un suburbio tranquilo, un auto, los hijos en el colegio o en la facultad. En realidad, para empezar por el principio, el jefe de familia de la clase media debe tener un sueldo digno, en blanco, con obra social, servicio médico y vacaciones pagas. Una cuenta de ahorros. En fin, estas son las características de la clase media en todas partes del mundo, y los países alcanzan una satisfactoria solidez cuando la gran mayoría de sus habitantes está en este nivel.
Cabe apuntar que la Argentina tendía a ser una nación de clase media hace cien años, cuando nacía la Unión Cívica Radical y se escribían obras como Las de Barranco y Mi hijo el dotor , que expresan los sueños y las angustias de la pequeño-burguesía. Algo pasó por el camino: de algún modo hemos logrado que el 50 por ciento del país esté sobreviviendo en la pobreza. Pero el caso es que, como bien dice Carrió, colocar a la población masivamente en los niveles de la clase media sería un lindo objetivo para nuestra comunidad. ¿Quién puede oponerse?
La Presidenta Cristina Kirchner, en un viaje reciente, declaró: "Nuestro país es previsible". Algunos afirmarán que no tanto. Pero de todos modos es sano que se proclame la previsibilidad como virtud. Todos vamos llegando al consenso de que, por lo menos, sería bueno tener un país previsible. Si uno es propietario, le gusta tener inquilinos previsibles, que paguen el alquiler invariablemente el 5 de cada mes. Si uno es empleado, le gusta trabajar para una empresa previsible, que liquida puntualmente los sueldos y aguinaldos, sin sobresaltos. Si uno es casado, le gusta estar unido a una mujer previsible, y no a Lady Gaga.
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Es maravilloso ser previsible: para los inversores, para los trabajadores, para los ahorristas, para los empresarios que hacen sus planes. Nadie quiere vivir en una nación que cada cuatro años se inventa de nuevo, prende fuego a todo lo realizado en el último lustro y proclama nuevos ideales, nuevos horizontes, nuevos "modelos". Mejor, sigamos por un buen rato sobre la misma huella. ¡Previsibles!
El precandidato presidencial Eduardo Duhalde ha declarado: "Seré el presidente del orden". Al margen de que el Dr. Duhalde logre ser presidente o no, es interesante que por fin alguien levante la bandera del orden como estado deseable. Para algunos es un concepto "derechoso", pero en general la gente y los políticos vamos coincidiendo en que la mejor sociedad posible es un estado democrático, con amplias libertades para todos, con posibilidades de progreso para cualquiera, y con acatamiento firme de la ley. De todas las leyes. Eso se llama orden y es un prerrequisito absoluto de la libertad. No hay libertad sin ley y orden. Sin duda los argentinos coinciden, por amplia mayoría, con estas ideas tan sencillas y elementales.
Después de una larga serie de aventuras -no todas divertidas en el sentido de Disney World- los ciudadanos de nuestro país vamos coincidiendo en un puñado de conceptos razonables, sensatos y civilizados. Lo vemos en la palabra de personajes tan disímiles como Cristina Kirchner, Eduardo Duhalde y Elisa Carrió.
Es que los políticos, a la corta o a la larga, expresan las ideas de la población. Y hasta se ponen de acuerdo.
Es cierto que, en este momento, los políticos no sólo no se sientan a dialogar constructivamente, sino que se cubren de insultos. Lo menos que se dicen el uno al otro es "padrino mafioso", "narcotraficante", "imbécil", "dinosaurio", "inepto", "chiflada-a-la-cual-le-faltan-algunos-patitos-en-la-fila", "derechista", "represor", "corrupto", amenazándose mutuamente con la revelación de secretos infames, contenidos en carpetas misteriosas.
No importa. El sentido común siempre triunfa. A veces lleva tiempo. Es un poco inquietante que falten sólo nueve meses para las elecciones de octubre-2011.¡Y nosotros con el pescado sin vender, tratando de entrever, en las brumas del futuro, qué nos deparará el destino!
Apenas necesitamos un poquito más de paciencia.
Fuente: La Nación
Después de una larga serie de aventuras -no todas divertidas en el sentido de Disney World- los ciudadanos de nuestro país vamos coincidiendo en un puñado de conceptos razonables, sensatos y civilizados. Lo vemos en la palabra de personajes tan disímiles como Cristina Kirchner, Eduardo Duhalde y Elisa Carrió.
Es que los políticos, a la corta o a la larga, expresan las ideas de la población. Y hasta se ponen de acuerdo.
Es cierto que, en este momento, los políticos no sólo no se sientan a dialogar constructivamente, sino que se cubren de insultos. Lo menos que se dicen el uno al otro es "padrino mafioso", "narcotraficante", "imbécil", "dinosaurio", "inepto", "chiflada-a-la-cual-le-faltan-algunos-patitos-en-la-fila", "derechista", "represor", "corrupto", amenazándose mutuamente con la revelación de secretos infames, contenidos en carpetas misteriosas.
No importa. El sentido común siempre triunfa. A veces lleva tiempo. Es un poco inquietante que falten sólo nueve meses para las elecciones de octubre-2011.¡Y nosotros con el pescado sin vender, tratando de entrever, en las brumas del futuro, qué nos deparará el destino!
Apenas necesitamos un poquito más de paciencia.
Fuente: La Nación