Amar u odiar a los K; las profecías de Pirucha y ¿para qué quiere ganar la oposición?
Porfiados, los Kirchner avanzan con sus ideas mientras la oposición, que ganó hace unos meses, aparece todavía sin un plan alternativo y se dibuja a sí misma solo como “todo lo contrario” a lo que hay. El último delirio de Carrió.
Los Kirchner son una típica pasión argentina. Como tal, hay que quererlos u odiarlos. Como decía Menem, “a los tibios los vomita Dios”. Si se los ama, no hay más que decir: se los vota y se busca que todo el mundo haga lo propio, so riesgo de transformarse en seres execrables, traidores a la patria, oligarcas entreguistas, o todo junto.
Si se los odia, ¿qué? En este caso, se los bastardea, se les critica hasta la ropa y el peinado; se hace de todo (sí: de todo) con tal de que pierdan las elecciones y se vayan a refugiar a sus hoteles de El Calafate.
Así planteada la política argentina, quienes ejercen el odio lo están haciendo de tal manera y con tantas ganas que se están olvidando de construir una alternativa política.
Es cierto que la familia K hace un aporte considerable para que estemos en esta situación bipolar. Pero se supone que tanto republicanismo democrático que se le opone, además de pensar “distinto”, de reclamar “otra forma de gobernar”, debería saber exactamente qué hacer ante cada desafío de la realidad. Y no es precisamente lo que está pasando.
……..
Desde 2003 hasta la fecha, es verdad que poco cambió estructuralmente el país: había pobreza y sigue habiendo; había excluidos y los hay en cantidades; había desigualdad entre los que más ganan y los que menos ingresos tienen y eso continúa igual.
Pero hay algo que nadie le puede negar al paso de la familia K por el poder, a saber:
Para quienes los aman: su capacidad de transformación; su defensa de los valores de los derechos humanos; la facilidad para conseguir respaldos y avanzar con sus ideas, a pesar de las embestidas.
Para quienes los odian: su terquedad y vocación hegemónica; la utilización banal de los derechos humanos y de los desaparecidos; compra de voluntades y la consecuente alineación automática de propios y ajenos; su cerrazón ideológica y la propensión a dividir a la sociedad con cada tema que se lanza al ruedo.
Frente a todo esto, hay que recordar que el 28 de junio, en aquellas elecciones que debieron realizarse a fines de este mes, el kirchnerismo perdió las elecciones. ¿Qué hubiera pasado si no se adelantaba el comicio?
El 29 de junio ya había un nuevo debate bipolar: ¿ganó la oposición o perdió el Gobierno?
Hoy está claro que los ganadores no han sabido sustentar aquel triunfo y proyectarlo hacia adelante. El Gobierno, por su parte, mientras es acusado de “no haber escuchado la voz de las urnas” avanza sin pausa con su proyecto político, aprobando a como dé lugar cada una de sus propuestas y produciendo cambios que, nos gusten o no, rompen con la inercia y, muchas veces, con el pasado más trágico de este país.
Ahora la idea que el oficialismo buscará hacer crecer es que quienes no escuchó la voz de las urnas fueron, precisamente, los que ganaron.
Ellos, perdidosos y todo, ya exhiben triunfos de carácter práctico, como la sanción de la Ley de Medios y otro, de carcasa nacional y popular (y por lo tanto, de fácil filtración en la permeabilidad social de este país), como es la transmisión gratuita de los partidos de fútbol.
A esta altura de la gestión gubernativa de la familia K, sinceramente, son muy pocas las leyes de la dictadura que todavía quedan en vigencia. Un mérito, si se tiene en cuenta que a lo largo de los 26 años de democracia recuperada, el sólo hecho de soñar con su derogación o actualización ocasionaba asonadas golpistas en los cuarteles o en la city porteña.
Hay una nueva ley de Educación y por primera vez, una nueva ley que rige la protección de los derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Se cambió el Código de Justicia Militar y se aprobó la nueva Ley de Medios. En estos años casi lo único que queda por cambiar es la legislación sobre entidades financieras y sociedades comerciales, una verdadera herencia de Martínez de Hoz.
¿Con picardía? Sí, es así; se actuó (y se sigue actuando de esa manera) con todas las mañas disponibles en el manual de la política argentina.
Pero mientras esta efervescencia se produjo, ¿en que estaba ocupada la oposición?
……
Es incorrecto hablar de “la oposición”: hay “oposiciones”, cada una con sus porqués y sus formas. A veces, logran articularse, aunque en la mayoría de los temas, no logran unificar personería.
Un ejemplo sobre en qué están ocupados los opositores puede surgir del relevamiento de las actuaciones durante el polémico e inconcluso debate por la Ley de Medios. Lleno de “ruido” por tratarse, precisamente, de una legislación que pondría control y límites a las empresas de comunicación, la sociedad asistió a un debate extremista y sin puntos de equilibrio.
