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Lo que deja atrás la partida

Uno de los hombres más poderosos de la política argentina se alejó de su cargo y el matrimonio Kirchner se enteró de la noticia leyéndola en Clarín. El hecho resulta particularmente sintomático acerca de cómo se está acusando los golpes el hegemónico matrimonio, que observa, como Quevedo, como se desmoronan los fuertes muros que levantaron.

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados

de la carrera de la edad cansados

por quien caduca ya su valentía.

 

Francisco de Quevedo (1580-1645)

Poco después del primer latigazo propinado por el vicepresidente Julio Cobos, la dupla kirchnerista sintió que, con la renuncia de Alberto Fernández, estaba poniendo sin quererlo, sin mediar principio cristiano alguno, la otra mejilla: ahora, es Alberto Fernández, uno de los hombres más fuertes de las gestiones de Néstor y de Cristina, quien abandona el gobierno.

Para un matrimonio que acumuló tanto poder en Argentina tanto castigo en tan poco tiempo sólo es digerible en dos situaciones muy diferentes: cuando se está en el piso, sin destino y sabiendo que ya no hay nada más que hacer o cuando se está en la cima. Sin embargo, no estamos frente a ninguno de estos casos.

Los analistas, pero también los anónimos transeúntes de los pasillos del Congreso, el rumor de los cafetines porteños y el humor de muchos funcionarios, dan cuenta del efecto estruendoso del ataque que significa la partida el Alberto F.

Alberto Fernández pegó el portazo cuando él quiso y no cuando lo decidió su jefe. Cristina se enteró cuando lo leyó en Clarín, uno de sus enemigos dilectos. Y eso quiere decir que fue Alberto quien eligió esa forma y no otra para comunicar su exilio del poder. Convengamos en algo: es esta una espectacular forma de irse.

No hubo transición acordada y, por lo tanto, no hubo colchón político o mediático para morigerar el impacto. El ex ministro se fue por demolición.

Mientras algunos lo señalan como una oveja en desgracia, otros creen ver debajo de su lana hay un lobo cebado. No hay un Alberto Fernández, sino que, por lo menos, dos.

Algunos argumentos que fundan la doble cara del ministro saliente pueden ser los siguientes:

• Alberto fue el Fernández más fiel, pero a la vez el más abierto.

• Fue la puerta al diálogo, pero también el alfil que custodió la continuidad de los impresentables. 

• Fue quien intentó achacarle la culpa de los incendios a la dirigencia rural, pero también quien los convocó al diálogo en la Casa Rosada;

• Y poco antes de irse, fue quien anunció la derogación de la resolución 125; pero también el que la quiso empatar dividiendo a las entidades del campo.

Bajo su órbita se nuclearon los polémicos o impresentables, los extrapartidarios o ecuménicos K y los más o menos técnicos. También los otros, aquellos que no entran en estas tres calificaciones.

Para unos y otros, había un Fernández. Hagamos un repaso de los unos y los otros:

Los polémicos o impresentables:  Enrique Albistur, secretario de Medios, el superintendente de Servicios de la Salud Héctor Capaccioli y la secretaria de Medio Ambiente Romina Picolotti.

Los extrapartidarios o ecuménicos K: Marta Oyhanarte, subsecretaria de la Reforma Institucional y referente ciudadana y el socialista Jorge Rivas, vicejefe de Gabinete.

Los más o menos técnicos: Claudio Moroni, titular de la AFIP y la mendocina Beatriz Nofal, titular de la Agencia de Inversiones.

Los otros: Juan Manuel Abal Medina, subsecretario de Gestión Pública; Claudio Ferreño, subsecretario de Relaciones Institucionales; Abel Fleitas Ortiz de Rosas, titular de la Oficina Anticorrupción.


Estos funcionarios son parte medular del “mundo Fernández”, un mundo plural y por momentos disonante. Para el caso de análisis, lo que debe quedar en claro es que esta presunta “víctima” del entorno presidencial fue, precisamente, el encargado de proteger bajo su ala a un puñado de los funcionarios más cuestionados de la gestión de Néstor y Cristina.

Por eso ya se escuchan voces que lo elogian (la de Cobos) y la de quienes defeccionan en él (entre los que se encontraría, por supuesto, la propia Cristina).

“Ojo que no se fue Lassie del gobierno; se fue un lobo y los lobos son como los perros malos: cuando se cansan del maltrato son capaces de morder hasta la mano del amo”, se escuchó parangonar a un analista ocasional en la mañana mendocina. Qué nos deparará en el futuro don Alberto, pues cualquier cosa es posible en este momento histórico del país.

Por lo pronto, este Fernández se fue castigado, golpeado y con su capacidad de credibilidad extinguida. No obstante, supo ver la cercanía de tiempos tormentosos y, sin pedirle permiso a Néstor, a quien debe su existencia política tras haber transitado primero por el menemismo y por el cavallismo.

No serán meses fáciles los que se vienen para el gobierno. Y, por cierto, más difíciles serán si ya el inefable Alberto no sale a poner la(s) cara(s) en nombre de toda una gestión de gobierno.