Cristina necesita más a los "traidores" que a los "leales"
La presidenta Cristina Fernández está frente a una inmejorable oportunidad de crear esta vez sí un propio Gabinete y dejar de lado el heredado por su marido, que exhibe la plenitud de su desgaste. Pero también, es el momento de recrear sus alianzas políticas y de refrescar el discurso.
En tanto, los argentinos palpan el minuto a minuto de una tensa espera, en vista de que el gobierno, que asume la carga simbólica de la institucionalidad, debiera resolver los próximos pasos sentando a los protagonistas y no lo hará. Al menos, hasta ahora las pistas que ha dado marcan que claramente no lo hará, sino que más bien seguirá fomentando un encono no resuelto, haciendo como que “aquí no pasó nada más que la decisión de un traidor”.
Cristina tiene en sus manos un abanico de posibilidades. Repasemos juntos algunas de las opciones.
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La renuncia
Una versión naturalmente no probada apuntaba a que se llegó a barajar la renuncia de Cristina y su gabinete, “si no podemos cambiar la Argentina”. Esta “probabilidad poco probable” es fundamentalista y, de haber existido, si la presidenta dijo no, habla muy bien de ella.
Así las cosas, hay que darle muy poco crédito a la versión y analizar otras posibilidades.
La continuidad
No hay que descartar que la continuidad es uno de los caminos posibles, aunque lo creamos como el menos conveniente. Hay dos continuidades posibles: la de las ideas del matrimonio y la del gabinete en sus funciones.
Si ella y su marido siguen insistiendo desde la palestra con la persecución de la oligarquía y con que el machismo que no tolera a una mujer en la primera magistratura, porfiarán peronizando un conflicto y seguirán teniendo como voceros a los D`Elía de turno y movilizando militancia genuina y rentada y será la gente la que seguirá pagando los platos rotos de los últimos meses.
En el caso particular de Cristina, si ella se apoya en la cosmovisión de su marido, seguramente se creerá respaldada por el pueblo, cuando en realidad “el pueblo” aparece dividido al menos en tres partes: el “pueblo peronista”, el “pueblo ruralista” y probablemente la mayoría del pueblo, el “pueblo hastiado por el conflicto”.
Si es así, sólo será cuestión de insistir en la elección de un enemigo (Cobos o los ruralistas) y continuar estos meses de locura institucional.
El otro punto interesante es considerar la renovación del gabinete como forma de continuidad política. O sea: asumir la sentencia oriental que marca que “lo único que permanece es el cambio”. Ese cambio no debiera ser repentino, aunque tampoco extenderse a más de dos meses.
A la luz del momento institucional del país, se supone que esa renovación de gabinete aportará aire puro para una gestión que, insistimos, aún no ha tenido inicio formal, pues a poco de comenzar (principios de marzo) se vio en medio del conflicto con el campo.
Las lecciones aprendidas
Cristina y Néstor perdieron la batalla que fue considerada por ella y sus acólitos algo así como el Armagedón de la argentinidad. Y no pasó nada. Cualquier persona aprende de los errores. Más aun cuando su rol pasa por conducir, liderar o gobernar. Esta debiera ser otra lección de altura para ellos.
Ya desde esa altura, la presidenta debiera recomponer el diálogo con su vicepresidente. Todo apunta a que no, habida cuenta de su silencio al respecto, los insultos a Cobos, las pintadas, los afiches…
También debiera Cristina llamar al diálogo a las entidades rurales, siguiendo la misma línea de recomposición, pero no ha dado señales al respecto. En realidad, la presidenta no ha dado señales (sólo una ironía desde Chaco “para los que defeccionaron”) y este es otro de los graves problemas que afrontamos.
El Senado le dio una lección que ella debiera aprender: no se trataba de “matar o morir”, como quiso hacernos creer Néstor K. Tampoco se estaban enfrentando realmente a la oligarquía, sino a un movimiento social más complejo y en constante evolución. Tampoco el Ejecutivo y el PJ buscaban restituir los derechos a los sectores más humildes, porque, de hecho, nunca han sido restituidos esos derechos (y ni siquiera programada una real restitución) a los más desprotegidos.
