ver más

Entre el infierno grande y la guerra santa

El gobernador Celso Jaque apostó esta semana todo su resto al proyecto K. Sin embargo, en su pago, las cosas parecen ser menos lineales que como Néstor y Cristina analizan. ¿Alcanza la presencia nacional cuando la gestión local suma tantos inconvenientes?

Ningún bloque de poder es absoluto ni infinito. Como el glaciar Perito Moreno, en algún momento se resquebraja, y ese proceso es irreversible. Y más allá de lo que pueda suceder la semana que empieza en la Cámara de Senadores con el proyecto oficial de las retenciones, es evidente que esa enorme maquinaria denominada kirchnerismo, ha empezado a crujir en distintos puntos de su andamiaje.

No es casual que en los últimos tiempos el compacto Partido Justicialista, el férreo Frente para la Victoria, la subyugada Concertación y hasta la obediente Confederación General del Trabajo hayan mostrado fracturas más o menos expuestas. Sin dudas, entre los cacerolazos y los tractores en la ruta, algo se rompió en el esquema con el que durante los últimos años se condujo el país. Y no en vano, ahí están, sueltos y listos tanto para el dolor de cabeza como para la puñalada, otrora socios como algunos gobernadores, Luis Barrionuevo, Julio Cobos o Eduardo Duhalde. Demasiados frentes para tanta obstinación oficial.

Sin embargo, y en ese panorama cada vez claro, el gobernador Celso Jaque parece haber tomado una determinación que no especula con ningún doble sentido. Apostó todas sus fichas al gobierno de Cristina Kirchner y a la conducción de su marido Néstor. Más allá de la decisión o del momento, llama la atención que cuando muchos (y por distintas razones) han empezado su tarea de desmarque del matrimonio K, Jaque se meta de cabeza a jugar de partenaire una batalla que parecería excederlo, y en la que hasta parece sentirse incómodo y sobreactuado. Como se lo pudo ver en la conferencia de prensa en la que el ex presidente, entre desafiante y socarrón, convocó a una nueva marcha de su propia guerra santa.

Y decimos que parece excederlo, no sólo por el estilo y los modos del gobernador que contrastan con el ahora aporteñado Néstor, sino porque precisamente lo que posiciona a los dirigentes a la escena nacional no es tanto su adhesión a un determinado proyecto o a un líder, sino, y especialmente, una gestión. Un aspecto en el que todavía el gobierno de Jaque parece haber demostrado mucho menos de lo que incluso sus votantes esperan.

Casi como en una construcción inversamente proporcional, estos días de flashes nacionales del gobernador han coincidido con gestos grises y hasta negros en Mendoza. El pueblo chico con infierno grande. O si no, repasemos. Tras el millonario acuerdo con el Poder Judicial y la posterior firma de la paz, el secretario de la Gobernación Alejandro Cazabán, arremetió contra el procurador de la Corte Rodolfo González, por la aplicación del Código Procesal Penal. Claro, en su avanzada, el gobierno buscó no volver atrás con el conflicto y dijo que el pensamiento del Procurador poco tiene que ver con la mirada del presidente de la Corte, Jorge Nanclares, o de los ministros como Aída Kemelmajer o Alejandro Pérez Hualde. Pero lo cierto es que la fricción ha reavivado la inquietud de uno y otro lado tras declaraciones cruzadas y polémicas ad hoc.

Paralelamente, la Legislatura sigue siendo un gran territorio marcadamente inhóspito de operadores de peso para Jaque. Esta ausencia, también ha deparado sinsabores y mal tragos al oficialismo. En esta semana, dos. La aprobación de un fondo de 150 millones para municipios, donde no sólo la oposición parece haber metido la cola, sino también la incipiente interna peronista que ya está en ciernes. A Jaque no le alcanzó con tildar a los legisladores de “irresponsables” y amenazar con el veto de la norma si esta continúa su camino. Lo que indudablemente supondría una nueva pelea por los fondos con los intendentes quienes ya no saben cómo hacer frente a las demandas de sus empleados que podrían derivar en nuevos conflictos sociales.

La otra iniciativa legislativa pone directamente en un brete político al gobernador y su gabinete, ya que le solicita al Poder Ejecutivo que inicie una demanda a la Nación para obtener un resarcimiento por la coparticipación federal. Un juicio, que según algunos especialistas pueden llegar a 1.000 millones de pesos, sin contar los daños por la deficiente liquidación de las regalías petrolíferas que duplicaría esa cifra. Es difícil que en el actual contexto Mendoza reclame lo que le corresponde frente a la Nación, aunque sería más que auspicioso que así sucediera.

Para colmo de males, el ministro de Hacienda Adrián Cerroni anunció la caída de la obra pública provincial estipulada en el presupuesto con una asignación de 700 millones y del cual sólo se ejecutarán 400. Los 300 millones restantes, irán a cubrir déficit y agujeros varios, que van desde la imprevisible inflación, hasta los aumentos que muchos gremios han ido obteniendo y que a pesar de su disconformidad, significan fuertes erogaciones de dinero.

Como se ve, un panorama complejo en el que la relación entre poderes, ni la tarea política, ni mucho menos la administración de las finanzas parecen dar los frutos que cualquier dirigente deseara para aspirar a las grandes ligas. Por lo pronto Jaque parece gozar de la confianza obtenida, y del calor que supone la cercanía del poder, aunque el fervor nacional debería ir acompañado de un rumbo más claro en la provincia, ya que del necesario equilibrio entre su exposición y su conducción depende el futuro de Mendoza.