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Jaque se sacó de encima a Seguridad


Hay cierto incomprensible entusiasmo en los despachos oficiales. Han encontrado una salida al estancamiento: mover funcionarios. Pero en lugar de hacerlo en una alegoría de un preciso juego de ajedrez, los divierte el vértigo catódico de un Tetris. Así, de repente, se borra toda una línea, se acomoda una pieza difícil de embocar o se da vueltas al voleo hasta que el propio sistema le indique, pasado el tiempo, que todo terminó.

Días atrás, en los postres de una cena realizada en la bodega Los Toneles, la dirigencia peronista se dio fuerzas. Al despedir el año, dos ministros de Jaque (por entonces Saracco lo era y estaba presente, además, Ciurca), fueron el centro de una escena que desbordó de optimismo: “hemos bajado el delito”, “superamos el dengue y la gripe A”, fueron algunas de las frases que más choques de copas originaron. Pero el clima se volvió rabiosamente festivo cuando uno de los oradores de esta fiesta de fin de año del PJ gritó, convencido, que “no sólo vamos a terminar este gobierno `bien arriba`, sino que en 2011 vamos a ganar de nuevo”. Ovación. Marcha, brindis y cumbia a rabiar, hasta la madrugada.

Se trataba de un encuentro previo, ingenuamente preparatorio del “relanzamiento” del Gobierno que se concretó este fin de semana en El Bermejo, enmarcado por la expulsión de dos ministros y la reasignación de funciones de otro. Claro, aquí no hubo frenesí burbujeante, pero el vértigo de las decisiones ya tomadas generó una nueva ola de ánimo. Cada uno vio al otro, a su lado, como al final de una misa, como a alguien a quien había que desearle la paz consigo y con el espíritu. Nunca tanto como en ese momento todos se vieron siendo ministros, alguna vez en su vida. Cualquiera puede serlo; cualquiera podría remplazar, en breve, a los recientemente designados. Cualquiera.

Las bajas terminaron por ser menos importantes cuando se supo de las altas. Y, centralmente, de la designación de un desconocido al frente de la cartera de Seguridad: del militante peronista, puntero del ex decano de Derecho en la UNCuyo, Roberto Godoy Lemos, y delegado civil a cargo de Inteligencia Criminal, Carlos Aranda.

- ¿Por qué Aranda?-, fue la pregunta repetida este fin de semana a unos y otros dirigentes partidarios, algún funcionario importante y a muchos de sus ex compañeros de facultad, de donde Aranda salió –coinciden todos- aprobando milagrosamente las materias.

“Porque es un buen compañero”, fue la mejor de todas las respuestas esgrimidas.

Y es que, mirándoselo por dónde se lo mire, es así.

Un ministro debiera ser la persona que más sabe de un tema o en su defecto aquella que mejor la sepa implementar. Tal vez podría serlo alguien de la más extrema confianza del Gobernador (de hecho, según la Constitución, son sus “secretarios” en el tema asignado), aunque también podría serlo alguien con la suficiente capacidad política para arribar a acuerdos, para desarrollar políticas de Estado. En todo caso, podría ser ministro –y de Seguridad, sobre todo- un académico al que se le dé la oportunidad de plasmar en lo concreto todo aquello que diseñó en su laboratorio.

Pues bien, el tal Aranda no es nada de esto; su perfil no emboca en absolutamente ninguna de las opciones.

No hay una sola mancha en su persona. Salvo que, ocupando el puesto de director de Inteligencia Criminal que el Gobierno se vio obligado a cubrir con cualquier civil luego de que MDZ denunciara que estaba a cargo, ilegalmente, de un policía, tras el portazo que diera el anterior titular, Gianni Venier, el tal Aranda participó de reuniones con los gremios, algo estrictamente vedado para quien ocupe tan delicado cargo. Es que la Inteligencia Criminal fue creada para anticiparse a hechos delictivos, no para salvar a ministros de los insultos sindicales y mucho menos –como se lo vio a este hombre por televisión- atajando los golpes que sindicalistas tiraban contra Ciurca.

