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La reaparición de las internas policiales y las viejas mañas


Como en la vieja historia no resuelta del huevo y la gallina, no se sabe qué fue primero: las desventuras ministeriales en Seguridad o la apertura de las puertas del “infierno” que representa que algunos piensen en volver al pasado en el manejo de la policía y de mucho más que eso: el sistema de seguridad pública.

Es que los últimos sucesos han generado un realineamiento de los sectores policiales que fueron desplazados hace 12 años en medio del inicio de una reforma del sistema que, por entonces, vio su esbozo y trazos iniciales, pero que luego otros debieron poner a rodar con medidas y decisiones concretas.

Los últimos casos han provocado que los jefes policiales que fueron “purgados” en 1998 se animen a evaluar lo que llaman en su jerga como “la etapa civil” del gobierno de la seguridad. Obviamente, viniendo de quienes viene el análisis, la nota con la que califican es en rojo y evita mencionar, al pie, el desmanejo, las internas policiales, los abusos hacia adentro y afuera y la encriptación que motivó la eclosión de lo que la sociedad ya recuerda como “la vieja policía”.

La cuestión es que aquella fuerza era el producto de años de funcionamiento feudal y hasta hereditario, que permitía hablar, sin temor a equivocarse, de “la familia policial”. Grupos enteros de “compadres” le disputaron el poder a otras facciones de uniformados en cuya conformación no faltaban lazos de parentesco ni pretenciosos intereses particulares.

Es probable –y esta es la peor parte- que la inseguridad reinante, las nuevas formas de violencia social y, fundamentalmente, los escándalos en los que se ve envuelto el poder civil- trabajen a favor de la desmemoria de lo que era una policía que en muchos casos era parte de la inseguridad, que abusaba y se autoencubría, que mentía descaradamente, que gozaba de privilegios inconcebibles y que, además de todo esto, se autogobernaba y controlaba, sin que siquiera el Tribunal de Cuentas o algún organismo de contralor se arriesgara a meter sus narices en los números que los capitostes manejaban.

Hoy se habla en el circuito de los ex policías de la posibilidad de un retorno triunfal. Con las puertas abiertas del poder, tienen interlocutores en la política, y creen que adosándose a tal o cual protagonista pueden incidir en cambios, rotaciones, nombramientos y decisiones.

Perdieron los reformistas: dentro de los tres partidos políticos que, con apoyo social, en 1998 lograron avanzar con la primera parte de las reformas que eran fundamentales –más allá de que se puedan discutir las formas- los sectores proclives a sostener el gobierno civil de la seguridad son minoría. Otros, se hacen los distraídos o miran para otro lado, por conveniencia política coyuntural. La oposición, “hace la plancha” creyendo que con eso les bastará para adueñarse, aunque sin plan, de cuatro años de esta vapuleada Mendoza.

Lo cierto es que mientras se reeditaba meses atrás aquel acuerdo, aggiornado, desde una plataforma multisectorial para la seguridad democrática moderna, las autoridades ministeriales, como en una burla, se reunían a la misma hora con los referentes de la mutual de policías Amuppol que funciona simil sindicato, atentos a la prohibición legal existente para que los uniformados se agremien.

La semana pasada, fue el turno de los ex comisarios generales. Nucleados en Cerpol, se reunieron con las autoridades políticas del sector y, tras destacar que el gobernador “nos escucha”, metieron presión en declaraciones que difundió Red 101: “los policías están desmotivados”, dijo el titular de la entidad.

La cuestión es que nadie dice que un policía no sepa hacer lo suyo en materia de seguridad, pero de allí a definir y comandar las políticas de seguridad existe la misma distancia que entre un cirujano y la administración logística, contable y política de un hospital.

La política abandonó a los policías durante gran parte de la historia de Mendoza, dejándolos solos al frente de la seguridad y limitándose a “cortar cabezas”, pero poco más que eso (cero investigación, cero sanciones, cero justicia) frente a casos que lograban traspasar los gruesos muros de “la jefatura” y conmover a la sociedad.

De hecho, se los dejó hacer mirándose en su propio espejo que les repetía las mismas formas y mañas heredadas y sin someterlos a una actualización que se pretendía dar con un instituto de formación de nivel universitario, pero que empieza a ser parte del botín policial.

Las internas policiales han vuelto de la mano de la política a Seguridad. De tal manera, como los policías ven –desde la contrarreforma impulsada por Julio Cobos- que pueden volver a ocupar cargos de dirección, inciden en el sistema de ascensos, presionan y se pasean por los pasillos del poder con familiaridad. Mientras, la debilidad política hace el resto.