La obsesiva manía de figurar
Una vez más, un dirigente argentino deja al descubierto los peores vicios de la política. Una vez más, la televisión cava una fosa mediática para una figura pública. ¿En qué medida el traspié de Aníbal Ibarra no es representativo de otras tantas conductas impropias que la urgencia electoral pretende hacer pasar por legítimas?
El papelón de Aníbal Ibarra ante las cámaras del noticiero de mayor audiencia del país retoma la vieja polémica sobre el poder de los medios, no en lo concerniente a su capacidad de manipulación (pues eso supondría la idiotez de los espectadores), pero sí en su potencial de explicitar aquello que está oculto.
Mucho se ha abundado sobre las virtudes y defectos de la política. Mucho más sobre el deteriorado vínculo con la gente. Y justamente, si el engaño es la base de sustentación de toda la actividad política, es muy probable que ésta nunca remonte en el afecto de la gente.
La televisión, tal vez como ningún otro medio, resulta apabullante cuando de explotar miserias se trata. Ya puede ser una nena desnutrida de Tucumán, un freak en el living de Susana, una guerrilla de aspirantes a vedettes en lo Rial, o el paso en falso de un otrora prestigioso dirigente.
En la licuadora televisiva todo cabe y todo sirve. En su plató de 20 pulgadas los méritos se acrecientan y las falencias, crucifican. El rigor de la audiencia es el más severo de los juicios, oscilante y contradictorio minuto a minuto. Obsesivo y liviano, implacable y perecedero.
Aníbal Ibarra, aquel fiscal valiente, esa joven promesa, ese cuestionado intendente porteño que debió renunciar ante la lapidación mediática producida después de la tragedia de Cromañon, parece no haber aprendido la lección. Como un reincidente, volvió a quedar expuesto, desnudo políticamente, sin poder explicar cómo un tipo de sus convicciones puede descender hasta estas prácticas tan primarias de la politiquería.
Sus ansias por recuperar el protagonismo perdido pudieron mucho más que la tentación de mostrar que su salida del gobierno fue injusta y que el cariño de la gente todavía sigue intacto entre los porteños. Fue tal la sobreactuación de los militantes que una nota periodística se convirtió -sin escalas- en un burdo spot publicitario. Y de allí, al infierno.
Su “cara a cara” con los vecinos se vio ridiculizada por la explicitación de lo peor de la política: el aparataje que todo transforma en falso, pretendiendo simular así el acompañamiento de las masas. El resultado, un patético candidato pidiendo por teléfono a sus asesores que le dejaran de mandar vecinos “afectuosos”, porque era como demasiado. ¿Vió?
Lo cierto es que más allá de la perversa atracción que tanto los políticos tienen con la tele, como viceversa (vean si no los producidos sketches del matrimonio presidencial en CQC), el episodio no hace más que dejar claro lo trucho de la política argentina.
Un profuso lado B que incluye además, militantes pagos, movilizaciones por el chori y la Coca, ñoquis legislativos, mensajes en las radios a favor y en contra de tal o cual, apabullantes votaciones en las encuestas de MDZ y otros medios, y un sinfín de puestas en escenas que dan pie, a posteriori, a aberraciones como los diputados truchos del pasado o las novísimas candidaturas testimoniales que desvelan a Néstor y Cristina.
Tal vez lo más grave tampoco sea el papelón, sino las tardías explicaciones de lo inexplicable. Evidentemente, el límite se ha corrido hasta lo indecible, y si alguna capacidad parece tener hoy nuestra dirigencia, es la poder encontrar razón en cualquier absurdo: desde impulsar candidaturas que de antemano se sabe que apuntan a no ejercer el cargo para el que se postulan, a hacernos creer que si Ibarra no agarraba su teléfono para frenar a sus asesores, el engaño se habría consumado sin más.
Por estas horas, Aníbal Ibarra debería estar considerando seriamente en renunciar a su candidatura. Claro, para que eso sucediera, éste debería ser un país con otras señales y otros fundamentos. ¿Pero qué se le puede pedir a un futuro legislador si desde el propio Indec ni siquiera podemos saber con certeza cuántos argentinos están por debajo del límite de la pobreza, ni cuánto aumentó el kilo de pan en los últimos tiempos?
Así, la política que todo lo tiñe (o mejor dicho, lo destiñe) y la televisión validando conductas o extremando las miserias cotidianas, parecen ser un amor por conveniencia, una pasión enfermiza de esas que sólo se resuelven en el diván.
La credibilidad de las instituciones se construye con gestos. La credibilidad de los dirigentes también se destruye con ellos. Por más que cuando eso ocurra, la televisión estará ahí para retratarlo en vivo y en directo.
Sus ansias por recuperar el protagonismo perdido pudieron mucho más que la tentación de mostrar que su salida del gobierno fue injusta y que el cariño de la gente todavía sigue intacto entre los porteños. Fue tal la sobreactuación de los militantes que una nota periodística se convirtió -sin escalas- en un burdo spot publicitario. Y de allí, al infierno.
Su “cara a cara” con los vecinos se vio ridiculizada por la explicitación de lo peor de la política: el aparataje que todo transforma en falso, pretendiendo simular así el acompañamiento de las masas. El resultado, un patético candidato pidiendo por teléfono a sus asesores que le dejaran de mandar vecinos “afectuosos”, porque era como demasiado. ¿Vió?
Lo cierto es que más allá de la perversa atracción que tanto los políticos tienen con la tele, como viceversa (vean si no los producidos sketches del matrimonio presidencial en CQC), el episodio no hace más que dejar claro lo trucho de la política argentina.
Un profuso lado B que incluye además, militantes pagos, movilizaciones por el chori y la Coca, ñoquis legislativos, mensajes en las radios a favor y en contra de tal o cual, apabullantes votaciones en las encuestas de MDZ y otros medios, y un sinfín de puestas en escenas que dan pie, a posteriori, a aberraciones como los diputados truchos del pasado o las novísimas candidaturas testimoniales que desvelan a Néstor y Cristina.
Tal vez lo más grave tampoco sea el papelón, sino las tardías explicaciones de lo inexplicable. Evidentemente, el límite se ha corrido hasta lo indecible, y si alguna capacidad parece tener hoy nuestra dirigencia, es la poder encontrar razón en cualquier absurdo: desde impulsar candidaturas que de antemano se sabe que apuntan a no ejercer el cargo para el que se postulan, a hacernos creer que si Ibarra no agarraba su teléfono para frenar a sus asesores, el engaño se habría consumado sin más.
Por estas horas, Aníbal Ibarra debería estar considerando seriamente en renunciar a su candidatura. Claro, para que eso sucediera, éste debería ser un país con otras señales y otros fundamentos. ¿Pero qué se le puede pedir a un futuro legislador si desde el propio Indec ni siquiera podemos saber con certeza cuántos argentinos están por debajo del límite de la pobreza, ni cuánto aumentó el kilo de pan en los últimos tiempos?
Así, la política que todo lo tiñe (o mejor dicho, lo destiñe) y la televisión validando conductas o extremando las miserias cotidianas, parecen ser un amor por conveniencia, una pasión enfermiza de esas que sólo se resuelven en el diván.
La credibilidad de las instituciones se construye con gestos. La credibilidad de los dirigentes también se destruye con ellos. Por más que cuando eso ocurra, la televisión estará ahí para retratarlo en vivo y en directo.

