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Lo que nos dejó el temporal
A pesar de haber impuesto su criterio en Diputados, el gobierno nacional debe ahora enfrentar el desafío que significaron cien días de tensión política, parálisis económica, debilitamiento institucional y fragmentación de la alianza oficialista.
Con la votación en vivo y en directo desde la Cámara de Diputados de la Nación que ratificó el esquema de retenciones móviles originado por la resolución 125 del Poder Ejecutivo, comenzó a cerrarse un proceso político al que todos –por diversas razones- marcan como una bisagra de la historia reciente, y en especial de la época kirchnerista.
Sin abundar en las razones técnicas, pero sí considerando aquellas de orden político que permiten asegurar que ninguna sociedad puede aspirar al bien común si no asume el riesgo que implica la redistribución de la riqueza, el gobierno de Cristina Kirchner a pesar de haber avanzado en ese sentido e imponer su criterio, aparece en la consideración pública ocupando el rol del perdedor. ¿Por qué?
Si bien el gobierno nacional festejó de manera eufórica la ajustada votación, lo que quedó tras los aplausos, es una profunda llaga como la que ha producido más de cien días de tensión política, parálisis económica, debilitamiento institucional y fragmentación de la alianza oficialista.
En definitiva, el costo de una medida de gestión parece ser demasiado alto para el desenvolvimiento futuro de un gobierno nuevo, pero que sin embargo forma parte de un proceso que ya aparece como viejo y que será necesario reinventar.
En la explicación surgen diversos factores. El principal, y siempre en términos políticos, es el de haber querido reemplazar las facultades constitucionales que en materia de impuestos tiene el Congreso de la Nación, por una simple resolución ministerial. Tal desprecio por la división poderes, generó una enorme bola de nieve que justamente terminó en el lugar donde debería haber empezado todo: allí donde el pueblo de la Nación y las provincias están representados.
La presidenta, y detrás de ella, Néstor Kirchner recurrieron al Congreso cuando ya no les quedó otra alternativa. Tal empecinamiento, ha desgastado sin dudas al matrimonio presidencial cuyas imágenes han registrado en todo el país, una sensible disminución.
Ha sido el mismo gobierno quien en su afán de no perder autoridad se ha manejado con estrechos márgenes de negociación que hicieron posible que dentro del propio oficialismo aparecieran voces críticas. Tal vez los más emblemáticos en los últimos días fueron el propio vicepresidente Julio Cobos y el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires Felipe Solá.
Tanto una pata peronista como la pata radical concertadora han tomado distancia del férreo rumbo oficial y sus destinos futuros aparecen hoy como una gran incógnita. Con el agregado, no menor, de la siempre atendible interna justicialista que el conflicto parece haber disparado, con un resultado ciertamente inimaginable, en especial para las propias huestes kirchneristas. Tal vez la mayoría de la votación del sábado no vuelva a repetirse tras las próximas elecciones legislativas del 2009.
Sin embargo, estos aspectos sólo serían la comidilla de políticos y periodistas si detrás de tal representación no existieran dos datos verdaderamente claves y preocupantes, ya antes apuntados: el debilitamiento institucional, producto de la pelea entre el núcleo duro del gobierno y el vicepresidente, (un dato que deberá ser seguido con atención) y los más que inquietantes indicadores económicos que –para colmo de males- parecen haber tomado de sorpresa a un país que se estaba acostumbrando al crecimiento.
El entonces incipiente debate sobre si había que enfriar o no la economía, fue superado como un tsunami por una realidad que hace cien días mostraba preocupantes signos inflacionarios y que hoy los combina además con otros de orden recesivo.
A pesar de ello, hay que rescatar y resaltar la posibilidad del encauzamiento de un conflicto que por momentos superó los cauces de la racionalidad, que ahora deberá seguir su proceso en el Cámara de Senadores, y que en todo caso, la Corte podrá, tras ese paso, y si lo considera pertinente, abocarse a discutir aspectos más profundos como por el ejemplo, el carácter confiscatorio o no de las retenciones.
Además, hoy por hoy, y más allá de esta disputa puntual, la agenda pública parece haber incorporado la realidad de las economías regionales, la relación Nación-provincias, el sistema de coparticipación, y hasta la discusión de impuestos más generales y por ende más polémicos como el IVA o el impuesto a las ganancias. ¿Podremos los mendocinos, con el gobernador y los legisladores nacionales a la cabeza, aprovechar esta coyuntura para obtener mejores términos de intercambio con la Nación, por ejemplo en relación a las regalías petrolíferas considerando los actuales valores internacionales del precio del petróleo?
