Expertos, militantes y política
Aclaremos para que no oscurezca: la única herramienta de transformación real en toda sociedad fue, es y será la política. Hacer política es transformar o conservar un status quo determinado. No se conoce otra forma de participación en la vida pública de la sociedad que tenga el poder y el protagonismo para transformarla. La otras formas, intelectuales, culturales, artísticas y gremiales, etc., son parte de la conservación o la transformación, pero nadie cambia la situación general desde el reclamo particular sino es partir de saltar a lo político, articulando un proceso de intereses sectoriales.
Ahora bien, pareciera que la política y sus formas de representación, le pertenecieran solo a los expertos, aquellos que se legitiman no desde las bases sociales, sino a partir de un título universitario, el prestigio de un buffet de abogados o del exitoso currículum empresarial. Es tan así, que muchos, para acceder a funcionarios del ejecutivo, corren con ventajas por sobre cualquier militante por el solo hecho de ser titulados, aunque no sepan un corno del tema en cuestión en el cargo que ocupan. Y si tiene títulos de posgrado más aun es la brecha y la ventaja.
Mientras, cientos de militantes capacitados en temas específicos no pueden acceder a ningún cargo por el hecho que no tienen buenas cartas para mostrar. De allí, a cierto elitismo en la representación política, hay un paso. Es tal vez en los municipios donde esto se presenta un poco más democrático, porque quienes son concejales o funcionarios comunales salen de las mismas entrañas de la gente, profesional y no profesional. Y desde allí, la sensibilidad hacia lo social, a veces, es mayor. No siempre el médico es un buen gestor de la salud ni el artista lo es de la cultura.
Hay sobrados casos que nos lo demuestran. La figura de experto, el legitimado por una prueba, un título, una certificación, ha ganado terreno a la figura del militante con oficio y saberes que no pasan por el tamiz académico, pero que conforman ese conocimiento sustancioso que da la práctica y relación con la gente en un barrio o un sindicato, en una unión vecinal o un centro de estudiantes, en un club social o en una asociación solidaria. Esta es la “sociedad política real” a la cual se le arrebató el protagonismo en las decisiones a partir de instalar en espacios ejecutivos a expertos de cofradías tituladas autocelebradas que no conocen al vecino ni quieren conocerlo. Políticos-gerentes que hacen carreras individuales para estar siempre en el menú de los nombrables frente a la masa de innombrables que pechan los carros de las victorias y aguantan la balas en la retaguardia en la derrotas. Expertos, sin posición política, que pueden colaborar como expertos en cualquier ideario político en esta vacua democracia.
El militante es presentado como el trabajador manual que produce y pone su fuerza de trabajo, su habitus militante, en pos de la construcción del ideario del partido o movimiento. El experto trabaja para él, acreditando saberes dominantes en la estructura del conocimiento. Se impone a fuerza de mostrar un saber-poder legítimo sobre el no-saber anónimo del militante. El experto no cree, el militante sí. El experto calcula sus movimientos y su ropaje, siempre a tono con la ideología del vestuario político de la época. El militante se desnuda y trabaja, se muestra como tal. El experto, fiel a su ideología, se rodea de clientes y consumidores, y mano de obra barata, cuasi semi feudal para sostenerse.


