Reutemann y Duhalde: yo te quiero; yo tampoco
¿Cómo debemos entender el extraño cruce de amorodios entre Carlos Reutemann y Eduardo Duhalde? La complejidad intestina del Justicialismo no permitirá que lo comprendamos cabalmente. Pero, al menos, podemos arriesgarnos a una lectura en torno a qué se esconde detrás de esta rareza.
Recapitulando, recordemos: el santafecino salió, de sopetón, a señalar que sólo el bonaerense estaba capacitado para encarnar las candidaturas del PJ. Sin dejar que el tema cundiera, Duhalde y su esposa, Hilda, más conocida por el apelativo de Chiche, salieron a frenarlo, de lleno.
Lo primero que surgió como idea –e inclusive, despertó los análisis más rápidos y desprevenidos- es que el uno estaba impulsando al otro a la titularidad partidaria.
Pero no era eso. No habían metáforas en el parco y ralo lenguaje del ex corredor de Fórmula Uno.
Lo que Reutemann estaba haciendo es empujar a Duhalde hacia el escenario. De esta forma, lo obligaba a ejecutar una especie de karaoke político: sin –todavía- banda que lo acompañe, debería empezar a interpretar la letra rítmica de una candidatura presidencial.
Reutemann no fue sincero. Inhábil aun para la puesta en práctica de picardías, su estrategia quedó al descubierto: mientras su corto mensaje tuvo el sonido del amor, en realidad lo que hizo fue dejar al descubierto a quien, desde aquí, ya hemos señalado como El Señor de la Política, el omnipresente oráculo de propios (peronistas) y extraños (cualquier otro que quiera alquilar un pedacito del poder).
Dijimos inhábil, y no merece mayor explicación. Todos nos dimos cuenta, rápidamente, de la operación del santafecino, quien intentó mostrarse como desinteresado en su futuro personal, generoso en la interna de su partido y ocupar el espacio mediático con algo capaz de tapar su propia crisis política en el Senado y en Santa Fe.
Es que viene de separarse de quien ha sido su otro yo en el Senado, su par Roxana Latorre, quien habilitó, con su firma en el despacho de comisiones, a que la Cámara Alta trate este jueves los superpoderes que reclaman los Kirchner para Aníbal Fernández.
Latorre no es cualquier senadora y su movimiento a favor del oficialismo, de haber ocupado mayores minutos, centímetros y bytes en la prensa, hubiese dejado en ridículo a su mentor y otrora, candil político.
Reutemann logró parcialmente su objetivo distractivo.
Pero ha despertado la bronca de un perro malo, como Duhalde, de la peor manera. A saber:
- Lo obligó a desmentir algo que no debería (su posible candidatura para ocupar nuevamente, y esta vez por el voto popular, la presidencia de la Nación), por lo menos hasta que se acomoden las cargas del peronismo en donde los Kirchner siguen dividiendo y reinando.
- Lo metió en un lío: su mujer, Chiche, ya trazó una raya entre el bonaerense y cualquier candidatura, algo que debe tener explicaciones domésticas, pero también político territoriales en la provincia de Buenos Aires de donde la senadora González de Duhalde no ha sido desbancada de todo su poder.
- Lo puso en el centro de la escena, como dijimos, en momentos en que teje pacientemente un amplio espectro de relaciones, ejercitando algo que ha estado ajeno en el peronismo que ejerce el poder en los últimos años: el diálogo, el intercambio de palabras hacia adentro y hacia fuera del partido.
No se quieren; no se odian: ejercen la política, que no sabe de sentimientos o que, por lo menos, los disimula muy bien.
Reutemann intenta desembarcar –una vez más- en la política. Cuando llegó, lo hizo de un solo golpe y le bastó su condición de Celebrity, como a palito Ortega, como a Daniel Scioli.
Ya le quitó el hueso al perro. Ahora le tocará enfrentarlo. O salir corriendo. Y esta vez, no le servirá salir segundo.