Presenta:

La intimidad de Cobos y su equipo

Los senadores abandonaban sus bancas, levantando sus papeles y acomodando camisas y carteras y con inocultables dolores en la espalda. No era para menos; habían transcurrido veinte horas ininterrumpidas de debate.

Por detrás de su silla, Julio Cobos se escabulló lento, pero caminando con trancos largos del recinto y se trasladó hasta “la Presidencia”, tal como es conocido su despacho en la jerga del personal parlamentario. Junto a él, inseparables, tres de los componentes de su equipo: su asesor de primera línea Juan Montilla, su jefe de prensa Julio Paz y también Néstor Majul, otro de sus hombres de confianza.

Un escritor de medio pelo hubiese dicho: “No había ventanas cerca que delataran la presencia de los primeros rayos de luz del nuevo día”.

Cobos cerró la tapa del celular en el que recibió la llamada de un familiar y sin darse cuenta que el dato que le faltaba lo podría haber conseguido en ese mismo acto, preguntó la hora a un colaborador que lo secundaba. “Todo cambio, es un cambio de tema”, había escrito César Aira en su libro “Cumpleaños”, en medio de otra crisis, en 2001.

Cobos, ya estaba en otro tema. O parecía, en realidad.

Lo aguardaba el grupo de mendocinos que lo acompañó en lo que él mismo calificó como “el momento más difícil de mi vida”: el resto de su equipo, secretarios, asesores, colaboradores y los dos o tres funcionarios que logró colar en la Casa Rosada. Aún así, no eran más que un muestrario de los muchos comprovincianos que lo acompañan en Buenos Aires.

Todos, mostraban caras que denunciaban haber transcurrido una jornada en la que se alternaron todos los sentimientos posibles, con la única excepción de la alegría: ansiedad, preocupación, temor, relajamiento y, finalmente, mucho cansancio.

Uno más pudo haberse sumado al rostro del personaje más importante presente en barroca sala en la que trabaja el Número Dos del país: la satisfacción de haber actuado fiel a su pensamiento.

Entonces, dicen que todos intentaron abrazarlo y que la escena se transformó en un abrazo múltiple, de esos que sólo se dan en los grandes momentos. O en los últimos.

El Vicepresidente agradeció el gesto. Hubo alguna lágrima y el escritor de medio pelo hubiese dicho: “Los ojos son la parte más traicionera del alma”.

“Nos quedamos. No me voy, no me echan”, les dijo a sus pollos.

A diferencia de aquel día en que la Presidenta anunció el envío al Congreso del proyecto sobre retenciones y que el mendocino festejó a lo grande, como un triunfo propio, esta vez se rodeó de pocos y se aseguró decir las palabras justas y tranquilizadoras.

Mientras tanto, algunos periodistas ya daban cuenta antipada de que acababa de nacer el poskirchnerismo. Otros, aventuraban que Cobos estaba entrando a la política recién ahora y alguna que iría al sastre a ver cómo le quedaría un traje de presidente. ¿Estaba fundando un nuevo momento político? Seguramente que no, porque a Julio Cobos esta clase de cosas, más bien, le suceden. Nunca las provoca.

Seguidamente, decidió que volvería a Mendoza en automóvil, atravesando la Pampa Húmeda. Lo haría sólamente acompañado por su mujer y sus hijas. Esta noche llegará a Mendoza.

El fin de semana, lo encontrará nuevamente subiendo al trote otra cuesta. El escritor de medio pelo, diría: “Será una montaña diferente a la ingrata política. Será también más conocida. Será la del Cerro de la Gloria”.