Gobernar la seguridad

Días atrás, una visita de inspección realizada por funcionarios que tienen esa tarea a las dependencias policiales del Este de la provincia dejó al descubierto la realidad que vive la fuerza.

“No hay orden jerárquico; no hay plan”. En esas dos condiciones se resumió la situación de una fuerza sobre la que mucho se ha experimentado y en torno a la cual se esbozó una política de Estado, hace diez años, que nunca como ahora retrocedió tanto en sus principios fundamentales. En la zona, se descubrió que hay comisarios a cargo de municipios completos, lo que equivale a decir que a nadie le importó generar una cadena de mandos.

En síntesis: la sensación reinante es “hagan lo que quieran, como puedan, pero no molesten que estamos muy ocupados haciendo política”.

Esta manera de “conducir” a la policía es la que caracterizó a la política mendocina desde que se recuperó tibiamente la democracia, hasta 1998 en que un joven intrépido, Alejandro Cazabán, originó su primer acto jacobino: descabezar la policía, expulsar a quien él consideró sospechosos, instaurar un plan (junto a los principales partidos políticos) y dejar fuera de juego al, por entonces, funcionario de Arturo Lafalla que tenía bajo su mando a la policía: Roberto Godoy Lemos.

Hasta ese mismo momento, por ejemplo, funcionó a su cargo el D2, el departamento de la policía que espiaba a políticos, estudiantes, actores, gremialistas y, por decirlo de alguna manera socarrona, a niños, artistas de TV y cuanto personaje fuera capaz de poner en ridículo al Gobierno de turno.

Hoy, un Cazabán igual de jacobino que entonces, pero acelerando en reversa, avala un nuevo ninguneo a la seguridad pública. Primero, lo hizo devolviéndole la “caja” y la administración del ministerio a quienes dijo combatir, con la designación de viejos personajes de la también vieja policía, al inicio de este gobierno. Ahora, condenando al desgobierno al área más delicada de ésta y de cualquier gestión, como es Seguridad.

El Tal Aranda será muy buen compañero y un fiel escudero, el mejor arquero de golpes y agresiones; hasta pudo ser el más dispuesto de los militantes al aceptar poner su nombre –sin contar con antecedentes básicos en la materia- al frente, nada menos, que de la Inteligencia Criminal de la provincia. Pero si hay algo que garantiza, eso es el retiro del Gobierno de un área estratégica, para que sus ejecutores se manejen a sí mismos.

Cada vez más en el mundo, la seguridad es un tema que requiere de mejores niveles de conducción técnico – política. En un gobierno de bajo octanaje como el que nos toca, indudablemente, además de esto último, lo que hace falta es poder de decisión y un plan claro y definido.

Lejos van quedando como opciones para esta área específica, la capacidad de reacción de los funcionarios, su simpatía y carisma o bien, la suerte de saber dar una buena respuesta pública en lugar de una solución correcta.

Por todo esto, la designación de Aranda no puede sino que compararse con aquel spot publicitario de campaña en la que un Jaque que ni siquiera se imaginaba que iba a ganar, nos prometía bajar el delito “30 por ciento en seis meses”.

Entre brindis de fin de año, arengas de cacareo ante cualquier huevo que se les caiga y en medio de la distracción general de Navidad, el Gobierno se retira de Seguridad.

La deja en manos de los policías, como fue siempre que se hicieron mal las cosas. Le echarán a la policía la culpa de todos los males y los policías volverán a agruparse en sectores internos, a buscar favores, referentes. Los policías serán –ante la falta de Gobierno en su área específica- quienes tendrán que hacer política, aunque no fueron formados para ello.

Las cosas se le solucionarán a Jaque: la culpa será de los uniformados. Aranda, pondrá su mejor cara, tratará de llegar a tiempo a cuanta reunión se lo invite, pero nadie cree, sinceramente, que el hecho de que sea “un buen compañero”, el mejor, si se quiere, le dará a Mendoza una política de seguridad como la que hace falta.