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El embrujo del sillón

El caso de Néstor Kirchner no es el único, pero posiblemente sea el más paradigmático. El mismo hombre que como caudillo provincial, como gobernador de una provincia alejada, levantaba vehemente su voz en contra de la concentración del poder nacional, el mismo hombre que peleaba por el porcentaje de su coparticipación, por las regalías petroleras, que lograba un impuesto que aún pagamos todos los argentinos en cada boleta de servicio eléctrico para compensar las inequidades de su tierra, ese mismo hombre cuando llegó a la cima, lejos de desbaratar la perversión del sistema de coparticipación nacional, profundizó hasta límites increíbles, la concentración económica, y por ende política, del sistema presidencialista argentino.

¿Perversión?, ¿crueldad?, ¿encarnación de un modelo típicamente peronista de ejercicio del poder?. O, ¿el espíritu de Rivadavia –el hombre que impuso la Constitución Unitaria en el país allá por 1826—que aún sigue rondando y contagiando a los que llegan al sillón más anhelado por los políticos argentinos?

La historia de la concentración del poder por estas latitudes es más antigua que la existencia del propio país. Al mismo inmigrante europeo que llegaba al norte de América y le daban un pedazo de tierra para que se arraigara (desarrollo incipiente de EEUU), cuando llegaba al Río de la Plata le advertían que aquí sería libre y tendría trabajo pero que nunca llegaría a propietario: los latifundios ya tenían nombre y doble apellido.

Fue un presidente cuyano, Sarmiento, quien horrorizado con las consecuencias a mediano y largo plazo que esa concentración traería aparejada, intentó revertirla. Así hoy cuando uno sobrevuela la provincia de Buenos Aires puede encontrar un ejemplo a simple vista de lo que Argentina podría haber sido: en Chivilcoy las parcelas repartidas por Sarmiento aún sobreviven en su mayoría. Es el único distrito de la rica Pampa Húmeda, que no tiene grandes extensiones de tierra bajo un único dueno.

Así como en un inicio fueron pocos los duenos de las tierras, de la misma manera el sistema de articulación de poder en el país, siempre intentó responder a unos pocos y cuanto más cercanos al centro neurálgico (es decir la Capital Federal), tanto más funcional.

Porque hay que decirlo con todas las letras, la Argentina es federal sólo en los manuales escolares. Eso de que Dios es argentino pero atiende en Buenos Aires es la constatación en el imaginario popular de que no importa si el gobernante de turno proviene del rincón más olvidado del interior. Una vez que se instala en la gran Ciudad es absorbido por una fuerza centrífuga que lo desnaturaliza y lo hace olvidar su origen.

Kirchner lejos de ser la excepción, llevó al extremo esa concentración del poder y hasta perfeccionó sus mecanismos. Porque si hoy los gobernadores de las provincias del interior deben preocuparse por estar bien con el poder de turno, quien más depende de la Nación es Buenos Aires. Al lado de los problemas que puede tener Celso Jaque para conseguir fondos para Mendoza, Daniel Scioli ya sabe que tiene tres mil millones de déficit en sus arcas al 1 de marzo y que el proyectado a fin de ano supera los siete mil millones.

¿Puede gobernar sin Kirchner?, ¿Puede decir, por ejemplo si lo pensara o quisiera,  que la reconstrucción del Partido Justicialista es una farsa?, ¿Puede querer sentarse en la misma mesa con el resto de los gobernadores justicialistas para intercambiar opiniones sin que Néstor estalle en un ataque de furia?, ¿Puede ejercer realmente el poder para el que lo votaron millones de bonaerenses?, ¿Puede realmente ser independiente?

Hasta que Kirchner llegó a la Casa Rosada, los gobernadores bonaerenses se habían sabido arreglar para mantener cercada políticamente la provincia. Por tradición, no existía la posibilidad de que un intendente del conurbano accediera al poder central, ni viceversa: los Presidentes de turno si querían el apoyo político del conurbano tenían que negociar inexorablemente con el gobernador.

Kirchner rompió con todo eso. Hoy los intendentes bonaerenses viajan más a la Capital que a La Plata. A tal punto llevó su concentración del poder que hoy el gobierno nacional no tiene siquiera el contrapeso de la potente provincia de Buenso Aires.

Pero además en una gestión que gobierna con el termómetro del periodismo capitalino, midiendo los centímetros publicados, los epígrafes, los minutos radiales y televisivos, ni siquiera la visión del país puede ser federal. Un tren bala a Córdoba que vale mil quinientos millones de dólares y que transporta personas hacia y desde la Capital Federal, es título de tapa. Es una acción a vender y a promocionar. La reactivación del corredor trasandino que abriría el paso bioceánico que inexorablemente necesita la Argentina, no pasa nunca del anuncio. Claro, el trasporte de mercadería hacia el Pacífico que implicaría dejar de depender de Buenos Aires, es una visión estratégica a largo plazo que no está atada a las elecciones del ano que viene. Ergo, no está en agenda.

Ahora bien ¿toda la culpa la tiene Néstor? Obviamente que no. El peso de la institucionalidad, la responsabilidad del cumplimiento de la Constitución, excede y no sólo geográficamente la oficina del Dique 2 de Puerto Madero.

Pero ahí se necesitan líderes regionales fuertes, sólidos intelectualmente, con una visión de país, con las agallas necesarias para soportar el destierro político en post de un futuro de grandeza. No la obsecuencia cotidiana, el individualismo y las actitudes abyectas.

El instrumento está en manos de los legisladores de turno. Diputados y Senadores deberían dar hoy ejemplo de independencia política.

Pero mientras los ATN (Aportes del Tesoro Nacional) sigan siendo discrecionales, mientras sigamos publicando índices de crecimiento del país increíbles y sin embargo los legisladores sigan levantando la mano sin ruborizarse a la hora de votar la ley de emergencia económica, mientras ningún empresario se atreva a responder con un cross de derecha la irrespetuosidad cotidiana de Guillermo Moreno en las reuniones privadas,  la inmadurez política e intelectual estará a la orden del día.



Nota de la autora

Hace unos días un funcionario nacional fue invitado a participar de un acto con Cristina Fernández. El convite incluía viajar al lugar del encuentro con la Presidenta, así que el funcionario en cuestión aprovechó la ocasión para contarle todos los proyectos en los que estaba trabajando. Cristina se entusiasmó hizo preguntas, preguntó plazos y tiempos de anuncios, etc. Un día después el mismo funcionario recibió un llamado desde la oficina de Dique 2 de Puerto Madero. Néstor Kirchner en persona le pedía que fuera más medido con las cosas que le contaba a la Presidenta: “no quiero que se atolondre con tantas cosas…”. Si algún lector se pregunta por qué en un artículo donde se habla de concentración del poder, de coparticipación y de falta de federalismo no se nombra en ningún momento a la actual Presidenta, espero que la anécdota sirva por sí misma de respuesta.