Resultados del miedo
El kirchnerismo sigue manteniendo a la Argentina en una permanente precariedad institucional. Esto lo ha demostrado esta última semana al instalar la polémica sobre las candidaturas testimoniales. Por otra parte para muchos es imposible entender el verdadero sentido del adelantamiento de las elecciones. Para otros las promesas siguen siendo vacías y poco sinceras.
Nunca como en esta Semana Santa fue tan evidente el raquitismo de la política argentina, mortificada por frivolidades, sorpresas, infracciones y astucias.
Responsabilidad central y dominante le cabe al Gobierno, claro, porque antes de refugiarse en su dorado Calafate, Néstor Kirchner, cuya pasión por patear tableros es ya adictiva y serial, sembró la cizaña de las candidaturas "testimoniales" para las adelantadas elecciones de junio, arrastrando como primer cordero pascual al popular Daniel Scioli, cuyas muestras de lealtad son ya de cuño camporista.
Pero si el Gobierno es el principal responsable de degradar el sistema de la representación democrática encarnado en el mandato electoral de los legisladores, debe decirse que figuras no alineadas con el actual oficialismo miran con simpatía y practican la táctica de despedazar las normas.
Movimiento eminentemente popular y masivo, el justicialismo tiene más de medio de siglo de experiencia en la sabiduría de zafar de las rigidices legales y las restricciones formales. Nadie supera su experiencia en la picardía para escabullirse de corsésque intentan convertirlo en obediente cumplidor de las leyes.
La diferencia es que entre 1955 y 1963 y entre 1966 y 1973 se valió de su infinito repertorio de estratagemas para burlarse de
decisiones injustas, ilegales y antidemocráticas, que no sólo lo condenaron a la proscripción durante esos quince mencionados años, sino que, paradójicamente, catapultaron y redimensionaron a un Juan Perón plebiscitado en septiembre de 1973 por el 62 por ciento de los argentinos.
Pero esa vasta experiencia en valerse de métodos inesperados para preservar su soberanía política y hacer valer sus derechos democráticos ha generado, como una malformación ya incurable, la tendencia a acomodar a sus apetitos políticos en contra o al margen de las normas.
Carlos Menem logró reformar una Constitución perfectible pero muy sabia, la de 1853, para conseguir la reelección y de no haber sido por la crisis económica que lo agarroto sobre el final de su segundo mandato, ya se preparaba para la "re-reelección".
El argumento es el de siempre: para el peronismo el ejercicio del poder debe condicionar al imperio de las leyes, no al revés. Exhiben su representatividad popular e incluso admiten que una mayoría que no es otra cosa que una primera minoría, que debe poder hacer casi lo que quiera con las normas preexistentes.
Néstor Kirchner se manejó igual con su reelección tácita. En lugar de valerse de ka constitución de 1994, cuya cláusula de reelección para Menem apoyaron Cristina Kirchner y su marido, Néstor K. dijo que abandonaba el poder en 2007 para que fuera su esposa la continuadora.
Así las cosas, no sorprendió que en vísperas de la Pascua, los Kirchner prologaran su enésima vacación santacruceña junto a los glaciares, insinuando entre bromas y picardías gruesas que se vive en estado de plebiscito permanente y que lo que le apetece al Gobierno es preservar y aumentar su poder, recurriendo a las salidas más atrevidas.
Aún resulta imposible saber por qué y para qué la Residencia de Olivos adelantó las elecciones en cuatro meses, pero las encuestas tampoco dan resultados luminosos para Kirchner. Y aun cuando queda por verse en qué quedará esta nueva artillería retórica, la idea de que se le pueda pedir al pueblo que vote a Scioli como diputado, aunque debe seguir siendo gobernador hasta 2011, revela el disparate al que apela el oficialismo en su intrincado laberinto político.
En el corazón profundo de los Kirchner parece animar una incontenible simpatía por el estilo chavista de hacer política. El caudillo venezolano ha convocado a innumerables plebiscitos y ha ido reacomodando toda la ingeniería institucional venezolana para permanecer en el poder hace ya una década, mientras se prepara para perpetuarse dos décadas mas, todo en nombre de las mayorías y de la voluntad popular.
Ése parece ser el relato que seduce a los Kirchner. Actúan como si en verdad despreciaran unas "formalidades" a las que consideran meras herramientas momentáneas, útiles que preservan pero de descartan luego de usados.
Han resuelto convertir a unas clásicas elecciones de medio mandato para renovar el Congreso en una batalla épica de dimensiones trágicas, cuyo desenlace es definitorio e irrevocable. Al servicio de esa perspectiva táctica, nada se descarta. Intendentes haciendo de concejales, santacruceños que se convierten en bonaerenses, gobernadores que quieren ser diputados, nada le parece prohibitivo a un oficialismo que se hamaca en la idea de que el poder político todo lo justifica.
Éstas son, no importa cuanto de lo dicho estos días se haga realidad, las malas noticias de esta Semana Santa. Con un añadido que amerita ser subrayado: también en ciertos sectores de la oposición se ha jugado de modo irresponsable con esta manía de interrumpir aquello para lo que alguien fue votado y lanzarse en pos de nuevas metas. Los casos de Martín Sabatella, Gabriela Michetti y Felipe Solá son reveladores.
La reforma política tantas veces anunciada y deseada desde el colapso de 2001 sigue siendo una meta elusiva y, a la vez, fundamental.
