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Sin Kirchner, ¿quién manda?

¿Quién manda cuando ya no está el que mandaba? La necesidad de fortalecer a la Presidenta y una responsabilidad que tiene nombres y apellidos. Un especial de MDZ que trata de anticipar lo que puede suceder.

El primer desafío del país, sus dirigentes políticos, económicos y sociales es que la ausencia del político más importante de este momento no genere un vacío de poder.

La repentina ausencia de Néstor Kirchner generó un primer desconsuelo, íntimo y doloroso. Pero poco a poco toda una nación se está dando cuenta que quien acaba de morir es el dueño de la muñeca que, desde Puerto Madero, decidió lo qué debía pasar (y lo que no) en la economía, el Congreso, la Casa Rosada (con él al frente o con su esposa, Cristina).

La omnipresencia de Kirchner hacía subir o bajar acciones. Su opinión en el delicado tema de la soja y del campo, tuvieron –hasta ayer- más incidencia en el plan de trabajo de los ruralistas que los pronósticos del tiempo. Sus simpatías o antipatías hicieron mutar tantas veces como a él se le antojó al complejo movimiento peronista.

Kirchner creó el kircherismo y el peronismo dejó de llamarse “justicialismo”. Deglutió a sectores antagónicos, sumándolos a un proyecto político que logró dividir las aguas del país de una manera diferente a cómo ya lo hacían las fuerzas políticas preexistentes. Kirchner creó a los “radicales K” y, por supuesto, a Cobos y estaba trabajando en su deconstrucción.

Kirchner no está más. Varias sucesiones se han abierto de inmediato. La política interna es la que más entretendrá en lo sucesivo a dirigentes de primera línea y de cuarta calaña. El destino, continuidad y fortaleza de la economía despertará a fantasmas que deberán ser exorcizados por la madurez política de todo el país, si la hay (y en este punto, todos, oficialismo y oposición, se ponen a prueba).

Pero sin lugar a dudas lo que desvela a los sectores que ya han logrado superar el primer impacto de la noticia que llegó desde El Calafate es quién ocupará el lugar de las decisiones.

El panorama se muestra complejo. Cristina Fernández debe demostrar –increíblemente, y a poco de concluir su mandato que esperaba ser sucedido por una segunda oportunidad de Kirchner- que es, realmente, la Presidenta.

- Los ministros respondían a los designios de Néstor, un hombre de fuerte liderazgo. Una anécdota que se contó en ocasión de la pelea por la Resolución 125 desnudó que fue Néstor quien separó a su esposa de Julio Cobos, cuando éste intentaba mediar entre Moyano y los ruralistas movilizados y Kirchner envió –vía Aníbal Fernández- a la Gendarmería a reprimir en Gualeguaychú.

- La relación política del Gobierno de Cristina fue sostenida o destruída al ritmo de los intereses que marcaba Kirchner en su agenda.

- El avance o repliegue de las complicadas relaciones intestinas del peronismo tuvieron en Kirchner al catalizador con el poder suficiente como para decir “basta” o dar la voz de “¡aura!”, según creyera corresponder el líder.

- Lo mismo, con la fuerza de los sindicatos. Una ironía del destino hace que Hugo Moyano se haya equiparado a Kirchner en su discurso de despedida, el mismo al que todas las críticas se enfocaban por otra muerte, la de Mariano Ferreyra, que quedó en un plano absolutamente relegado.

- Kirchner presidía la Unasur. Fue quien le puso una madurez que se necesitaba a las relaciones internacionales de un país que histeriqueaba con Chávez sin admitir su chavismo, pero que terminó comprendiendo, en su justa medida y distancia, que no podía jugar en contra de liderazgos existentes como los de Brasil y Estados Unidos.

Lo que viene

La cuestión a resolver es quién ocupará su lugar. No se trata de un puesto concreto y tangible, sino un entramado de relaciones que, sinceramente, nadie per sé, ni siquiera Cristina Fernández con el apoyo de los “viudos” políticos y económicos del ex presidente muerto, es capaz de comandar con su misma capacidad.

La oposición se ha mostrado, en principio, expectante y seria. “Hay que apoyar a Cristina” atinaron, casi todos, más allá de lo que hayan hablado, pensado o decidido en privado.

Un desafío que compromete al país es que nunca más el egoísmo o el sectarismo se lleven por delante a las instituciones, como ha pasado tantas veces desde que se recuperó la democracia en 1983.

La Presidenta debe serlo, ahora más que nunca y con el apoyo de quienes tienen roles de responsabilidad. Y la sucesión interna del peronismo (kirchneristas o disidentes, caudillos o sindicalistas, gobernantes o militantes de a pie) no tiene por qué mezclarse con las cuestiones que son cruciales para el país.

Sin Kirchner, quien manda es Cristina.

El autor: Gabriel Conte es Subdirector Periodístico de MDZ. En Twitter: @ConteGabriel