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El dolor también quiso pactar

Con la soga al cuello y acorralado por una crisis que ya dejó de ser política para ser de credibilidad, Celso Jaque intentó una nueva maniobra a fin de hallar algún camino efectivo para hacer frente a la inseguridad. Sin embargo, y a los gritos, la desesperación de la gente se hizo un lugar entre tal “correcta” convocatoria del poder.
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A pocos días de haber hablado de una “sensación” más que de un crecimiento concreto del delito, y apurado por una sucesión de crímenes violentos, el gobierno debió convocar a las apuradas y contrarreloj, a un gran auditorio que pretendía representar a la comunidad toda a fin de lanzar un pacto social sobre la materia.

Lo cierto es que no había ejes nuevos, mucho menos se pudieron consensuar en las reuniones previas al viernes. Básicamente había un compromiso de asistencia y de ejercer la prudencia que la hora crítica exige. Pero nada más: ni plan, ni dirección, apenas voluntarismo, casi como estrategia de ganar tiempo o de sobrevivir.

Nuevamente el gobernador fracasó en su intento. No sólo porque a pesar de la buena respuesta su figura no parece ser la del líder que ordena, aglutina y encolumna, sino también porque los convocados fueron testigos de un discurso reiterado que lamentablemente no justificó tanta diversidad de presencias. Y que por el contrario, dejó un abanico de críticas de izquierda a derecha.

Para colmo de males, tal puesta en escena con reto público a los ministros y enojos del gobernador para con los delincuentes, terminó derrumbándose como castillo de naipes cuando entre los tibios aplausos, familiares de víctimas del delito le hicieron pasar en público, en vivo y en directo, tal vez su peor momento desde que es gobernador.

La postal mostró con patético desgarramiento, cuán lejos está la política y sus pompas, del sentimiento de la gente. Qué brecha tan profunda y jodida se ha establecido entre los mandatarios y los mandantes. Cuánta hipocresía tiene un sistema que parece relacionarse con la gente (tal y cual se expresó allí) sólo para las elecciones. Y lo que es aún peor, que tras casi nueve meses de gestión se siga diciendo lo que se va a hacer, y no lo que se hizo o lo que se está haciendo. 

En rigor de verdad, Jaque todavía está pagando con creces su extrema osadía preelectoral, y también su arriesgada construcción política sustentada en establecer a la seguridad como eje principal de campaña. No sólo con el mapa del delito o los 40 millones que nunca llegaron, sino también con la elaboración simbólica de hacer creer que superar las actuales condiciones de inseguridad era sólo ejecutar una receta mágica. 

Alfredo Calcagno en el libro Ajuste estructural, costo social y modalidades de desarrollo en América Latina, resume esta compleja situación al decir: “cuando la pobreza y la indigencia masivas son acompañadas por la ruptura de las formas tradicionales de integración social, la desesperanza, la difusión de formas anómicas de comportamiento, el aumento de la brecha entre ricos y pobres, la mayor visibilidad de la riqueza, el estímulo a formas competitivas y no solidarias de conductas, la reducción del papel protector del Estado, el impacto de la droga y los medios masivos de comunicación, la pérdida de importancia del control social ejercido por la familia y la religión, la presión consumista, etcétera, como sucede en las ciudades de América Latina, se tienen todos los elementos que han contribuido a deteriorar de manera extraordinaria la vida urbana de los últimos veinte años, y cuya expresión más notoria es el aumento de la inseguridad ciudadana”. Evidentemente, nada de esto puede solucionarse con un slogan o con un spot. Tampoco con un pacto que deje por fuera las razones y los efectos de esta sociedad que aunque duela, también se parece mucho a la nuestra.

En realidad, este nuevo descenso a los infiernos no hace más que poner en consideración el doble discurso de cierta clase dirigente mendocina. Hoy, ante la responsabilidad de tener que administrar esta crisis, Jaque pide que nadie saque los pies del plato. A pesar que fue él mismo quien en las últimas elecciones los sacó para prometer, entre otras fantasías, que en su gestión la policía iba a llegar a los lugares del hecho antes que se produjera el delito.

Sin embargo, y tal vez esta sea la más triste percepción, nadie puede asegurar que alguno de los que estaban allí presentes y escuchando con atención al gobernador (oficialistas y opositores) no vuelvan a tropezar con la misma piedra en la próxima oportunidad electoral, cuando la tentación por hacerse del poder les niegue esa capacidad de raciocinio que sólo parece recuperarse frente al dolor de una madre, una esposa o un hermano sin consuelo.  

Más allá de eso, y de lo que viene, que no hace más que agudizar un panorama conflictivo y que se mantiene expectante y amenazante ante una nueva tragedia, el escenario parece ser el de la ausencia de límites. Jaque, a pesar de la movilidad de Carlos Ciurca, hoy por hoy no tiene fusibles. Y esto es grave. A cada vuelta de esquina puede estar nuevamente esperando la realidad para enrostrar con toda su crudeza que de nada pueden servir los pactos si lo que se acuerda es lo importante y no lo urgente. O viceversa: es decir, si se deja cualquiera de ambas dimensiones de lado. En ese sentido, el pacto termina reduciéndose a un cronograma de reuniones que poco aliviarán la realidad concreta del delito en las calles.

El gobierno debería reflexionar seriamente y aprovechar el plafond de esta instancia. No para superar el momento de malhumor, sino para transformar a fondo las condiciones estructurales pero también la crisis coyuntural. Por la simple y sencilla razón que ahora todavía puede hacerlo.    

Tal vez haya sido necesario tocar fondo una vez más para tener nuevamente la posibilidad de empezar de cero y bien, lo que debió hacerse desde un principio y hace tiempo. Incluso antes que Jaque fuera candidato. Acordar y consensuar servirá para crear destinos compartidos, pero mientras eso no suceda, de nada servirán los anuncios que intentan seguir corriendo a la realidad desde atrás con el paso cansino de las instituciones y de sus circunstanciales administradores.