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Fuimos "copiloto" de Peterhansel: cómo es ir al límite en un vehículo de Dakar

A MDZ le tocó el primer turno de codriving en la presentación del equipo BMW. La experiencia con el mejor piloto del mundo: miedos y tensiones, maniobras increíbles, velocidad y vértigo, en apenas cuatro minutos que sirvieron para entender la carrera más dura del planeta.
Orly, el gobernador Celso Jaque, y el director de MDZ, Ricardo Montacuto. Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Orly, el gobernador Celso Jaque, y el director de MDZ, Ricardo Montacuto. Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Al principio fue como un juego. Risas, distensión, alguna broma, la espera bajo el sol mientras llegaba la BMW X3 con Stephane Peterhansel al mando y el gobernador Celso Jaque como “copiloto”. Y después todo pasó demasiado rápido. Me tocó en suerte ser hoy el primer periodista en la prueba de codriving en las camionetas que BMW usará en el Dakar 2011 con el equipo X Raid, donde corren Peterhansel (el más ganador en la historia de la carrera) y el argentino –y mendocino, claro- Orly Terranova, entre otros pilotos. Para transmitirles la experiencia y aunque está mal hablar de lo que uno mismo escribe, voy a transcribir un tweet que subí a la red de microblogging ni bien me bajé de la camioneta y tras haber comprobado que estómago, corazón y cabeza seguían en su lugar. “Acabo de bajarme de recorrer el circuito con Peterhansel. Están todos locos…” Esa fue, digamos, la primera impresión, para la que siempre hay sólo una oportunidad.

Es posible que el único lugar del mundo en el que 3 minutos y 50 segundos me han parecido horas, haya sido esta tarde en Tupungato Wine Lands, en el circuito armado para probar las camionetas BMW con periodistas de todo el país. Fue el primer día de la presentación del equipo X Raid, que sigue con sponsors el viernes, y el sábado con invitados especiales y los ganadores del concurso de MDZ Online.

Para una persona que no sabe prácticamente nada de automovilismo, la experiencia de subirse a una máquina de estas es fuerte. Impresiona desde el vamos. Mientras los auxiliares del equipo me colocaban los cinturones de seguridad –un complejo sistema de cuatro anclajes, dos superiores y dos laterales, que va ajustadísimo- intentaba retener la enorme cantidad de instrumental que veía. No pude reconocer ni el velocímetro. Relojes digitales, tableros y comandos electrónicos por todas partes, monitorean todo lo que ocurre adentro del auto para que los de afuera sepan qué pasa, y qué hacer. A los ojos de un ignorante en la materia, podrían haber comandado un avión o el mismísimo Titanic con todo eso.

La segunda sensación fue el calor a bordo. En verano ese habitáculo debe ser un verdadero infierno. El veterano piloto me dirigió la primera de las únicas dos oraciones que pronunció en la prueba: “Are you ready…?” Y enseguida empezó el viajecito.

Es complejo definir las sensaciones. Una vez, en la década del ’80, me subí a un vetusto TC patagónico. Por supuesto, esto no admite ni un solo punto de comparación. Miraba hacia adelante y el camino pasaba tan rápido, que apenas si lo podía registrar. Creo que Peterhansel apretó el freno sólo dos o tres veces en todo el trayecto. En esta especialidad se acelera siempre a fondo. Ante cada curva imposible, en milisegundos, pensé “¡no entra, acá no se puede pasar!” Y entraba. Y volvía a salir. Y saltaba y doblaba. “¡¡No puede ser… no va a doblar!!” Un ligero golpecito de muñeca y la potente BMW X3 bufaba y tomaba la curva, roncaba y salía. Un animal feroz, con un domador seguro. Y yo a los bandazos, aunque estaba apretadísimo contra el asiento. Debí agachar la cabeza un par de veces porque sentía el techo demasiado cerca con cada pozo. El asiento estaba configurado para personas más bajas que el 1,83 mt, que me tocó en el reparto, y la sensación era como la de navegar en un minisubmarino enloquecido en un mar de arena, a fondo. Con la lengua seca y el sabor metálico de la tierra y la velocidad empastando la boca.

En otro momento, saliendo de una curva muy cerrada noté que el auto se inclinaba a la izquierda, miré por sobre el hombro de Peterhansel y ví un barranco profundo… Y nosotros girando encima a toda velocidad. El francés debe haber notado mi palidez repentina y pronunció su segunda oración -y última- de mi test de copiloto. “Are you OK…!?” “Yes… I am…” susurré con un inglés from Carlos Tévez School, que me salió en ese momento. Me debe haber creído porque aceleró más.

Confieso que si bien no tuve miedo –iba muy atado y en manos del mejor piloto del mundo- promediando el circuito sentí cierta flojedad en las piernas. El desayuno frugal y apurado de las siete de la mañana amagó con hacer la travesura del día en mi sistema digestivo. Mientras sufría ese instante, me acordé de una anécdota: en el Dakar 2009, Orly manejó varios kilómetros con el parabrisas trizado y eso lo mareó. Entonces vomitó, y siguió manejando… y vomitando, todo a la vez... Estos pilotos nunca paran. Un pensamiento torvo, miserable y vengativo me asaltó entonces, deseándoles un “buen paseo” -regurgitante- a los periodistas que probarían la experiencia de codriving después del suculento almuerzo que sirvieron en Tupungato Wine Lands, del que me puse a prudente distancia con la excusa de editar y subir material al diario.

La proximidad de las últimas curvas me devolvió el alma al cuerpo y llegué más o menos entero. Le di las gracias a Peterhansel por la prueba y me bajé con un solo pensamiento: estos tipos hacen esto todo el año, y durante un Dakar van cuatro horas al día a velocidad plena sobre ripio y tierra, entre montañas y barrancos, entre dunas y caminos imposibles, con curvas mortales y saltos que impiden la visión. Y con nubes de polvo denso, oscuro, molesto, por todos lados, a 180 KPH. Hay que tener mucha concentración, ser muy dedicado y contar con un entrenamiento espartano para soportar semejante tensión. Y ser dueños de muñeca, pie y cerebro a prueba de todo. Ni hablar de la dosis de coraje que se requiere. Hoy aprendí que esto no es para cagones.

Me quedé con la experiencia de haber participado de algo extremo, arriesgado, que coloca a pilotos, copilotos, equipos y autos al borde de su resistencia. Finalmente de eso se trata una prueba como el Dakar. Sirve para que cada uno de los que está involucrado en la carrera, la más dura del mundo, explore sus propios límites a martillazos. Esos bordes internos siempre están más allá que en el común de los mortales. Por eso despiertan admiración y respeto en el variadísimo mundo del automovilismo.

Por mi parte, fue interesante. Me hubiese gustado ir más relajado, después de todo Peterhansel estaba al volante, pero fue mi “primera vez” y resultó difícil. No sé si habrá alguna otra, aunque ahora pude ver y sentir de qué se trata. Esos cuatro minutos me sirvieron para comprender un poco más esta prueba que despierta tanta pasión en millones y millones de personas en todo el mundo.

¿Si me gustó? No estoy totalmente seguro... Por momentos sí, por momentos me preocupé… En todo caso, fui en plan de mero observador para transmitirles la experiencia lo mejor posible. Decidan ustedes… ¿se subirían?