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Una agenda para la "nueva democracia"

La mesa de debate, en el NH Cordillera.
La mesa de debate, en el NH Cordillera.
Sinceridades: La característica del encuentro “Pensando Mendoza” convocado por MDZ Online puede sintetizarse con una palabra que indica la actitud con la que los invitados se sentaron a la mesa: sinceridad.

Cada cual lo hizo a su modo. La primera gran “sinceridad” aceptada por prácticamente todos es tremenda, determinante y motivo de análisis en sí misma: “hasta ahora, los dirigentes se han beneficiado más de la democracia, que la democracia de sus dirigentes”.

El ex gobernador Arturo Lafalla (PJ), como afecto a las autocríticas que es; Roberto Iglesias (UCR), al dar cuenta de todo lo que nos falta como ciudadanos que vivimos en una democracia incompleta, Mario Adaro, el ministro de Gobierno de Jaque, al centrar su preocupación en determinar quiénes están “enfrente” y quiénes dentro de su abanico de ideas. Alfredo Cornejo, al reconocer que Alfonsín quiso pero no pudo; El intendente de Guaymallén Alejandro Abraham al levantar sin prejuicios la bandera de la minería; Alejandro Verón, de Barrios de Pie, al plantear que los problemas tienen causas profundas y que no se resuelven con maquillaje discursivo; La dirigente de ATE Raquel Blas, al poner sobre la mesa la espinosa coyuntura que, como tal, es molesta e incómoda, Adolfo Trípodi, de la Federación Económica, al sentirse parte de la política y expresarlo de esa manera, más allá de su actividad empresaria.

Ya con un poco más de humor, las sinceridades reinantes depararon algunas novedades extra: Carlos Ostropolsky, del Consejo Empresario Mendocino (CEM) fue sincero: no conocía a Raquel Blas y lo dijo. Adaro, el “ministro político”, no conocía al principal referente de Barrios de Pie y lo dijo: “Lo he escuchado por radio”, morigeró. Sergio Salgado, el intendente suspendido y restituido de Santa Rosa fue el más sincero de todos: no tenía nada para decir y no lo dijo; no abrió la boca ni para saludar a los presentes.

Desniveles

No es lo mismo haber sido gobernador de esta provincia que no haberlo sido. Tampoco lo es estar frente a la gestión pública de un municipio, conduciendo una empresa o coordinando el pensamiento colectivo de un grupo o bien, representando a grupos de base. No es igual ser ministro de Jaque que haberlo sido de otros como no lo es, además, ser oficialismo u oposición. E inclusive, nada es igual en boca de alguien que nunca llegó a ser gobierno, pero que tampoco consiguió el respaldo suficiente como para ser escuchado por muchos como opositor.

En ese mar de ricas diferencias navegó el debate sobre los aportes, deudas y errores de la democracia argentina y su colateralidad mendocina.

Así, en el desarrollo del debate, pudo advertirse el tendido de sutiles alianzas entre aquellos que se sienten, en definitiva, pares. Pares en el sufrimiento o la aventura de gobernar (Iglesias y Lafalla, Cornejo y Abraham); en defender derechos de gente que reclama atención de los gobernantes (Blas y Verón).

Estuvieron los que se “hicieron cargo” y los que no: Ostropolsky, del CEM, demarcó la jurisdicción de los fracasos de la democracia en el territorio de “los políticos”. Y Trípodi –a pesar de pertenecer al mismo rubro- opinó diferente. Al ministro Adaro, Cornejo le dijo en la cara que el de Jaque es el gobierno más impopular de los últimos 27 años y el ministro sólo se mostró ofendido, pero no se defendió. A lo sumo, mandó un mensaje enojón por Twitter desde su Black Berry.

Juan Carlos Jaliff que pasó y se quedó asumió la discusión planteada por Abraham en torno a la minería y dio una noticia: su apoyo a la actividad y el planteo de que debe hacerse una consulta popular al respecto, luego de un debate que circunscribiría –si pudiera decidirlo- al terreno de lo científico.

