No hay casualidades
El periodista Pepe Eliaschev hace su habitual análisis semanal con la situación que vivió Chile y el rescate de los 33 mineros atrapados. Además, aprovecha para hacer una comparación con la realidad argentina.
Lo de Chile deja miga gruesa y sustancial de cara al futuro. Aunque parezca fantasioso, este triunfo formidable de Chile y esta afirmación luminosa de la condición humana, derraman una potente lección para la Argentina.
Los 33 mineros enterrados en el subsuelo del planeta protagonizaban una tragedia humana enorme. El accidente fue una calamidad y hasta que se supo que estaban vivos, todo era luto y pesar. Cuando la noche del 12 al 13 de octubre arranca el salvataje, aquel dolor inicial y los más de dos meses de paciente espera, desembocaron en un logro fenomenal.
Los 33 mineros enterrados en el subsuelo del planeta protagonizaban una tragedia humana enorme. El accidente fue una calamidad y hasta que se supo que estaban vivos, todo era luto y pesar. Cuando la noche del 12 al 13 de octubre arranca el salvataje, aquel dolor inicial y los más de dos meses de paciente espera, desembocaron en un logro fenomenal.
Chile, su pueblo, su gobierno, apretaron los dientes ante el dolor y miraron a los ojos a la adversidad, con el propósito de remontar la cuesta. No se dieron por vencidos.
Pero hubo una decisión clara y rotunda. El dueño de esa decisión fue Sebastián Piñera: cuando las posibilidades de llegar a esos 620 metros bajo tierra eran casi inexistentes, el presidente de Chile decidió encarar el operativo de rescate. Fue una decisión política, grave, delicada y -sobre todo- muy audaz.
Pero hubo una decisión clara y rotunda. El dueño de esa decisión fue Sebastián Piñera: cuando las posibilidades de llegar a esos 620 metros bajo tierra eran casi inexistentes, el presidente de Chile decidió encarar el operativo de rescate. Fue una decisión política, grave, delicada y -sobre todo- muy audaz.
Puede decirse que fue, en cierto sentido, una "apuesta". ¿Fue solo eso? No en un sentido superficial. Piñera y su gobierno no "timbearon"; se jugaron a poner todo el peso del Estado y de la sociedad chilenos al servicio de traer a tierra con vida a esos 33 mineros.
Desde el primer instante, Chile se abocó a una organización muy concienzudamente serena para consumar tamaño emprendimiento. Era una tarea magna, pero se la encaró con llamativa calma. Se trataba de trabajar con inteligencia, no ruidosamente. Ése es un dato central cuando se piensa (y se compara) con los modos argentinos.
Desde que se supo que la mina había colapsado, hasta que el último rescatista emergió a la superficie en la Fénix 2, lo que de Chile se percibió fue, sobre todo, una maravillosa calma. Se demostró que el caos y el estrépito no solo no sirven, sino que además perjudican todo proyecto noble.
Desde el primer instante, Chile se abocó a una organización muy concienzudamente serena para consumar tamaño emprendimiento. Era una tarea magna, pero se la encaró con llamativa calma. Se trataba de trabajar con inteligencia, no ruidosamente. Ése es un dato central cuando se piensa (y se compara) con los modos argentinos.
Desde que se supo que la mina había colapsado, hasta que el último rescatista emergió a la superficie en la Fénix 2, lo que de Chile se percibió fue, sobre todo, una maravillosa calma. Se demostró que el caos y el estrépito no solo no sirven, sino que además perjudican todo proyecto noble.
La recuperación con vida de los 33 ha revelado que Chile puso en acto una formidable cuota de tenacidad. Es un país sufrido. Este mismo año, un sismo brutal lo arrasó. Chile se puso de pie tras la calamidad telúrica y en pocos meses hubo de abocarse a una nueva y terrible contingencia. Lo hizo tenazmente, sin quejarse.
Puede decirse que Chile demostró ante la situación una cualidad humana central y poco frecuente, templanza. Lo hizo a dientes apretados y sin arredrarse ante la magnitud asombrosa de la tarea.
Hubo una notable exhibición de previsión en toda la gesta. Una comunidad de ingenieros, especialistas, geólogos, médicos y peritos trabajó abarcando una vasta gama de opciones. No una, sino tres perforaciones se encararon. Todo el proceso de salvataje revela una astuta combinación de posibilidades, pero nunca se enfeudaron a un solo camino; por el contrario se exploraron y dejaron abiertos varias opciones y planes.
Si lo que se vio en Chile revela una notable creatividad, ese rasgo fue de la mano de una reconfortante austeridad retórica. Se habló poco, solo lo necesario. Los ingenieros chilenos y un compacto y solvente grupo de peritos apelaron a una notable diversidad de ideas. En la materia no hay nunca un libreto previo, completo, total y definitivo. Hay cursos de acción, pero lo evidente es que los chilenos fueron especialmente creativos para llegar a buen destino.
Estos hechos se fueron configurando en el marco de una conocida tradición chilena, su pasión por la severidad organizativa, que alguna vez los jactanciosos argentinos menoscabaron como mera "rigidez prusiana".
Desde que la tragedia se conoció, Chile puso en escena una ejemplar demostración de unidad nacional. Ante la evidencia de lo que sucedía, la política chilena reaccionó de manera compacta y sin fisuras. Piñera consideró en todo momento a la oposición, pero –a su vez- la oposición en ningún momento pretendió devaluar los esfuerzos del Gobierno.
