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La representación del perdón
Casi en soledad, y frente a las cámaras y los micrófonos, el gobernador Jaque pidió disculpas. En un escenario despojado, cubierto sólo por su gestualidad, explicó por qué no cumplió con lo que se comprometió en la campaña. Claro está, en su balance olvidó todo aquello que tal vez más malhumor social genera: sus propios errores.
Ni los estudiados movimientos, mucho menos el pulido apunte con las ideas centrales, le sirvieron a Celso Jaque para atemperar las críticas que se despertaron por su incumplida promesa electoral de disminuir el 30% del delito en seis meses.
Urgido por el malhumor social, pero también por la presión política generada durante su ausencia de la provincia, el gobernador debió echar mano a su coraje político y a sus desconocidas dotes actorales para convencer a los mendocinos que aquella promesa (perdón, aquel “compromiso”, como le gusta corregir) en realidad fue un exceso de confianza, un lapsus de honestidad brutal mezclado con el ímpetu de los hacedores.
Su pedido público de disculpas sonó, sin embargo, forzado por las circunstancias. Hasta 24 horas antes nada hacía prever que tal alocución se produjera. Es más, con Jaque aún en México muchos funcionarios importantes miraban para otro lado cuando se les consultaba sobre el asunto.
Tal vez por eso fue llamativa la soledad en la que el gobernador hizo su mea culpa -a exepción de Juan Marchena-, como si acaso ese despojado monólogo hubiera sido una elección del mismo Jaque que prefirió hacerse cargo solo del asunto. Ya que no se entiende de otra forma, ni mucho menos cabe pensar que los demás ministros, el gabinete en su conjunto, no hayan querido ser parte de tan especial momento de la vida del Gobierno.
Así, poniendo el pecho y casi como en una pública inmolación, Jaque hizo un discurso que fue una clara movida para cambiar el eje de la discusión pública, anteponiendo a la meta no alcanzada una especie de estancamiento del aumento del delito. El gobernador en vez de referirse a su promesa (perdón otra vez, a su “compromiso”) prefirió señalar el “avance” producido y no ahorró críticas para todos aquellos factores que le impidieron cumplir con sus dichos de campaña.
Habló de la “picardía política” de los opositores, de la falta de “compromiso” del Poder Judicial y esbozó lo que se ha hecho en materia de seguridad en estos seis meses: desde la incorporación de tecnología a la compra de ropa para la Policía. Pidió avanzar en los juicios directísimos y también en la sanción de una ley de Ministerio Público. Intentó recrear la mística de la credibilidad y pidió, desde la soledad, que no lo dejaran solo.
Nada dijo, en cambio, de lo que también hizo con suerte dispar: su experimento con el Partido Demócrata, los entremeses para sostener a Carlos Rico y los abogados garantistas del Polo Social al unísono. Tampoco, de esa “política integral” que comunica pero no precisa. Y si esa política la define él, la define la Nación, otro partido o los intendentes del PJ, pues un poco de todo eso ha sucedido en estos seis meses.
Jaque no sólo tiene que hacerse cargo de no haber cumplido en este medio año su “compromiso” de disminuir el 30%, si no también, y principalmente, de haber impulsado una política todavía indefinida y errática en lo que a Seguridad respecta. Y en este punto, no tiene excusas.
Finalmente, y en la misma línea de victimización política, aseguró en un juego de palabras peligroso desde lo ideológico que sería “tolerante con la crítica bien intencionada, e intolerante con la delincuencia”. Seguramente, cualquier buen observador de la ley podrá encontrar allí un delicado límite que tal vez si se cruza pueda complicar aún más las cosas.
Lo cierto es que en cualquier orden de la vida, cuando se pone todo y ese esfuerzo no alcanza, las disculpas pueden ser –efectivamente- un acto de grandeza y humildad. Cuando por el contrario, las contramarchas y los intentos fallidos han significado pérdida de tiempo e ilusiones postergadas, las disculpas son mero voluntarismo o una confesión de fragilidad.
Si nos dan a elegir, obviamente preferimos a los humildes antes que a los arrogantes. Pero lamentablemente, los gestos ensayados no alcanzan para reparar el vínculo social que alguna vez se rompió y que más allá de la declamación, parece hoy difícil de recuperar.
Habló de la “picardía política” de los opositores, de la falta de “compromiso” del Poder Judicial y esbozó lo que se ha hecho en materia de seguridad en estos seis meses: desde la incorporación de tecnología a la compra de ropa para la Policía. Pidió avanzar en los juicios directísimos y también en la sanción de una ley de Ministerio Público. Intentó recrear la mística de la credibilidad y pidió, desde la soledad, que no lo dejaran solo.
Nada dijo, en cambio, de lo que también hizo con suerte dispar: su experimento con el Partido Demócrata, los entremeses para sostener a Carlos Rico y los abogados garantistas del Polo Social al unísono. Tampoco, de esa “política integral” que comunica pero no precisa. Y si esa política la define él, la define la Nación, otro partido o los intendentes del PJ, pues un poco de todo eso ha sucedido en estos seis meses.
Jaque no sólo tiene que hacerse cargo de no haber cumplido en este medio año su “compromiso” de disminuir el 30%, si no también, y principalmente, de haber impulsado una política todavía indefinida y errática en lo que a Seguridad respecta. Y en este punto, no tiene excusas.
Finalmente, y en la misma línea de victimización política, aseguró en un juego de palabras peligroso desde lo ideológico que sería “tolerante con la crítica bien intencionada, e intolerante con la delincuencia”. Seguramente, cualquier buen observador de la ley podrá encontrar allí un delicado límite que tal vez si se cruza pueda complicar aún más las cosas.
Lo cierto es que en cualquier orden de la vida, cuando se pone todo y ese esfuerzo no alcanza, las disculpas pueden ser –efectivamente- un acto de grandeza y humildad. Cuando por el contrario, las contramarchas y los intentos fallidos han significado pérdida de tiempo e ilusiones postergadas, las disculpas son mero voluntarismo o una confesión de fragilidad.
Si nos dan a elegir, obviamente preferimos a los humildes antes que a los arrogantes. Pero lamentablemente, los gestos ensayados no alcanzan para reparar el vínculo social que alguna vez se rompió y que más allá de la declamación, parece hoy difícil de recuperar.