La ocasión aparece entonces como una lección digna de haber sido aprendida, pero también como la ratificación de los caminos institucionales previstos, que pueden gustar más o menos a los gobernantes o a los ciudadanos, pero son los únicos bajo los cuales todos debemos respeto y acatamiento.
¿Sabrá tanto el gobierno como la oposición, así como las entidades del campo y en definitiva todos los argentinos, leer las enseñanzas de esta crisis? Tal vez sea tiempo que algunos usos y costumbres de la política tengan la delicadeza de corregir aquello que parece ya no ser más necesario en el país. Pues lo que sí resulta necesario es construir y consolidar una cultura política del respeto y el debate, sin autoritarismos ni imposiciones con visos de legalidad o directamente forzadas; una profundización de la institucionalidad y el diálogo entre poderes e intereses. En definitiva, una actitud democrática que exigirá la misma grandeza tanto en la victoria como en la derrota, atendiendo al responsable ejercicio del poder. Algo que no parece haber abundado en estos cien días.
La presidenta, y detrás de ella, Néstor Kirchner recurrieron al Congreso cuando ya no les quedó otra alternativa. Tal empecinamiento, ha desgastado sin dudas al matrimonio presidencial cuyas imágenes han registrado en todo el país, una sensible disminución.
Ha sido el mismo gobierno quien en su afán de no perder autoridad se ha manejado con estrechos márgenes de negociación que hicieron posible que dentro del propio oficialismo aparecieran voces críticas. Tal vez los más emblemáticos en los últimos días fueron el propio vicepresidente Julio Cobos y el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires Felipe Solá.
Tanto una pata peronista como la pata radical concertadora han tomado distancia del férreo rumbo oficial y sus destinos futuros aparecen hoy como una gran incógnita. Con el agregado, no menor, de la siempre atendible interna justicialista que el conflicto parece haber disparado, con un resultado ciertamente inimaginable, en especial para las propias huestes kirchneristas. Tal vez la mayoría de la votación del sábado no vuelva a repetirse tras las próximas elecciones legislativas del 2009.
Sin embargo, estos aspectos sólo serían la comidilla de políticos y periodistas si detrás de tal representación no existieran dos datos verdaderamente claves y preocupantes, ya antes apuntados: el debilitamiento institucional, producto de la pelea entre el núcleo duro del gobierno y el vicepresidente, (un dato que deberá ser seguido con atención) y los más que inquietantes indicadores económicos que –para colmo de males- parecen haber tomado de sorpresa a un país que se estaba acostumbrando al crecimiento.
El entonces incipiente debate sobre si había que enfriar o no la economía, fue superado como un tsunami por una realidad que hace cien días mostraba preocupantes signos inflacionarios y que hoy los combina además con otros de orden recesivo.
A pesar de ello, hay que rescatar y resaltar la posibilidad del encauzamiento de un conflicto que por momentos superó los cauces de la racionalidad, que ahora deberá seguir su proceso en el Cámara de Senadores, y que en todo caso, la Corte podrá, tras ese paso, y si lo considera pertinente, abocarse a discutir aspectos más profundos como por el ejemplo, el carácter confiscatorio o no de las retenciones.
Además, hoy por hoy, y más allá de esta disputa puntual, la agenda pública parece haber incorporado la realidad de las economías regionales, la relación Nación-provincias, el sistema de coparticipación, y hasta la discusión de impuestos más generales y por ende más polémicos como el IVA o el impuesto a las ganancias. ¿Podremos los mendocinos, con el gobernador y los legisladores nacionales a la cabeza, aprovechar esta coyuntura para obtener mejores términos de intercambio con la Nación, por ejemplo en relación a las regalías petrolíferas considerando los actuales valores internacionales del precio del petróleo?
La ocasión aparece entonces como una lección digna de haber sido aprendida, pero también como la ratificación de los caminos institucionales previstos, que pueden gustar más o menos a los gobernantes o a los ciudadanos, pero son los únicos bajo los cuales todos debemos respeto y acatamiento.
¿Sabrá tanto el gobierno como la oposición, así como las entidades del campo y en definitiva todos los argentinos, leer las enseñanzas de esta crisis? Tal vez sea tiempo que algunos usos y costumbres de la política tengan la delicadeza de corregir aquello que parece ya no ser más necesario en el país. Pues lo que sí resulta necesario es construir y consolidar una cultura política del respeto y el debate, sin autoritarismos ni imposiciones con visos de legalidad o directamente forzadas; una profundización de la institucionalidad y el diálogo entre poderes e intereses. En definitiva, una actitud democrática que exigirá la misma grandeza tanto en la victoria como en la derrota, atendiendo al responsable ejercicio del poder. Algo que no parece haber abundado en estos cien días.