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Néstor Kirchner y el placer de la masa
Néstor Kirchner fue para mí, siempre, sinónimo de caos. Y no lo digo desde el análisis político, sino desde una óptica más pequeña: la del simple ejercicio del periodismo.
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Cada una de las visitas del ex presidente a Mendoza (ya muy lejanas en el tiempo) fueron para los cronistas sinónimos en la cobertura de batahola, sudor, pisotones, corridas y otras incomodidades. Lejos de su figura, porque la masa siempre lograba estar más cerca y él iba en su búsqueda, fui conociendo su personalidad, su identidad política.
Tan complicado era cubrirlo que sólo una vez pude acceder a hacerle una pregunta. Fue en 2008, en la Municipalidad de Godoy Cruz (vaya paradoja). Sorprendentemente relajado, Néstor Kirchner bendijo en aquella oportunidad al recién designado ministro de Economía de la Nación, Carlos Fernández, que después fue una sombra como funcionario.
Aquella vez no aprendí nada. Creo que lo conocí más mirándolo de lejos. El resto de las veces fui uno de los tantos cronistas locales condenados a correr detrás de sus salidas imprevistas, ajenas al protocolo presidencial, en cuanto acto asistiera. Néstor era ese hombre que se tiraba del escenario para abrazarse con todo el mundo, que enloquecía a la custodia y que gozaba como nadie el calor popular.
Sabía Kirchner cómo conectarse con las masas. Brillaba en esos instantes y por eso complicaba tanto el trabajo del periodismo.
Y ese afecto, más allá de los artilugios tradicionales para movilizar gente, en Mendoza fue en buena medida legítimo durante su primer gobierno y hasta su salida de la presidencia en 2007. No es casual que desde entonces no volvió más a estas tierras: el encanto de los mendocinos con él se perdió en los últimos años.
Entiendo también que su amor por el contacto directo con la gente era inversamente proporcional en el caso de otras prácticas del horizontalidad, como el diálogo político y las conferencias de prensa.
Creo que terminé de entender eso en una ocasión en la que Kirchner no estaba delante mío. Fue en una visita que hice a la Casa Rosada, un día en que alguien me señaló la sala de las reuniones de gabinete como el lugar que Néstor jamás usaba.
Y ese afecto, más allá de los artilugios tradicionales para movilizar gente, en Mendoza fue en buena medida legítimo durante su primer gobierno y hasta su salida de la presidencia en 2007. No es casual que desde entonces no volvió más a estas tierras: el encanto de los mendocinos con él se perdió en los últimos años.
Entiendo también que su amor por el contacto directo con la gente era inversamente proporcional en el caso de otras prácticas del horizontalidad, como el diálogo político y las conferencias de prensa.
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