A la hora de votar, el sector que llamaremos como “la parentela K”, vale decir, la familia K y sus allegados, sostuvieron un discurso homogéneo: hablaron con bastante incorrección de “cambiar la ley de la dictadura”, aunque aquel decreto/ley ya había sido modificado casi por completo y poco quedaba del texto original.
¿Cómo actuaron “las oposiciones”?
- El minúsculo sector liderado por Pino Solanas y su diputado Claudio Lozano lograron torcerle el brazo al proyecto original, quitándole todo aquello que les aseguraba un futuro promisorio a las empresas de telefonía.
- El espacio que pretende transformarse en la “derecha democrática” tipo PP español, con Macri, De Narváez y Solá, se opusieron a rajatablas sosteniendo que aunque se aprobara, el texto debería ser revisado completamente en el futuro.
- Los socialistas de Binner lograron hacerse ver: abrevando en sus ideas y con una posición monolítica, apoyaron la necesidad de tener una nueva ley y puntualizaron sus cambios.
- Mientras que el radicalismo actuó para el público de TN, sin darse cuenta que cuando la familia K empiece a negociar con los medios la aplicación concreta de la nueva ley, su “fidelidad” seguramente quedará en el olvido, para avanzar en nuevas relaciones que le permitan subsistir en la nueva relación de poder de la que no dejarán de ser parte tan fácilmente.
…….
Hace unos meses se hablaba sin dudar de un futuro gobierno sin nadie de la familia K en él. Hoy no se puede afirmar esto de manera taxativa. Quienes podían sucederlos, está claro ahora, no tienen muy definido que digamos ni quién será el jefe o la jefa del futuro Gobierno argentino “no K”. Pero eso lo es lo peor: ¿tienen perfectamente en claro para qué quieren gobernar? ¿O sólo quieren ganar?
…….
Es en este escenario en que la reaparición de Elisa “Pirucha” Carrió la semana pasada superó todas las expectativas. Su partido es parte de una alianza con radicales, socialistas y otras fuerzas. Pero ella no quiere que ningún miembro de esas fuerzas vaya a ser candidato a presidente. Más aún: no solo los veta, sino que hace todo lo posible para defenestrarlos de por vida.
Su último acto por existir fue patético: salió a profetizar de que el kirchnerismo quiere sacarle sangre compulsivamente a las personas sólo para facilitar la confirmación de una sospecha: que los hijos de Ernestina Herrera de Noble, la cabeza visible del Grupo Clarín, son apropiados durante la dictadura.
Lo dijo poniendo por encima de los horrores de la dictadura a la pelea de la familia K con Clarín; una pelea político-económica por encima de delitos que son declarados de “lesa humanidad”. Carrió, así, despotricó increíblemente contra un proyecto que pretende encontrar a cientos de chicos que son hijos de personas eliminadas por la dictadura y que fueron robados y vendidos por los militares y sus socios civiles.
Carrió delira, con tal de existir.
Y ese –el delirio- es un virus que afecta fácilmente a la política cuando en realidad de lo que debería estarse ocupando, posiblemente, es de construir núcleos con ideas en común en lugar de facciones en disputas mediáticas; alternativas de gestión frente a los grandes temas, en vez de obstruccionismo fácil y de aplauso fácil.
Desde 2003 hasta la fecha, es verdad que poco cambió estructuralmente el país: había pobreza y sigue habiendo; había excluidos y los hay en cantidades; había desigualdad entre los que más ganan y los que menos ingresos tienen y eso continúa igual.
Pero hay algo que nadie le puede negar al paso de la familia K por el poder, a saber:
Para quienes los aman: su capacidad de transformación; su defensa de los valores de los derechos humanos; la facilidad para conseguir respaldos y avanzar con sus ideas, a pesar de las embestidas.
Para quienes los odian: su terquedad y vocación hegemónica; la utilización banal de los derechos humanos y de los desaparecidos; compra de voluntades y la consecuente alineación automática de propios y ajenos; su cerrazón ideológica y la propensión a dividir a la sociedad con cada tema que se lanza al ruedo.
Frente a todo esto, hay que recordar que el 28 de junio, en aquellas elecciones que debieron realizarse a fines de este mes, el kirchnerismo perdió las elecciones. ¿Qué hubiera pasado si no se adelantaba el comicio?
El 29 de junio ya había un nuevo debate bipolar: ¿ganó la oposición o perdió el Gobierno?
Hoy está claro que los ganadores no han sabido sustentar aquel triunfo y proyectarlo hacia adelante. El Gobierno, por su parte, mientras es acusado de “no haber escuchado la voz de las urnas” avanza sin pausa con su proyecto político, aprobando a como dé lugar cada una de sus propuestas y produciendo cambios que, nos gusten o no, rompen con la inercia y, muchas veces, con el pasado más trágico de este país.
Ahora la idea que el oficialismo buscará hacer crecer es que quienes no escuchó la voz de las urnas fueron, precisamente, los que ganaron.
