Un discurso predecible y falaz
El discurso de la presidenta Cristina Kirchner ha sido previsible y altanero, con manipulación de estadísticas y omisiones varias. Nada nuevo bajo el sol.
El discurso de Cristina Kirchner ha sido previsible, referido principalmente a diferenciar el “país real” del “país virtual”, siendo esta última no más que una definición negativa hacia los medios de comunicación. “La Argentina mediática solamente habla y obstruye”, aseguró la mandataria, olvidando los tópicos más esenciales de la tarea de la prensa libre.
Luego, haciendo gala de una envidiable memoria, no dudó en forzar las estadísticas para mostrar una situación general positiva, no sólo en torno a la economía vernácula, sino también en lo referido a Seguridad y Justicia.
En relación a lo primero, aseguró que la Argentina tenía la tasa más baja de criminalidad “después de Chile y Canadá”, algo que esta lejos de ser real si se tienen en cuenta sólo los números oficiales de Uruguay.
En lo que refiere a la Justicia, la Presidenta se jactó de tener “la Corte Suprema de Justicia más independiente de la historia”, omitiendo hablar de la Justicia Federal y el Consejo de la Magistratura, dos de los organismos que ha cooptado el kirchnerismo en los últimos años y que muestran la irreversible podredumbre del sistema. Baste decir que no hay un sólo funcionario kirchnerista preso, a pesar de los interminables actos de corrupción de los últimos años.
Luego, Cristina forzó las estadísticas —INDEC mediante— para asegurar que el 2009 terminó con un 8,4 % de desocupación y que el crecimiento del PBI ha alcanzado la friolera del 63%.
A la hora de hablar de pobreza, debió circunscribirse al área de la provincia de Santa Fé para minimizar el crecimiento de la indigencia y omitió decir que, desde el 2003 a la fecha, creció como nunca la brecha entre los que más y menos ganan: los que más tienen es 26,2 veces superior que los que menos tienen.
No ha sido la educación el tópico que se ha salvado de la manipulación oficial: “Hacía años que no se iniciaba el año lectivo con la cantidad de chicos que hoy concurren a clase”, aseguró Cristina como quien acaba de hacerse cargo del Ejecutivo Nacional. ¿Qué pasó de 2003 a la fecha? Mejor no hablar de ello.
Ni hablar de cuando aseguró haber sido la Presidenta que “menos Decretos de Necesidad y Urgencia utilizó”. Solamente en el período que gobernó su marido, se han firmado más de 150 DNU.
Un dato: cuando le es conveniente a las estadísticas, Cristina habla del comienzo del “modelo” en el año 2003, como una continuidad de los dos "gobiernos kirchneristas". Cuando puede jugar en contra, descarta los años de mandato de su esposo.
Más insólita ha sido la confesión de que no debe destinarse “superávit para pagar deuda (¿?)”. Cualquier economista sabe que el superávit es justamente para ello: para afrontar las obligaciones del Estado.
En sentido similar, sorprendió que dijera que “el tema de la deuda no es un problema de este Gobierno”, que “no lo creó este Gobierno”. Habría que recordarle a Cristina que, cuando asumió su marido, la Argentina tenía una deuda de 144 mil millones de dólares y que, a pesar de haber sido el gobierno que más pagó a los organismos internacionales, la deuda global a la fecha asciende a 170 mil millones.
Hubo tiempo también para “retar” al vicepresidente Julio Cobos y a los legisladores de la oposición, todo en un mismo acto: “La Patria, no Cristina, como acostumbran a llamarme los diarios, necesita que todos los hombres nos despojemos por un minuto de nuestras ambiciones. Esas ambiciones son legítimas. Todos los que están sentados acá quieren ser todo, pero por un momento, despojémonos de esas ambiciones para ver el país real". Cobos sólo atinó a asentir.
Sin embargo, el momento más álgido se dio cuando intentó referirse a la crisis de la Alianza del 2001 y fue silbada por los presentes. “No quiero ningún silbido por acordarme del 99”, advirtió con la voz quebrada.
Finalmente, convocó a los legisladores a que “discutamos y debatamos” políticas de crecimiento, en un muy acertado gesto que merece elogiarse. Salvo por un detalle: esa sana costumbre de debatir fue destruida por completo por su propio gobierno y el de su marido.
Podría haber sido un muy buen discurso el de Cristina, sólo le faltaron dos ingredientes: realismo y coherencia.
No es poco.
A la hora de hablar de pobreza, debió circunscribirse al área de la provincia de Santa Fé para minimizar el crecimiento de la indigencia y omitió decir que, desde el 2003 a la fecha, creció como nunca la brecha entre los que más y menos ganan: los que más tienen es 26,2 veces superior que los que menos tienen.
No ha sido la educación el tópico que se ha salvado de la manipulación oficial: “Hacía años que no se iniciaba el año lectivo con la cantidad de chicos que hoy concurren a clase”, aseguró Cristina como quien acaba de hacerse cargo del Ejecutivo Nacional. ¿Qué pasó de 2003 a la fecha? Mejor no hablar de ello.
Ni hablar de cuando aseguró haber sido la Presidenta que “menos Decretos de Necesidad y Urgencia utilizó”. Solamente en el período que gobernó su marido, se han firmado más de 150 DNU.
Un dato: cuando le es conveniente a las estadísticas, Cristina habla del comienzo del “modelo” en el año 2003, como una continuidad de los dos "gobiernos kirchneristas". Cuando puede jugar en contra, descarta los años de mandato de su esposo.
Más insólita ha sido la confesión de que no debe destinarse “superávit para pagar deuda (¿?)”. Cualquier economista sabe que el superávit es justamente para ello: para afrontar las obligaciones del Estado.
En sentido similar, sorprendió que dijera que “el tema de la deuda no es un problema de este Gobierno”, que “no lo creó este Gobierno”. Habría que recordarle a Cristina que, cuando asumió su marido, la Argentina tenía una deuda de 144 mil millones de dólares y que, a pesar de haber sido el gobierno que más pagó a los organismos internacionales, la deuda global a la fecha asciende a 170 mil millones.
Hubo tiempo también para “retar” al vicepresidente Julio Cobos y a los legisladores de la oposición, todo en un mismo acto: “La Patria, no Cristina, como acostumbran a llamarme los diarios, necesita que todos los hombres nos despojemos por un minuto de nuestras ambiciones. Esas ambiciones son legítimas. Todos los que están sentados acá quieren ser todo, pero por un momento, despojémonos de esas ambiciones para ver el país real". Cobos sólo atinó a asentir.
Sin embargo, el momento más álgido se dio cuando intentó referirse a la crisis de la Alianza del 2001 y fue silbada por los presentes. “No quiero ningún silbido por acordarme del 99”, advirtió con la voz quebrada.
Finalmente, convocó a los legisladores a que “discutamos y debatamos” políticas de crecimiento, en un muy acertado gesto que merece elogiarse. Salvo por un detalle: esa sana costumbre de debatir fue destruida por completo por su propio gobierno y el de su marido.
Podría haber sido un muy buen discurso el de Cristina, sólo le faltaron dos ingredientes: realismo y coherencia.
No es poco.

