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La triste novela de un amor que nunca fue

La alianza entre el justicialismo y el Partido Demócrata,  se rompió con la salida de Juan Carlos Aguinaga del ministerio de Seguridad. Si bien Celso Jaque acertó durante la campaña al poner en el centro de la escena y el debate lo que los mendocinos consideran su mayor preocupación, de ahí en más no hizo más que errar todos y cada uno de los movimientos que apuntaban a hacer de la seguridad "el" tema de la gestión. Un repaso de aquellos días donde la sangre aún no llegaba al río.

La casi inverosímil crónica del breve romance entre Celso Jaque y Juan Carlos Aguinaga, o en todo caso, entre sus respectivos partidos a propósito del ministerio de Seguridad, debe partir –inexorablemente- de aquellas promesas de campaña del entonces candidato.

Pocos imaginaban por esos días que la tremenda fuerza de las imágenes de los spots televisivos y las palabras de los actos proselitistas no sólo catapultarían al malargüino a la gobernación, sino que también serían su peor y más implacable juez. Preso de sus porcentajes y sus tiempos; enredado entre los capacitadores internacionales de Harvard y el País Vasco; perdido en los mapas del delito; conflictuado por seguir la ruta de un dinero prometido que nunca hasta hoy apareció; la otrora kriptonita jaquista empezó a ser –paradójicamente- su peor medicina.

Si bien Celso Jaque acertó durante la campaña al poner en el centro de la escena y el debate lo que los mendocinos consideran su mayor preocupación, de ahí en más no hizo más que errar todos y cada uno de los movimientos que apuntaban a hacer de la seguridad “el” tema de la gestión.

Muy rápidamente se diluyó el logro político que significó la designación de Juan Carlos Aguinaga. Especialmente porque Jaque había conseguido lo que ni siquiera Julio Cobos pudo: convencer al PD y también a su propia estructura, de la presencia del veterano dirigente demócrata en el ministerio. Más allá de la demora en la conformación del gabinete, su figura contrastaba por la experiencia y el peso dirigencial que significan.

Sin embargo, ahí mismo comenzaron los problemas. Mientras Jaque continuaba con su derrotero de promesas incumplidas como el Comité de Crisis que nunca se cristalizó, Aguinaga y el PD avanzaban en las designaciones del staff ministerial. A cada paso, daban contundentes señales, de invariable peso simbólico, como el desembarco de una pléyade de comisarios retirados, muchos de ellos apartados tras la reforma impulsada por Alejandro Cazabán en el ‘99.

El cortocircuito empezaba a destellar los primeros chispazos, atenuados por las sonrisas de rigor de una gestión que recién comenzaba. Asimismo, y en pleno idilio, se intentó ratificar la conducción vertical de la Policía, el regreso a cierta “disciplina” perdida con los años (justamente, a partir de la implementación de la Reforma policial) y la reinstauración de la idea de acción y presencia en las calles. Pero claro, y eso sí, el propio ministro se despegaba de la promesa de la disminución del 30 por ciento en seis meses, diciendo que tal meta no era de ellos, sino de Jaque. Como si éste fuera un extraño, no el jefe político al que debería reportar un ministro.

Para colmo de males, y como suele ocurrir en los teleteatros, apareció un tercero en discordia. Por esos días, se ventiló el pasado “contrasubversivo” del subsecretario de Seguridad, Carlos Rico. Y a partir de allí, y a pesar de haber obtenido una herramienta inédita como es la ley de Emergencia en Seguridad que permite, presupuestariamente, disponer de abundantes recursos, el castillo de naipes que Jaque y Omar De Marchi habían construido recreando una alianza conservadora sin igual, comenzó a desvanecerse.

La entente peronista-demócrata comenzó a naufragar en el mismo momento que se hizo a la mar, contrarrestando incluso, el sentido común y todos los análisis políticos o periodísticos al respecto. De Marchi intentó erigirse en el gran arquitecto de un acuerdo que hoy fracasó y que probablemente traiga profundas huellas en su partido a futuro. Aguinaga, por su parte, durante su estadía en el ministerio fue más un desmitificador que en un gestor. Lo que a la corta o la larga, terminó transformándose en una profecía autocumplida.

Así, las acciones de gobierno se convirtieron en explicaciones para la prensa, y las internas soterradas dieron paso a confrontaciones públicas, donde la figura del coordinador de Derechos Humanos, Pablo Salinas fue central. Él, junto a su colega Diego Lavado, encarnaron las mayores embestidas contra la figura de Rico. Una situación que el propio Aguinaga planteó enojado ante los periodistas en una de sus tantas defensas mediáticas. Una paradoja que se terminó corporizando en la masiva marcha del 24 de marzo que dejó expuesto, definitivamente, que más allá de la ideología o del gabinete, era el propio gobierno de Celso Jaque el que estaba quebrado.

Como un ingrediente no menor, el pankirchnerismo, en todas sus vertientes salió a cuestionar y militar la presencia de Rico, haciendo retumbar en Buenos Aires el esquema de un gobierno que intentó jugar a dos puntas. Mientras se definía como estrechamente alineado con la Nación y sus políticas, generaba en la provincia otro espacio de poder que se contradecía en los términos, pero también en los hechos.

Paralelamente, las voces subterráneas del propio oficialismo fueron advirtiendo el desenlace: el sostenimiento de Rico, Aguinaga y el PD significaban un costo demasiado alto para un gobierno que aún no se caracteriza por sus logros. Y ante tanta escasez de ideas, los funcionarios jaquistas sólo repetían como loros autómatas, una sola frase: “el gobernador ratifica su política de Seguridad y también la de Derecho Humanos…” Una buena y esquizofrénica síntesis de la nada política más absoluta, la de Dios y la del Diablo.

Incluso, en sus reclamos recientes por más dinero, los intendentes peronistas también escondieron nuevas embestidas contra Aguinaga y su equipo; pero asimismo contra los celos que les genera la figura del secretario Alejandro Cazabán. Los jefes comunales intuyen que son demasiadas las decisiones que pasan por los ojos del ex ministro de Lafalla, y que a pesar de ser ellos a través de sus caudales electorales, los verdaderos artífices del triunfo jaquista, no tienen toda la injerencia que consideran justa en el gobierno. En tanto, intuyen que durante estos meses han tenido que poner la cara para defender una alianza y a funcionarios que no son (ni serán) tropa propia.

Ante tal berenjenal, que incluía desde –como aseguró el propio Aguinaga- el diálogo roto con la Nación, lo que aseguraba pobres chances de éxito a la gestión, hasta el campo minado en la interna del gabinete y el partido de gobierno, la historia llegó a su fin. Sin aval y también sin plata para gestionar, Aguinaga evaluó que la ruptura es mejor que el abandono. Especialmente cuando todos los caminos lo llevaran indefectiblemente al mismo sitio: el ostracismo.

Así y casi como el remedo de una pareja por conveniencia, que disimuló sus tumbos con lógica únicamente política (tal vez porque dicen que el amor no es eterno), la ruptura se produjo. El vínculo apenas duró un verano. Lo suficiente como para que los resquemores de propios y extraños trasciendan más allá de las buenas intenciones. En el medio, otra vez, las esperanzas del ciudadano al que poco le interesan las internas y las intrigas, y demasiado las excusas que a veces asume el bien común. ¿O acaso alguien puede olvidarse que estamos hablando nada más y nada menos que de seguridad?