Ellos, perdidosos y todo, ya exhiben triunfos de carácter práctico, como la sanción de la Ley de Medios y otro, de carcasa nacional y popular (y por lo tanto, de fácil filtración en la permeabilidad social de este país), como es la transmisión gratuita de los partidos de fútbol.
A esta altura de la gestión gubernativa de la familia K, sinceramente, son muy pocas las leyes de la dictadura que todavía quedan en vigencia. Un mérito, si se tiene en cuenta que a lo largo de los 26 años de democracia recuperada, el sólo hecho de soñar con su derogación o actualización ocasionaba asonadas golpistas en los cuarteles o en la city porteña.
Hay una nueva ley de Educación y por primera vez, una nueva ley que rige la protección de los derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. Se cambió el Código de Justicia Militar y se aprobó la nueva Ley de Medios. En estos años casi lo único que queda por cambiar es la legislación sobre entidades financieras y sociedades comerciales, una verdadera herencia de Martínez de Hoz.
¿Con picardía? Sí, es así; se actuó (y se sigue actuando de esa manera) con todas las mañas disponibles en el manual de la política argentina.
Pero mientras esta efervescencia se produjo, ¿en que estaba ocupada la oposición?
……
Es incorrecto hablar de “la oposición”: hay “oposiciones”, cada una con sus porqués y sus formas. A veces, logran articularse, aunque en la mayoría de los temas, no logran unificar personería.
Un ejemplo sobre en qué están ocupados los opositores puede surgir del relevamiento de las actuaciones durante el polémico e inconcluso debate por la Ley de Medios. Lleno de “ruido” por tratarse, precisamente, de una legislación que pondría control y límites a las empresas de comunicación, la sociedad asistió a un debate extremista y sin puntos de equilibrio.
A la hora de votar, el sector que llamaremos como “la parentela K”, vale decir, la familia K y sus allegados, sostuvieron un discurso homogéneo: hablaron con bastante incorrección de “cambiar la ley de la dictadura”, aunque aquel decreto/ley ya había sido modificado casi por completo y poco quedaba del texto original.
¿Cómo actuaron “las oposiciones”?
- El minúsculo sector liderado por Pino Solanas y su diputado Claudio Lozano lograron torcerle el brazo al proyecto original, quitándole todo aquello que les aseguraba un futuro promisorio a las empresas de telefonía.
- El espacio que pretende transformarse en la “derecha democrática” tipo PP español, con Macri, De Narváez y Solá, se opusieron a rajatablas sosteniendo que aunque se aprobara, el texto debería ser revisado completamente en el futuro.
- Los socialistas de Binner lograron hacerse ver: abrevando en sus ideas y con una posición monolítica, apoyaron la necesidad de tener una nueva ley y puntualizaron sus cambios.
- Mientras que el radicalismo actuó para el público de TN, sin darse cuenta que cuando la familia K empiece a negociar con los medios la aplicación concreta de la nueva ley, su “fidelidad” seguramente quedará en el olvido, para avanzar en nuevas relaciones que le permitan subsistir en la nueva relación de poder de la que no dejarán de ser parte tan fácilmente.
…….
Hace unos meses se hablaba sin dudar de un futuro gobierno sin nadie de la familia K en él. Hoy no se puede afirmar esto de manera taxativa. Quienes podían sucederlos, está claro ahora, no tienen muy definido que digamos ni quién será el jefe o la jefa del futuro Gobierno argentino “no K”. Pero eso lo es lo peor: ¿tienen perfectamente en claro para qué quieren gobernar? ¿O sólo quieren ganar?
…….
Es en este escenario en que la reaparición de Elisa “Pirucha” Carrió la semana pasada superó todas las expectativas. Su partido es parte de una alianza con radicales, socialistas y otras fuerzas. Pero ella no quiere que ningún miembro de esas fuerzas vaya a ser candidato a presidente. Más aún: no solo los veta, sino que hace todo lo posible para defenestrarlos de por vida.
Su último acto por existir fue patético: salió a profetizar de que el kirchnerismo quiere sacarle sangre compulsivamente a las personas sólo para facilitar la confirmación de una sospecha: que los hijos de Ernestina Herrera de Noble, la cabeza visible del Grupo Clarín, son apropiados durante la dictadura.
Lo dijo poniendo por encima de los horrores de la dictadura a la pelea de la familia K con Clarín; una pelea político-económica por encima de delitos que son declarados de “lesa humanidad”. Carrió, así, despotricó increíblemente contra un proyecto que pretende encontrar a cientos de chicos que son hijos de personas eliminadas por la dictadura y que fueron robados y vendidos por los militares y sus socios civiles.
Carrió delira, con tal de existir.
Y ese –el delirio- es un virus que afecta fácilmente a la política cuando en realidad de lo que debería estarse ocupando, posiblemente, es de construir núcleos con ideas en común en lugar de facciones en disputas mediáticas; alternativas de gestión frente a los grandes temas, en vez de obstruccionismo fácil y de aplauso fácil.


