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Néstor a la retaguardia, Cristina a la reelección y ¿quién será el copiloto?


Sobre el fin de semana Néstor Kirchner fue el vocero de definiciones electorales importantes. Su acto en Santa Cruz para marcarle el terreno al Poder Judicial sirvió como escenario principal para informar sobre los próximos pasos de su proyecto político. Lo hizo hacia afuera y hacia adentro en simultáneo, hablándole a la masa convocada y a gobernadores propios y aliados.

Allí, notificó que le dará más trabajo al Registro Civil: cuando todavía no cumple dos años de residencia en la provincia de Buenos Aires, ahora, dijo, cambiará su domicilio a la capital santacruceña, Río Gallegos.

¿De qué le serviría si no fuera para postularse una vez más a la gobernación del estado patagónico? Allí perdió las últimas elecciones y se ve obligado a fortalecer la unidad de su fuerza local para que el gobierno no cambie de signo el año que viene.

Kirchner ya había hecho una maniobra domiciliaria que no le salió del todo bien, pero que, seguramente calcula en la intimidad, podría haber sido peor: se “mudó” en los papeles a la provincia de Buenos Aires y encabezó una lista fantasma de la que prácticamente quedó sólo él, tras la renuncia masiva de sus compañeros de boleta, los candidatos llamados “testimoniales”. Perdió por poco. Pero se especula en que si él mismo no iba al frente, la paliza podría haber sido peor y, aún, más determinante en torno al futuro de su plan poítico nacional.

El proyecto “nacional y popular” será ahora  “Internacional, nacional, provincial y popular”. En ese esquema, Kirchner no quiere que ningún frente le resulte ajeno: preside la Unasur, es diputado por la provincia de Buenos Aires, impone a su esposa para una reelección y fuerza a la unidad de quienes lo abandonaron por izquierda, asustándolos con la posible constitución de un entente opositor al que ubica exactamente en la derecha política.

No hay gesto de confianza que valga hacia el equipo que le acompaña: el nombre de quien vaya al frente debe ser Kirchner y no algún otro.

Pero le resulta imprescindible conseguir un compañero para Cristina que, en caso de traicionarlos como Julio Cobos, resulte improbable como adversario externo y, además, prefiere que lo “corra por izquierda” a que se transforme, como el mendocino, en un catalizador de la derecha.

Por ello, las miradas están pendientes en los sectores que alguna vez acompañaron a Kirchner en su proyecto transversal y que hoy amenazan con fortalecer el candil porteño en que se ha transformado para esa porción del electorado el plan de Pino Solanas.

El elegido podría ser, en este juego, el espacio del bonaerense Martín Sabbatella: aliado crítico, su porción de poder en la política argentina es pequeño, pero suficiente como dique de contención de las fugas sectoriales que ha sufrido el kirchnerismo y, por otra parte, importante para consolidarse en un territorio bonaerense en donde la “amenaza” De Narváez puede jugar fuerte en una alianza con el radicalismo.

Sabbatella le aportaría los votos que estaban en fuga por el desencanto de los amigos en la principal provincia argentina y, además, le garantiza un compañero a Cristina cuyo “hambre de poder” se sostiene siempre y cuando el soporte político le resulte así de generoso, como el que se le ofrece.

Hoy, esto es pura especulación. Pero en el entorno del poder –en donde las especulaciones se cuentan por millones cada día- es la más potente y convincente.