Decir “la verdad” es el legado de Néstor Kirchner
Más allá de los índices macroeconómicos o de los indicadores de calidad de vida que hoy ostenta la Argentina en relación al 2003, más allá del respeto institucional que nuestro país obtuvo por estos años ante los organismos internacionales y gobiernos de países centrales para timonear la crisis – así como el rol del país en la UNASUR-, hay otro legado que nos dejó el paso de Néstor Kirchner por la política Argentina de los últimos 7 años.
Se trata de una cuestión más bien cualitativa, que no se mide por estadísticas ni censos, que no cotiza en la bolsa ni mucho menos solventa, en sentido restringido, cuestiones materiales, aunque sí luego repercuta en ellas. Me quiero referir al legado de “decir la verdad”; una verdad que si bien muchos la estábamos esperando y la propia realidad política y social del país reclamaba, antes nadie se había animado a designarla, a ponerle palabras y acciones, a defenderla y obstinarse hasta conseguir imponerla, sobre todo, desde una relativísima posición de poder político a comienzos de 2003 y una domada moral cultural en vastos sectores de la sociedad nacional.
Porque… ¡Vamos!, la realidad es un “todo caótico” que se organiza “también” en el discurso, que intenta interpretársela con una serie de mecanismos que pueden resultar conscientes o no, pero que “está ahí”, desordenada como rompecabezas, lista para que venga alguien a articularla y acicatearla, mostrarla en su crudeza pero desde una enunciación shockeante.
Ahora bien, pero si decir la verdad es una condición para la política que se precie de herramienta de cambio, “decirla” con coraje será en todo caso la condición de posibilidad para que ese cambio se produzca en el marco de innumerables contingencias aniquiladoras del cambio.
Decir la verdad con coraje y, asumir el riesgo que implica decirla, sin importar lo que el interlocutor vaya a pensar y cómo vaya a reaccionar, es ya, lo que Michel Foucault ha denominado como “Parrhesía”. Esto es, el discurso de verdad que no se queda en el plano de la retórica que resulta condescendiente con su audiencia, o lo que ésta quiera escuchar, cuando se lo están diciendo. Sino por el contrario, se trataría entonces de un tipo de discursividad que emerge en determinadas circunstancias históricas y que viene a “decirle a la sociedad” lo que no estaba dispuesta a escuchar. A defender unas ideas que claramente tendrán oposición en la mayoría de la sociedad; por cuestiones culturales, tradición o prejuicios.
Por ello Néstor Kirchner fue, en términos foucaultianos, una especie de “parrhesiasta nacional”. Porque se animó a meterse en cambios discursivos de verdad que antes nadie se había animado. Porque primero instaló en el imaginario, desde el discurso político, ideas impropias, irreverentes y conflictivas. ¿Cómo que había que seguir revisando el pasado? ¿Qué es eso de pensar en la posibilidad que dos personas del mismo sexo de puedan casar? ¿A cuento de qué viene ahora la lucha por descentralizar la propiedad de los medios de comunicación con una Ley que arremete contra monopolios históricamente beneficiados por gobiernos dictatoriales pero también democráticos? Entre otras cuestiones.
Y lo más interesante. El “parrhesiata” Kirchner no fue “un puro”, no hizo lo que hizo desde una moral política aséptica, con alcohol y algodones; porque convengamos: en política nada se puede hacer desde un altar ataviado de ángeles que soplan al oído consejos de una ética ineficiente (de hecho, los puristas por izquierda argentinos, nunca llegaron a gobernar siquiera un municipio).
En todo caso, lo que importa en el accidente de la historia que hace emerger un discurso parrhesiasta, que asume riesgos, es justamente la posibilidad de articular los “efectos” de quienes se sienten interpelados por aquél. Eso es lo que logró hacer Kirchner y nos legó para la política Argentina.

