ver más

El día después del Censo, las cuentas pendientes


El Censo Nacional es una institución en sí misma y sus trabajadores, los y las censistas, son seres humanos que harán un sacrificado trabajo a lo largo de todo un día.

¿Por qué decir esto que parece obvio? Porque no se puede confundir al Censo 2010 con las elecciones presidenciales, ni a los censistas con el ente que lo coordina, el sospechado Indec  y mucho menos con su titiritero, el inefable Guillermo Moreno.

En los meses previos se ha desatado toda una campaña de miedo por parte de medios cuyos intereses económicos se han visto afectados por este gobierno, sembrado la inquietud en torno a presuntos problemas que puede acarrear abrirle al puerta al censista.

Este día del Censo recibamos a quien nos viene a formular la encuesta con todo el respeto del mundo: no es un militante K, un ladrón de almas, un espía de la Afip y mucho menos un delincuente. Muy probablemente resulte ser un vecino nuestro o la docente de nuestros hijos que tendrá que ver muchas caras como la nuestra (¡o peores!) y recibir muchas frases inapropiadas.

Ningún país del mundo puede vivir sin información cierta y real en torno a qué es lo que lo compone. Así como sospechamos de las cifras que anuncia sobre inflación mensualmente el Indec  la información ventilada en torno a los presuntos peligros del Censo hace caer en el mismo nivel de descrédito a quienes la originaron, la dieron y la replicaron.

Un empate absurdo que nos empantana en la miseria humana: mentís y yo miento. Pero hay que frenar la conjugación del verbo “mentir” antes de que alcance al “nosotros”. Se puede dejar para el día después del Censo el debate sobre los Kirchner, el Indec y Moreno, porque la información que se recaba es más importante que todos ellos y la oposición, sumados, juntos.
Durante el Censo 80, preguntaron cosas mucho más terribles que las que están incluidas en el formulario actual, aunque aquella encuesta no lo dejara impreso: “¿Conoce a alguna persona subversiva en su barrio?”. Nadie lo reflejó en ninguna nota periodística. Sin embargo, esa sola pregunta y la carga simbólica del agente estatal que lo peguntaba seguramente condicionó a muchos a tener que señalar a algún vecino por raro, pelilargo, militante, estudioso, pendenciero o por lo que fuere, condenándolo a quien sabe qué.

Hoy se habla de picardías tales como que si se ha trabajado una hora en los últimos dos meses, hay que inscribir al censado como una persona con empleo. O que si una persona dice que tiene un plasma y la censista no lo ve, debe registrarlo como que sí, aumentando la idea de poder adquisitivo de la población.

Pero las mañas se neutralizan en un universo de millones de censados y, en todo caso, si el resultado es mañoso mucho tendrá que ver con un país compuesto por esta característica de población.

Lo importante es que la información técnica, manejada por técnicos, dará un resultado vital para que sepamos en qué país vivimos. El resultado de un censo es mucho más importante y crucial que la de cualquier encuestita electoral. Veamos: ¿le creemos a una encuesta hecha por un puñado de empleados de una consultora privada a 2 mil personas en todo el país (que muchas veces, además, “la pega”) y no le vamos a creer a una formulada por 500 mil docentes argentinos a millones de habitantes?

Pero ese debe ser el debate del día después. Por ahora, hay que separar lo institucional y el trabajo técnico de la discusión política. Porque no debería resultar tan sencillo que nuestro amor o bronca con un gobierno desacredite tan fácilmente algo tan importante como el censo Nacional.