Entonces, si así están las cosas, de todas las lecciones que recibió la presidenta, hay una fundamental en nuestra consideración: probablemente Cristina esté necesitando más a los “traidores”, que a los adulones y a los fundamentalistas.
Tras el voto “no positivo” de Cobos en el Senado, dos encuestadoras reflejaron que la gente cree que la actitud del vicepresidente “ayudará al Gobierno”. Así opinó 73,3% en la encuesta de D Alessio-Irol y 67,2% en la realizada por Management & Fit y que publicó este lunes La Nación.
Encima, si seguimos con análisis de números y de tendencias políticas, la balanza en el Congreso de la Nación ya no se inclina para el lado del Imperio K. Son demasiadas señales.
Hay quienes estiman que se recurrirá a “medidas populares”: suba del salario y disminución del impuesto a las ganancias para la clase media y a “medidas impopulares” como el aumento de tarifas. La primera reacción de los mercados fue buena y puede haber una reacción positiva de los consumidores y ahorristas que servirá para reactivar la economía.
Sin embargo, antes o durante, hay que resolver la génesis misma de la toma de decisiones en el Poder Ejecutivo. Si así no ocurre, hasta la medida más honda seguirá apareciendo como cosmética.
El cambio total
Diferentes voceros repartieron a la prensa desde el viernes y hasta la fecha la versión de una fuerte discusión entre Cristina y Néstor. El tema en disputa: el ejercicio del poder. Una versión de Perfil, al respecto, de fines del mes pasado, asegura que la presidenta de la Nación le gritó enfurecida al presidente del PJ “Acá la presidenta soy yo, carajo”.
Cierta o no, la confirmación o negación de las versiones no opacan el hecho de que el país funciona con un “doble comando”. Y que tal situación es insana, al punto de que también se revela como insano para el PJ el ejercicio de Néstor Kirchner al frente de él.
Es difícil dimensionar hacia dónde se dirige el Gobierno si se continúa administrándolo de esa manera, sobre todo, cuando ya se notan diferencias, órdenes y contraórdenes. Es difícil imaginar cómo construirá poder ahora, incluso, respecto de una probable coalición política con peronistas más moderados.
En repetidas ocasiones, Cristina y Néstor han dicho que acatarían la decisión del Congreso sea cual fuese. Pues bien, ese acatamiento no debe ser sólo en lo formal, respecto de la anulación de la Resolución 125: acatar significa también empezar a construir a partir de la evidencia.
A veces, la grandeza del líder se mide por su capacidad para ponerse en el lugar del otro. Construir un país, la historia así lo indica, supone irrevocablemente ponerse en el lugar del otro. Eso es lo que estamos esperando de nuestra presidenta.
Así las cosas, hay que darle muy poco crédito a la versión y analizar otras posibilidades.
La continuidad
No hay que descartar que la continuidad es uno de los caminos posibles, aunque lo creamos como el menos conveniente. Hay dos continuidades posibles: la de las ideas del matrimonio y la del gabinete en sus funciones.
Si ella y su marido siguen insistiendo desde la palestra con la persecución de la oligarquía y con que el machismo que no tolera a una mujer en la primera magistratura, porfiarán peronizando un conflicto y seguirán teniendo como voceros a los D`Elía de turno y movilizando militancia genuina y rentada y será la gente la que seguirá pagando los platos rotos de los últimos meses.
En el caso particular de Cristina, si ella se apoya en la cosmovisión de su marido, seguramente se creerá respaldada por el pueblo, cuando en realidad “el pueblo” aparece dividido al menos en tres partes: el “pueblo peronista”, el “pueblo ruralista” y probablemente la mayoría del pueblo, el “pueblo hastiado por el conflicto”.
Si es así, sólo será cuestión de insistir en la elección de un enemigo (Cobos o los ruralistas) y continuar estos meses de locura institucional.
El otro punto interesante es considerar la renovación del gabinete como forma de continuidad política. O sea: asumir la sentencia oriental que marca que “lo único que permanece es el cambio”. Ese cambio no debiera ser repentino, aunque tampoco extenderse a más de dos meses.
