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Hablemos de seguridad, pero en serio

"Sería conveniente para el bienestar general, disolver las Fuerzas Armadas y reorientar los recursos hacia los sectores que sí aportan a la seguridad: la gendarmería, que cuida las fronteras (sobre todo la triple frontera) y los organismos de seguridad que se transformen en instituciones altamente profesionales, bien entrenadas, bien equipadas, bien dirigidas".
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La seguridad es uno de los problemas que más preocupan al ciudadano argentino. Muchas personas sufren angustia y miedo de perder la vida, de ser heridos o despojados del fruto de su trabajo con el cual sostienen a su familia. El delito se ha convertido en un oficio más, que muchos abrazan como una carrera para desarrollar a lo largo de toda una vida.  Se ha roto la confianza entre las personas y crece el malestar contra el Estado, que no es capaz de cumplir su función primera: evitar la guerra de todos contra todos, al garantizar la paz y la armonía del cuerpo social y lograr que cada uno renuncie al uso directo de la fuerza para defenderse.

Es tan alta la necesidad de seguridad, que el actual gobierno de Mendoza, tras ensayar una propuesta imposible, para perder por menor margen, terminó ganando las elecciones. Y una vez en el poder, no supo que hacer allí. Pronto se reveló que su plan de seguridad no existía, más que en la campaña de marketing; se produjo una enorme frustración ciudadana, y el gobierno, huérfano de confianza, se hundió en la inoperancia.

Es urgente solucionar el problema de la seguridad. Ello implica un gran salto de calidad. Se requiere una fuerza de seguridad altamente profesionalizada, que inspire respeto, integrada por personas que se sientan orgullosas de servir a sus conciudadanos, con alto prestigio profesional y eficacia.

La seguridad que dejar de percibirse como la herramienta contra el pobre. Eso es un error conceptual. Hay que comenzar por desarrollar una rama especializada en delitos económicos. Al revés de lo que cree el populismo, a los empresarios no hay que insultarlos ni humillarlos ni sobornarlos con subsidios; hay que cobrarles impuestos. Y para ello, tiene que existir una división especializada en asegurar que todos paguen; que ningún empresario pueda cobrar sin entregar boleta oficial. No entregar boleta es un delito federal. En la Argentina los empresarios no entregan boleta (salvo contadas excepciones). Por lo tanto, se ha generalizado la evasión y el delito. Eso tiene que quedar en manos de una rama de la seguridad, bien asesorada por equipos de economistas y abogados tributaristas.

La seguridad tiene que resolver el problema del tránsito; los accidentes cobran 20 vidas diarias en el país y una en Mendoza. Los accidentes constituyen la principal causa de muerte de 5 a 59 años. Para ello se requiere recuperar la cultura del respeto por las normas de tránsito. Y ello demanda policías altamente entrenados y equipados, con alto sentido del honor, bien pagos y con sentido del servicio público. El que incurre en exceso de velocidad, igual que el evasor fiscal, tiene que percibirse como un delincuente.

También hay que avanzar en la seguridad de las personas. Actualmente, en la Argentina, un delincuente le puede partir la cabeza a un adolescente y dejarlo al borde de la muerte, para robarle las zapatillas y un celular. Y ello se produce por la ausencia de seguridad, de normas, y de respeto mínimo por la vida humana. Sólo gozan de seguridad los ricos, capaces de pagar una casa en un barrio privado. Pero los sectores medios y la gente humilde, que no puede ir a vivir a esos exclusivos condominios, también tienen derecho a vivir con sensación de seguridad. Hay que democratizar el acceso a la seguridad.

Para alcanzar estos objetivos, se requiere un salto de calidad. Con los actuales medios no hay ninguna posibilidad de cambiar la situación. Sólo se pondrán parches y arreglos provisorios y de emergencia. Eso es como atar con alambre el viejo motor del auto para que pueda moverse un poco. No soluciona nada.

El problema de fondo requiere un salto gigantesco. La actual policía ya no puede más. No se le puede pedir más. “Yo no puedo hacer nada”, dicen los policías, levantando las manos, cuando uno les reclama. Y tienen razón. No tienen ni el entrenamiento, ni el equipamiento ni la motivación.

¿Qué resorte mueve a un policía a levantarse cada mañana, vestirse e ir a su trabajo, sin saber si estará vivo esa misma noche? ¿Qué le ofrece la sociedad? Con los magros salarios, el pobre equipamiento y el deshonor que los rodea, la carrera policial se encuentra totalmente degradada.