Convicciones

En el campo de las ideas, todos se aferraron a las propias y pocos bajaron la guardia para aceptar planteos de otros. Los radicales insistieron con temas como “institucionalidad, valores, consenso”. Abraham en mayor medida y Adaro con un tono más estudiantil se mostraron convencidos del “modelo nacional y popular” que encabeza el kirchnerismo. El guaymallino lo planteó como “un modelo de país”, y se atrevió a especular con que “el kirchnerismo, como el menemismo, pasará”.

Pero fue Lafalla el más dispuesto a aceptar conceptos ajenos: lo hizo ratificando conceptos de otros, apuntalándolos o bien, a través de simples gestos. Cornejo fue duro en la autocrítica. Puntualizó en que, digamos, los gobiernos se han dedicado a soplar la espuma que la prensa generó, pero pocas veces, o nunca, se enfocó a solucionar desde el fondo los problemas centrales como la educación y la inseguridad.

Una agenda para la “nueva democracia”

Como nunca antes en Mendoza, en el debate propuesto por MDZ los referentes políticos hicieron el “mea culpa” que no aceptaron hacer los empresarios, a pesar de que la polémica, por minutos, se volvió áspera entre unos y otros.

Pero fueron los referentes sindicales y sociales los que lanzaron sobre la mesa las deudas de la democracia y lograron, en este ámbito, generar lo que podría llamarse como un acuerdo en torno a cuál es la agenda para la “nueva democracia”, entendida ésta como los años que vienen por delante.

En ese extenso listado sobresalieron las cuestiones más profundas: la necesidad de discutir los asuntos que alimentan las asimetrías sociales, como por ejemplo, las cargas impositivas desparejas (el IVA que es igual para pobres y ricos, o las retenciones) y qué se hace con la riqueza ya existente, cómo se redistribuye y cuáles son los mecanismos para hacerlo. ¿Hay que ser Robin Hood, o hay que generar más?

La cuestión salarial, la universalidad de los ingresos, y sobre qué bases se determina lo que un trabajador debe ganar, además de la inexistencia de un federalismo real, entre los temas nacionales y, volviendo sobre Mendoza, quiénes y cómo deben administrarse los servicios públicos fundamentales tanto como el naciente debate sobre “minería sí, minería no”, son asuntos que dejan al descubierto la necesidad de que los partidos políticos y las organizaciones sociales avancen aquí con gestos de grandeza mutuos y hacia un temario que sirva para, en todo caso, “reinventar” Mendoza.

Hubo acuerdo en que la democracia ha sido buena, pero muy sinceros al admitir que, a pesar de la vigencia de sus valores, hay cosas que sufrieron un retroceso y otras, que no progresaron en la medida necesaria. La inequidad social y el que la gente no acceda a bienes básicos como la educación ha sido uno de los puntos centrales. Alfredo Cornejo arrojó un dato polémico a la mesa, al afirmar que el 91 % de las personas que han cometido delitos contra la propiedad no han terminado la escuela secundaria.

También hubo coincidencias en que esta democracia necesita herramientas de participación directa, como consultas vinculantes, remoción de mandatos, y otras que permitan a la gente hacer un control más efectivo de quienes gobiernan. Insistió mucho Raquel Blas en este punto, con el apoyo de Cornejo. Simón Bestani, de la Fundación Contemporánea, fue quien apuntó la falta de oxígeno de los partidos. Pidió una ley para que los dirigentes no se eternicen en el poder y alertó que esta cerrazón, esta “partidocracia”, pone en peligro a la democracia misma.

Pero hay una cuña que todavía queda por resolver y es meramente política: ¿qué democracia de partidos y con qué tipo de partidos debe funcionar un sistema republicano de gobierno que –según opiniones de sectores divergentes- hace agua en la práctica cotidiana?

Si no hay partidos fuertes, no habrá acuerdos sustentables: será más de lo mismo. Y si se avanza en reformas electorales formuladas a medida de los partidos que las impulsan, y por lo tanto efímeras, la agenda de los dirigentes las seguirán fijando los grupos de poder, los asesores de imagen o el dictado del que grite más fuerte, y no las necesidades más profundas de Mendoza o el país.