A la luz del momento institucional del país, se supone que esa renovación de gabinete aportará aire puro para una gestión que, insistimos, aún no ha tenido inicio formal, pues a poco de comenzar (principios de marzo) se vio en medio del conflicto con el campo.
Las lecciones aprendidas
Cristina y Néstor perdieron la batalla que fue considerada por ella y sus acólitos algo así como el Armagedón de la argentinidad. Y no pasó nada. Cualquier persona aprende de los errores. Más aun cuando su rol pasa por conducir, liderar o gobernar. Esta debiera ser otra lección de altura para ellos.
Ya desde esa altura, la presidenta debiera recomponer el diálogo con su vicepresidente. Todo apunta a que no, habida cuenta de su silencio al respecto, los insultos a Cobos, las pintadas, los afiches…
También debiera Cristina llamar al diálogo a las entidades rurales, siguiendo la misma línea de recomposición, pero no ha dado señales al respecto. En realidad, la presidenta no ha dado señales (sólo una ironía desde Chaco “para los que defeccionaron”) y este es otro de los graves problemas que afrontamos.
El Senado le dio una lección que ella debiera aprender: no se trataba de “matar o morir”, como quiso hacernos creer Néstor K. Tampoco se estaban enfrentando realmente a la oligarquía, sino a un movimiento social más complejo y en constante evolución. Tampoco el Ejecutivo y el PJ buscaban restituir los derechos a los sectores más humildes, porque, de hecho, nunca han sido restituidos esos derechos (y ni siquiera programada una real restitución) a los más desprotegidos.
Entonces, si así están las cosas, de todas las lecciones que recibió la presidenta, hay una fundamental en nuestra consideración: probablemente Cristina esté necesitando más a los “traidores”, que a los adulones y a los fundamentalistas.
Tras el voto “no positivo” de Cobos en el Senado, dos encuestadoras reflejaron que la gente cree que la actitud del vicepresidente “ayudará al Gobierno”. Así opinó 73,3% en la encuesta de D Alessio-Irol y 67,2% en la realizada por Management & Fit y que publicó este lunes La Nación.
Encima, si seguimos con análisis de números y de tendencias políticas, la balanza en el Congreso de la Nación ya no se inclina para el lado del Imperio K. Son demasiadas señales.
Hay quienes estiman que se recurrirá a “medidas populares”: suba del salario y disminución del impuesto a las ganancias para la clase media y a “medidas impopulares” como el aumento de tarifas. La primera reacción de los mercados fue buena y puede haber una reacción positiva de los consumidores y ahorristas que servirá para reactivar la economía.
Sin embargo, antes o durante, hay que resolver la génesis misma de la toma de decisiones en el Poder Ejecutivo. Si así no ocurre, hasta la medida más honda seguirá apareciendo como cosmética.
El cambio total
Diferentes voceros repartieron a la prensa desde el viernes y hasta la fecha la versión de una fuerte discusión entre Cristina y Néstor. El tema en disputa: el ejercicio del poder. Una versión de Perfil, al respecto, de fines del mes pasado, asegura que la presidenta de la Nación le gritó enfurecida al presidente del PJ “Acá la presidenta soy yo, carajo”.
Cierta o no, la confirmación o negación de las versiones no opacan el hecho de que el país funciona con un “doble comando”. Y que tal situación es insana, al punto de que también se revela como insano para el PJ el ejercicio de Néstor Kirchner al frente de él.
Es difícil dimensionar hacia dónde se dirige el Gobierno si se continúa administrándolo de esa manera, sobre todo, cuando ya se notan diferencias, órdenes y contraórdenes. Es difícil imaginar cómo construirá poder ahora, incluso, respecto de una probable coalición política con peronistas más moderados.
En repetidas ocasiones, Cristina y Néstor han dicho que acatarían la decisión del Congreso sea cual fuese. Pues bien, ese acatamiento no debe ser sólo en lo formal, respecto de la anulación de la Resolución 125: acatar significa también empezar a construir a partir de la evidencia.
A veces, la grandeza del líder se mide por su capacidad para ponerse en el lugar del otro. Construir un país, la historia así lo indica, supone irrevocablemente ponerse en el lugar del otro. Eso es lo que estamos esperando de nuestra presidenta.