Los nuevos planes del kirchnerismo revelan que la Argentina sigue conviviendo con una institucionalidad precaria, enclenque y maleable, plastilina politica propicia para que las ambiciones desorbitadas y los espíritus anti democráticos sigan proliferando en una sociedad que no parece dispuesta a entender las razones de su decrepitud. Las promesas de "cambio" proferidas por Cristina Kirchner en 2007 vuelven a demostrarse vacías e insinceras.
Responsabilidad central y dominante le cabe al Gobierno, claro, porque antes de refugiarse en su dorado Calafate, Néstor Kirchner, cuya pasión por patear tableros es ya adictiva y serial, sembró la cizaña de las candidaturas "testimoniales" para las adelantadas elecciones de junio, arrastrando como primer cordero pascual al popular Daniel Scioli, cuyas muestras de lealtad son ya de cuño camporista.
Pero si el Gobierno es el principal responsable de degradar el sistema de la representación democrática encarnado en el mandato electoral de los legisladores, debe decirse que figuras no alineadas con el actual oficialismo miran con simpatía y practican la táctica de despedazar las normas.
Movimiento eminentemente popular y masivo, el justicialismo tiene más de medio de siglo de experiencia en la sabiduría de zafar de las rigidices legales y las restricciones formales. Nadie supera su experiencia en la picardía para escabullirse de corsésque intentan convertirlo en obediente cumplidor de las leyes.
La diferencia es que entre 1955 y 1963 y entre 1966 y 1973 se valió de su infinito repertorio de estratagemas para burlarse de
decisiones injustas, ilegales y antidemocráticas, que no sólo lo condenaron a la proscripción durante esos quince mencionados años, sino que, paradójicamente, catapultaron y redimensionaron a un Juan Perón plebiscitado en septiembre de 1973 por el 62 por ciento de los argentinos.
Pero esa vasta experiencia en valerse de métodos inesperados para preservar su soberanía política y hacer valer sus derechos democráticos ha generado, como una malformación ya incurable, la tendencia a acomodar a sus apetitos políticos en contra o al margen de las normas.
Carlos Menem logró reformar una Constitución perfectible pero muy sabia, la de 1853, para conseguir la reelección y de no haber sido por la crisis económica que lo agarroto sobre el final de su segundo mandato, ya se preparaba para la "re-reelección".
El argumento es el de siempre: para el peronismo el ejercicio del poder debe condicionar al imperio de las leyes, no al revés. Exhiben su representatividad popular e incluso admiten que una mayoría que no es otra cosa que una primera minoría, que debe poder hacer casi lo que quiera con las normas preexistentes.
Néstor Kirchner se manejó igual con su reelección tácita. En lugar de valerse de ka constitución de 1994, cuya cláusula de reelección para Menem apoyaron Cristina Kirchner y su marido, Néstor K. dijo que abandonaba el poder en 2007 para que fuera su esposa la continuadora.
Así las cosas, no sorprendió que en vísperas de la Pascua, los Kirchner prologaran su enésima vacación santacruceña junto a los glaciares, insinuando entre bromas y picardías gruesas que se vive en estado de plebiscito permanente y que lo que le apetece al Gobierno es preservar y aumentar su poder, recurriendo a las salidas más atrevidas.
Aún resulta imposible saber por qué y para qué la Residencia de Olivos adelantó las elecciones en cuatro meses, pero las encuestas tampoco dan resultados luminosos para Kirchner. Y aun cuando queda por verse en qué quedará esta nueva artillería retórica, la idea de que se le pueda pedir al pueblo que vote a Scioli como diputado, aunque debe seguir siendo gobernador hasta 2011, revela el disparate al que apela el oficialismo en su intrincado laberinto político.
En el corazón profundo de los Kirchner parece animar una incontenible simpatía por el estilo chavista de hacer política. El caudillo venezolano ha convocado a innumerables plebiscitos y ha ido reacomodando toda la ingeniería institucional venezolana para permanecer en el poder hace ya una década, mientras se prepara para perpetuarse dos décadas mas, todo en nombre de las mayorías y de la voluntad popular.
Ése parece ser el relato que seduce a los Kirchner. Actúan como si en verdad despreciaran unas "formalidades" a las que consideran meras herramientas momentáneas, útiles que preservan pero de descartan luego de usados.
Han resuelto convertir a unas clásicas elecciones de medio mandato para renovar el Congreso en una batalla épica de dimensiones trágicas, cuyo desenlace es definitorio e irrevocable. Al servicio de esa perspectiva táctica, nada se descarta. Intendentes haciendo de concejales, santacruceños que se convierten en bonaerenses, gobernadores que quieren ser diputados, nada le parece prohibitivo a un oficialismo que se hamaca en la idea de que el poder político todo lo justifica.
Éstas son, no importa cuanto de lo dicho estos días se haga realidad, las malas noticias de esta Semana Santa. Con un añadido que amerita ser subrayado: también en ciertos sectores de la oposición se ha jugado de modo irresponsable con esta manía de interrumpir aquello para lo que alguien fue votado y lanzarse en pos de nuevas metas. Los casos de Martín Sabatella, Gabriela Michetti y Felipe Solá son reveladores.
La reforma política tantas veces anunciada y deseada desde el colapso de 2001 sigue siendo una meta elusiva y, a la vez, fundamental.
Los nuevos planes del kirchnerismo revelan que la Argentina sigue conviviendo con una institucionalidad precaria, enclenque y maleable, plastilina politica propicia para que las ambiciones desorbitadas y los espíritus anti democráticos sigan proliferando en una sociedad que no parece dispuesta a entender las razones de su decrepitud. Las promesas de "cambio" proferidas por Cristina Kirchner en 2007 vuelven a demostrarse vacías e insinceras.
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