La tragedia de la mina San José reveló, desde luego, el modo de operar de una clase propietaria aviesamente irresponsable de cara a la seguridad de los trabajadores. Eso fue evidente y el propio Piñera, un exitoso empresario propietario de una inmensa fortuna personal (es uno de los dos o tres hombres más ricos de América Latina), fue durísimo con los dueños de la mina y con todos los que perpetúan, como patronal, situaciones laborales inaceptables, que no son pocos.
Pero ni el gobierno ni la sociedad chilena se emborracharon con reproches a las empresas mineras, algo que habría acontecido en la Argentina. Se dedicaron a lo único importante, rescatar con vida a esos 33 seres humanos.
Ejemplo chileno: fueron conmovedoramente prácticos y en lugar de escarbar basura vieja, se consagraron a recuperar vidas. Ya habrá tiempo para poner en caja a la desaprensiva burguesía minera.
Otro dato central de todo lo que sucedió en Chile e inevitablemente genera moralejas para la Argentina es el criterio de transparencia total que aplicó el gobierno del presidente Piñera.
Si en lo técnico y operativo, Chile procedió con firmeza y aptitud, en lo informativo nada se retaceó y hasta el último segundo del operativo, se informo todo a todos y en todo momento.
La transmisión de TV Nacional de Chile fue admirable: completa, austera, eficaz, sin fallas.
Este Chile que en octubre de 2010 recuperó con vida a sus 33 mineros es ahora un paradigma mundial de seriedad y confianza. Han enterrado el estigma de Pinochet y su dictadura de 17 años que tanto hirió a la nación andina. Veinte años después del final de aquel régimen, Chile es hoy en el mundo este presente, no aquel pasado.
Ese mensaje cruza los Andes e impacta en una Argentina donde, en la misma semana en que se producía esta gesta, la corporación sindical-política criolla producía un nuevo Ríver conducido por el matrimonio presidencial. Allá, en Chile, brilló un presente proyectado al futuro, aquí, en la Argentina, tuvimos de nuevo un presente posicionado de cara al pasado.
Hubo una notable exhibición de previsión en toda la gesta. Una comunidad de ingenieros, especialistas, geólogos, médicos y peritos trabajó abarcando una vasta gama de opciones. No una, sino tres perforaciones se encararon. Todo el proceso de salvataje revela una astuta combinación de posibilidades, pero nunca se enfeudaron a un solo camino; por el contrario se exploraron y dejaron abiertos varias opciones y planes.
Si lo que se vio en Chile revela una notable creatividad, ese rasgo fue de la mano de una reconfortante austeridad retórica. Se habló poco, solo lo necesario. Los ingenieros chilenos y un compacto y solvente grupo de peritos apelaron a una notable diversidad de ideas. En la materia no hay nunca un libreto previo, completo, total y definitivo. Hay cursos de acción, pero lo evidente es que los chilenos fueron especialmente creativos para llegar a buen destino.
Estos hechos se fueron configurando en el marco de una conocida tradición chilena, su pasión por la severidad organizativa, que alguna vez los jactanciosos argentinos menoscabaron como mera "rigidez prusiana".
Desde que la tragedia se conoció, Chile puso en escena una ejemplar demostración de unidad nacional. Ante la evidencia de lo que sucedía, la política chilena reaccionó de manera compacta y sin fisuras. Piñera consideró en todo momento a la oposición, pero –a su vez- la oposición en ningún momento pretendió devaluar los esfuerzos del Gobierno.
La tragedia de la mina San José reveló, desde luego, el modo de operar de una clase propietaria aviesamente irresponsable de cara a la seguridad de los trabajadores. Eso fue evidente y el propio Piñera, un exitoso empresario propietario de una inmensa fortuna personal (es uno de los dos o tres hombres más ricos de América Latina), fue durísimo con los dueños de la mina y con todos los que perpetúan, como patronal, situaciones laborales inaceptables, que no son pocos.
Pero ni el gobierno ni la sociedad chilena se emborracharon con reproches a las empresas mineras, algo que habría acontecido en la Argentina. Se dedicaron a lo único importante, rescatar con vida a esos 33 seres humanos.
Ejemplo chileno: fueron conmovedoramente prácticos y en lugar de escarbar basura vieja, se consagraron a recuperar vidas. Ya habrá tiempo para poner en caja a la desaprensiva burguesía minera.
Otro dato central de todo lo que sucedió en Chile e inevitablemente genera moralejas para la Argentina es el criterio de transparencia total que aplicó el gobierno del presidente Piñera.
Si en lo técnico y operativo, Chile procedió con firmeza y aptitud, en lo informativo nada se retaceó y hasta el último segundo del operativo, se informo todo a todos y en todo momento.
La transmisión de TV Nacional de Chile fue admirable: completa, austera, eficaz, sin fallas.
Este Chile que en octubre de 2010 recuperó con vida a sus 33 mineros es ahora un paradigma mundial de seriedad y confianza. Han enterrado el estigma de Pinochet y su dictadura de 17 años que tanto hirió a la nación andina. Veinte años después del final de aquel régimen, Chile es hoy en el mundo este presente, no aquel pasado.
Ese mensaje cruza los Andes e impacta en una Argentina donde, en la misma semana en que se producía esta gesta, la corporación sindical-política criolla producía un nuevo Ríver conducido por el matrimonio presidencial. Allá, en Chile, brilló un presente proyectado al futuro, aquí, en la Argentina, tuvimos de nuevo un presente posicionado de cara al pasado.

