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Introspección jaquista (o el dilema de Marchena)
Los cambios en el gabinete provincial que podrían producirse en el futuro, tienen la impronta del propio peso de la gestión, pero también esconden la paradoja de la misma concepción del poder de Celso Jaque. Las falencias, la interna y el rol de Cazabán. Intrigas que también pueden explicar el ritmo cansino y el escaso impacto del gobierno.
Las explicaciones suelen ser un antídoto contra el olvido, pero también un remedio para el error. Y en tren de explicar, o en todo caso de analizar la realidad provincial, tal vez no hay mejor manera de interpretar lo que pasa con Celso Jaque que posar la mirada en su propio gabinete. Un equipo que parece, por estos días, estar en discusión en la cabeza del mismo gobernador ante la contundente realidad que indica que muchos de los ministros, lejos de aliviar su tarea y amortiguar los golpes, son actores privilegiados de esta gran puesta en escena caracterizada por la hostilidad.
Presentado a último momento, y casi sin figuras de relevancia, el equipo de gobierno de Jaque parece ser hoy la piedra de la discordia, en especial de los propios justicialistas que acompañaron al gobernador en su campaña y que, por lo bajo y en privado, ahora se animan a la crítica. En general, casi todos apuntan (y según las áreas) a cierta inacción, falta de manejo político y escaso compromiso con la gestión. Incluso, y como respuesta, habría existido puertas adentro un ultimátum del gobernador para con aquellos que más cuestionamientos tienen.
Entre ellos: la directora general de Escuelas, Iris Lima, que a la complejidad de su cartera ha sumado decisiones y versiones polémicas que siempre parecen ponerla en el ojo de la tormenta. La última, un supervisor denunció que utilizan chicos como “mulas” para la venta de drogas en las escuelas. Le sigue, el ministro de Salud, Sergio Saracco, quien todavía parece dañado por las heridas de la Emergencia sanitaria y la eterna puja salarial, ahora nuevamente en crisis con las denuncias del gremio de los profesionales médicos. Y finalmente, y de manera sorpresiva, el ministro de Gobierno Juan Marchena, a quien no castigan per se, si no por el escaso margen de maniobra que poseería.
Pero en realidad, no son los únicos: Guillermo Migliozzi, Adrián Cerroni, Francisco Pérez y Silvia Ruggieri, también acumulan críticas, aunque en menor medida que los nombrados anteriormente. El resto, todavía tiene crédito en el implacable y barroco análisis de la interna partidaria, donde la militancia es un valor que incluye el sacrificio, aunque los resultados no sean los esperados. El esfuerzo se recompensa aunque la virtud no acompañe la suerte política.
Es que estos exigentes, entre los que se cuentan muchos legisladores y los cada vez más autónomos intendentes de Las Heras, Rubén Miranda, de Guaymallén, Alejandro Abraham, de Maipú, Adolfo Bermejo, y hasta el poderoso y zigzagueante Emir Félix de San Rafael, también creen (o al menos así lo expresan algunos de sus allegados) que parte del problema tiene que ver con el diseño de funcionamiento que armó el propio Jaque. Allí, el eje de la recriminación es la figura de Alejandro Cazabán, cuyo rol protagónico tiene el estilo de un jefe de gabinete que concentra y decide de manera superlativa y en extremo celosa casi todo lo que hace y dice el gobierno provincial.
Y es entonces aquí donde las figuras de Cazabán y Marchena parecen tocarse, sobreponerse, confundirse y en detrimento del experimentado dirigente justicialista, opacarse, al extremo de que los rumores sobre su salida se suceden sistemáticamente. Lo que constituye todo un dilema y a la vez, un síntoma del estado de las cosas.
Al inicio de la gestión todos los analistas creyeron ver en Marchena al hombre del diálogo político y el consenso, con experiencia legislativa y peso simbólico ya que es nada más y nada menos que el presidente del PJ provincial. Un dirigente ligado al ex gobernador Rodolfo Gabrielli, que además había sobrellevado como jefe de campaña el peso de la elección de Jaque y que a regañadientes dejó su trabajo en Buenos Aires para aportar a la causa peronista y al recuperado poder en Mendoza.
Para esa tarea habría contado incluso con el banque y el guiño de la Casa Rosada, lo que significó la aceptación del sector azul, históricamente enfrentado con Gabrielli. De todas formas, especularon, ese hombre designado justamente como ministro político, podría ser la garantía de inserción y “juego” dentro del gobierno. Algo que no se produjo. Básicamente porque en vez de articular y ejecutar, cualquier decisión parecía quedar pendiente hasta el posterior aval de Cazabán. En este punto, oficialistas y opositores coinciden: “Jaque nos dice: ‘hablen con Juan, hablen con Juan…y después en realidad el que decide es el Chiqui…” se quejan amargamente.
Sin embargo, la llegada al ministerio del Interior de Florencio Randazzo, pareció darle nuevo ímpetu al hoy cuestionado ministro con quien tenía un relación previa. Marchena consideró entonces que su rol bien podría ser el del gran gestor nacional del gobierno provincial. Así sucedió con algunos anuncios recientes de Cristina Fernández, e incluso habría sucedido lo mismo con la designación de Guillermo García en el INV. A pesar que no fueron pocos los que indicaron que en realidad, habría operado para sí mismo, a fin de destrabar esta situación. Algo, que por supuesto, no se confirmó.
