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Caramba, qué coincidencia: el saqueo, las versiones y qué puede haber detrás

El Estado tiene todas las herramientas sociales en sus manos para atender a la gente más desfavorecida. Por ello, no hay que tolerar los saqueos. Pero tampoco hay que subestimar su existencia y, por el contrario, actuar con firmeza porque su efecto multiplicador afecta la institucionalidad sobremanera. Más que negarlos, descubrir qué hay detrás de una organización programada con la precisión de un relojero.
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La noticia de que un grupo de personas entró a un supermercado el 24 de diciembre, llenó unos carros con mercadería e intentó huir, tuvo una serie de derivaciones increíbles.

La primera de ella fue que a algunos sectores del Gobierno mendocino le preocupó más la noticia que el hecho, intentando convencer a los periodistas de que en realidad lo que allí había pasado era un hurto más de los tantos que se producen.

Los testigos directos que le dieron a MDZ la primicia de los hechos en el momento en que se producían, desmienten esa versión. Sin embargo, es entendible el planteo de quienes intentaron convencer a la prensa de la irrelevancia del caso que terminó con cuatro chicos menores de edad detenidos y la intervención de la Infantería  junto a un amplio despliegue policial…por un hurto.

Sucede que el saqueo se produjo exactamente en el mismo lugar en donde en el año 2001 se inició la serie de incidentes que se reprodujo casi instantáneamente por todo el país. Los fantasmas de aquellos días de anarquía rondan, como casi siempre que la política más baja y sucia intenta meter la cola.

Pero el enfoque del tema por parte del gobierno es impreciso: no se trata de no invocar al fantasma, sino de exorcizarnos de su presencia y dar cuenta de que, además de un hurto, lo que pasó –haciendo una lectura política y “de manual”- podría indicar que –tal como lo advirtió la propia Presidenta en Buenos Aires- hay un mar de fondo bastante menos sencillo que un hurto.
Primero, porque a un delito tan común no lo protagonizan 20 personas, cantidad de participantes que señaló tanto la gente del supermercado como los testigos que llamaron a MDZ.

Luego, porque el hecho de que los perpetradores del saqueo fueron menores de edad indican que puede haber un cerebro detrás que sabe que, a pesar de que los detengan, son inimputables.

Un hecho de esas características, en el mismo supermercado que fue el disparador nacional del 2001, un día en el que unas mil personas estaban ultimando los detalles para la Nochebuena, a un buen analista de la realidad, no se le puede configurar solamente con el Código Penal.
Y algo más: un agorero profesional sabe del efecto multiplicador que un hecho de esas características tiene: cuando hay gente con hambre, que  recibe por los medios la presión de consumir más allá de sus posibilidades constantemente, si ve que un grupo logró hacerse de un jamón, unos pollos y bastante carne sin pagar, probablemente quieran probar la experiencia, tal como lo hemos visto suceder hasta en los países más civilizados frente a situaciones extremas.

La señal del Gobierno, al actuar, fue clara: no tolerará este tipo de acciones. Pero confusa a la hora de analizarlo y explicárselo  la sociedad: ¿por qué no admitir y advertir, como lo hace la Presidenta, que hay sectores interesados en que el caos se instale?

Probablemente no tengan a mano las pruebas suficientes para hacerlo. Pero tampoco hay indicios de que lo del Átomo de Guaymallén haya sido “un hurto” más de la larga lista. Y algo más: la política no es un acto jurídico, sino una actividad que se puede medir con factores sociológicos y –como en el caso de elegir al mismo ícono del 2001 para un saqueo navideño- con una fuerte dosis de semiótica.

En aquellos días amargos del país al borde de la disolución, se detectó en Mendoza a grupos claramente vinculados a la política alentando los reclamos frente a los supermercados. El clima generado ya lo conocemos. Los resultados, también.

Es por ello que la mejor actitud frente a lo sucedido podría ser sentarse a ver qué hay detrás de una multitud de niños y jóvenes que conmocionaron las compras de un sitio populoso en las vísperas de Navidad. ¿Hambre u operación política? Mejor eso; mejor comprenderlo que explicarlo apresuradamente. Porque el enemigo no es el mensajero. El adversario de la institucionalidad es quien mandó el mensaje.