La única forma de salir del pantano es con un salto enorme. Se requiere una policía de alto nivel de entrenamiento, prestigio y credibilidad. Y ello requiere, en forma indispensable, presupuestos mucho más elevados. Necesitamos policía de primer mundo.

Lo mismo podemos decir de las cárceles. Las actuales son centros de entrenamiento de delincuentes. Allí sólo se aprende a mejorar las técnicas del delito; los pobres reclusos sufren tanto en ese infierno, que cuando salen, es casi imposible que puedan reinsertarse en la vida social. Y eso tiene que revertirse con fuertes inversiones.

Hasta aquí, quizá muchos pueden estar de acuerdo. Pero, con una sonrisa despectiva, están pensando: eso es imposible. ¿De dónde van a salir esos recursos? Justamente, de eso se trata. Y ahora viene lo mejor.

Estamos de acuerdo que la seguridad es un problema urgente; que requiere solucionarse porque genera un lastre oneroso en nuestra existencia. Es un problema real y efectivo. No se puede dilatar más la solución. La pregunta es: ¿tenemos algún lugar de donde sacar dinero? ¿Estamos gastando en algo que no nos esté dando ninguna solución a problemas reales? La respuesta es: sí. Las Fuerzas Armadas.

Las Fuerzas Armadas suponen un gasto enorme para la economía nacional. Y no aportan prácticamente nada. No solucionan ningún problema real. Fueron creadas en un contexto distinto, cuando había que hacer guerras para sobre vivir. Había que hacer la guerra de la independencia y luego, con los países vecinos, para definir los límites territoriales. Ese fue el fundamento de las Fuerzas Armadas en el siglo XIX. Pero ahora, en el siglo XXI, ya no existe ese fundamento. ¿Para qué necesitamos las Fuerzas Armadas?

Obviamente, tenemos asuntos pendientes con Inglaterra por las Malvinas. Pero, para ese problema nuestras fuerzas armadas no nos sirven para nada. Ya quedó demostrado en 1982. Entonces, ¿para qué las queremos? ¿Le vamos a hacer la guerra a Bolivia, para despojarla de un pedazo de Puna? Sería ridículo. ¿Vamos a invadir Brasil? Patético.

Las Fuerzas Armadas no nos han prestado ningún servicio desde fines del siglo XIX. A partir de entonces, fueron un gasto muy alto, un lastre pesado, a cambio de nada. Al contrario, aburridos de su inacción, los militares no encontraron otro camino para entretenerse que usar las armas que el pueblo les confió para dar golpes de Estado, tomar el poder por asalto y matar argentinos.

Claro que eso fue hace tiempo, y podríamos hacer un acto de confianza en las nuevas generaciones, que no estuvieron en los golpes de Estado y en los gobiernos militares. Pero, aunque hagamos ese acto de voluntad para mejorar la imagen de esas fuerzas en nuestra mente, sigue sin existir un motivo razonable, una misión concreta que las justifique.

¿Qué antecedentes tenemos? Desde el punto de vista teórico, tanto Nicolás Maquiavelo como Imanuel Kant señalaban que los ejércitos son necesarios en caso de conflicto, pero una vez alcanzada la paz, tienen que desaparecer. Sugiero leer “El Arte de la Guerra” y “La Paz Perpetua” de esos autores, para profundizar en sus argumentos.

¿Alguien ha seguido esas sugerencias? Si. Honduras y Japón. Después de la II Guerra Mundial, Japón reformó su constitución y allí estableció que no volvería a tener Fuerzas Armadas. Unas décadas más tarde, Japón se convirtió en la segunda economía mundial. ¿Y en América? Fue el caso de Costa Rica. A mediados de la década de 1950, ese país tomó la misma decisión que Japón: abolió las Fuerzas Armadas. ¿El resultado? Según los registros de la ONU, es el país con los mejores índices de desarrollo humano de América Latina.

Desde hace 30 años, la Argentina no tiene hipótesis de conflicto. Sus fuerzas armadas no tienen equipamiento ni buen entrenamiento, no sentido del honor, ni visión ni misión. Son cuerpos obsoletos y onerosos, donde reina el tedio y la decadencia. Esas fuerzas armadas no nos sirven.

Por lo tanto, sería conveniente para el bienestar general, disolver las fuerzas armadas y reorientar los recursos hacia los sectores que sí aportan a la seguridad: la gendarmería, que cuida las fronteras (sobre todo la triple frontera) y los organismos de seguridad que se transformen en instituciones altamente profesionales, bien entrenadas, bien equipadas, bien dirigidas. De esta forma se podrá avanzar en el proceso de democratizar el derecho a la seguridad.