Lo cierto es que algunas disputas generadas por los intendentes y el reciente motín que encabezó Carlos Bianchinelli, presidente del bloque de Diputados del PJ, no hacen más que expresar esta polémica, que incluye la clarificación de los roles y los vehículos de comunicación entre el Gobierno y los diferentes poderes. Aunque, en algunos casos, con mayor dureza, pidiendo lisa y llanamente, la salida del secretario general Cazabán.
Más allá de eso, Marchena, quien tal vez debería ser el ministro emblemático de Jaque, está incómodo y aislado. Sus decisiones parecen acotadas, y a pesar de presidir una estructura provincial con poder territorial –dicen- no tiene mayor poder de influencia en el gobierno. Convencido, en este esquema, que las cosas apuntan a profundizarse más que a solucionarse, sus asesores le recomiendan que en las próximas elecciones aspire a ser legislador nacional. Sin embargo, en esta realidad que no da respiro, y a pesar de sus méritos, podría integrar la lista de esa renovación de gabinete que esta semana en Uspallata el gobernador deslizó casi al pasar, y que de no mediar algún imponderable podría suceder para diciembre, cuando la gestión cumpla su primer año.
Tal vez no sea casual que el hombre de mayor envergadura y experiencia política del gabinete esté con la cancha tan marcada. O que por el contrario, muchas de las cosas que pasan con el gobierno de Celso Jaque también puedan explicarse en esta decisión. Que no es más que eso, una explicación. Apenas un antídoto, apenas un remedio, que cada cual pretenderá olvidar, minimizar o padecer, a fin de no seguir transformando –como hasta ahora- el tránsito en error.
Y es entonces aquí donde las figuras de Cazabán y Marchena parecen tocarse, sobreponerse, confundirse y en detrimento del experimentado dirigente justicialista, opacarse, al extremo de que los rumores sobre su salida se suceden sistemáticamente. Lo que constituye todo un dilema y a la vez, un síntoma del estado de las cosas.
Al inicio de la gestión todos los analistas creyeron ver en Marchena al hombre del diálogo político y el consenso, con experiencia legislativa y peso simbólico ya que es nada más y nada menos que el presidente del PJ provincial. Un dirigente ligado al ex gobernador Rodolfo Gabrielli, que además había sobrellevado como jefe de campaña el peso de la elección de Jaque y que a regañadientes dejó su trabajo en Buenos Aires para aportar a la causa peronista y al recuperado poder en Mendoza.
Para esa tarea habría contado incluso con el banque y el guiño de la Casa Rosada, lo que significó la aceptación del sector azul, históricamente enfrentado con Gabrielli. De todas formas, especularon, ese hombre designado justamente como ministro político, podría ser la garantía de inserción y “juego” dentro del gobierno. Algo que no se produjo. Básicamente porque en vez de articular y ejecutar, cualquier decisión parecía quedar pendiente hasta el posterior aval de Cazabán. En este punto, oficialistas y opositores coinciden: “Jaque nos dice: ‘hablen con Juan, hablen con Juan…y después en realidad el que decide es el Chiqui…” se quejan amargamente.
Sin embargo, la llegada al ministerio del Interior de Florencio Randazzo, pareció darle nuevo ímpetu al hoy cuestionado ministro con quien tenía un relación previa. Marchena consideró entonces que su rol bien podría ser el del gran gestor nacional del gobierno provincial. Así sucedió con algunos anuncios recientes de Cristina Fernández, e incluso habría sucedido lo mismo con la designación de Guillermo García en el INV. A pesar que no fueron pocos los que indicaron que en realidad, habría operado para sí mismo, a fin de destrabar esta situación. Algo, que por supuesto, no se confirmó.
Lo cierto es que algunas disputas generadas por los intendentes y el reciente motín que encabezó Carlos Bianchinelli, presidente del bloque de Diputados del PJ, no hacen más que expresar esta polémica, que incluye la clarificación de los roles y los vehículos de comunicación entre el Gobierno y los diferentes poderes. Aunque, en algunos casos, con mayor dureza, pidiendo lisa y llanamente, la salida del secretario general Cazabán.
Más allá de eso, Marchena, quien tal vez debería ser el ministro emblemático de Jaque, está incómodo y aislado. Sus decisiones parecen acotadas, y a pesar de presidir una estructura provincial con poder territorial –dicen- no tiene mayor poder de influencia en el gobierno. Convencido, en este esquema, que las cosas apuntan a profundizarse más que a solucionarse, sus asesores le recomiendan que en las próximas elecciones aspire a ser legislador nacional. Sin embargo, en esta realidad que no da respiro, y a pesar de sus méritos, podría integrar la lista de esa renovación de gabinete que esta semana en Uspallata el gobernador deslizó casi al pasar, y que de no mediar algún imponderable podría suceder para diciembre, cuando la gestión cumpla su primer año.
Tal vez no sea casual que el hombre de mayor envergadura y experiencia política del gabinete esté con la cancha tan marcada. O que por el contrario, muchas de las cosas que pasan con el gobierno de Celso Jaque también puedan explicarse en esta decisión. Que no es más que eso, una explicación. Apenas un antídoto, apenas un remedio, que cada cual pretenderá olvidar, minimizar o padecer, a fin de no seguir transformando –como hasta ahora- el tránsito en error.