"Política y comunicación oficial, un dúo que no ha ensayado"
La comunicación y la política deben ir de la mano, pero debe ser la política la que provea los insumos para la comunicación. Si se quiere invertir la carga y pretender que sea la comunicación la que genere réditos para la política, estamos frente a un grave problema que "sin dudas- no es comunicacional, si no que es claramente, político".
Comunicar la gestión pública es uno de los desafíos más audaces y riesgosos para un profesional. Requiere conocimientos, herramientas técnicas, capacidad de negociación, simpatía, un buen equipo de trabajo, pero también y primordialmente, saber “qué” decir y “para qué” decirlo. Eso, en política, implica nada más ni nada menos que un discurso, una concepción del mundo que aplica a ese mensaje, una política. Si esto está, cualquier buen comunicador, aunque le falten algunos ítems a su perfil, podrá encontrar los caminos más pertinentes y adecuados para expresarlos. Sabrá “cómo” decir ese “qué”, en el mejor momento, y a través de los mejores medios o canales.
Tal vez el mayor problema sea partir de la desconfianza que genera lo público. Pero también de la que produce la actividad política en la Argentina. Sin embargo, y más allá de la adversidad, es posible establecer relaciones y vínculos con los periodistas y los medios, para –a través de ellos- llegar a la ciudadanía; que es el objetivo no sólo del Gobierno, sino también de los opositores y de todos aquellos cuantos realicen una tarea con proyección social, o que vean en esa sociedad un potencial mercado al cual ofrecerle sus productos o servicios. Se establece así una disputa simbólica por la atención y preferencia pública en la que termina imponiéndose aquel que con mejor capacidad pueda acertar en el mensaje, el medio y la ocasión.
Claro, en Argentina, y también en Mendoza, la relación se ve enrarecida cuando la pauta publicitaria oficial suele ser orientada más que a la difusión constitucional de los actos de gobierno, a generar efectos disciplinatorios entre las empresas periodísticas. Así, y siguiendo el refrán que indica que “billetera mata galán”, la comunicación pública suele reducirse a una mera transacción comercial, que como cualquier vínculo de esa especie tiene mejores y peores momentos según la satisfacción de las expectativas que se ofrezcan. Sin embargo, ahí no se agota el asunto.
Hace unos días Celso Jaque convocó a su gobierno a un retiro espiritual en Uspallata. Del encuentro, y ya en su diálogo con la prensa, una de las conclusiones a las que se arribó, es que el gobierno “comunica mal”. Según el gobernador y los asistentes al cónclave, esto es así pues “durante este tiempo hemos estado ocupados en gobernar”, se excusó, en relación a estos breves pero más que intensos dos meses de gestión. Pero, las crónicas periodísticas describen que a esa síntesis se llegó luego de la disertación del sociólogo Carlos La Rosa, analista político del diario Los Andes, invitado especial en la jornada.
Los abogados dirían que “a confesión de partes, relevo de pruebas”, por lo que daremos por sentado que el gobierno, efectivamente, comunica mal. Y el asunto, puestos de lleno a analizar las taras (ahora públicas) del gobierno y la comunicación, deja alguna preciosa tela para cortar, que justamente hablan de la escasa vocación comunicacional, pero también de los errores políticos que sustentan esos tropezones que luego son (valga la redundancia) comunicados como “mala comunicación”.
Mientras afuera del recinto un grupo numeroso de periodistas se peleaban por saber qué pasaba allá dentro; un periodista de uno de los diarios que tiene Mendoza, daba sus impresiones de lo que ese mismo gobierno que lo había invitado debía hacer o no hacer en diversos órdenes de la gestión; incluso y particularmente, la comunicación.
Seguramente la elección de La Rosa no fue casual ni azarosa desde ningún punto de vista. La mayoría de los funcionarios allí presentes tienen profunda admiración por el ex ministro de José Bordón, incluso desde mucho antes, cuando todos eran simples militantes justicialistas, y aquel, un lúcido profesor universitario, locuaz funcionario y luego asesor calificado del ex gobernador. Aunque, tampoco deba dejarse de lado que la pertenencia de La Rosa a un diario tan tradicional como Los Andes, seguramente también haya pesado a la hora de la elección, a pesar de las duras críticas que éste ha vertido sobre el jaquismo.
Cuando algunos colegas preguntaron a los voceros oficiales porqué había solo un medio y un periodista invitado a dar su parecer sobre la marcha del gobierno, la respuesta fue que en futuros encuentros otros periodistas, de otros medios, también tendrán su oportunidad. Aunque lo que no se sabe es si todos, como La Rosa, aceptarán ese convite. Habrá que ver. El debate se produce entre la sana colaboración con un gobierno que reconoce su falencia y la utilización política que pueda tener esa mirada profesional. Y eso, ya entra entonces no sólo en el marco de la tarea periodística, sino también en el plano de la ética periodística e implica, entonces, decisiones que exceden la sola convocatoria oficial.
Según los presentes, fue precisamente La Rosa quien le dijo al gobierno que “comunica mal”, una idea con la que el gobernador coincidió y aceptó como crítica. Es de imaginar el pesar del responsable del área, el joven funcionario Lautaro Vicario, quien en esos momentos estaba más preocupado por mantener alejado del predio a aquellos otros periodistas que pugnaban por saber de qué se trataba. De lo que se trataba, entre otros temas, era de cuestionar –justamente- la labor del “cuidador”.
Incluso, y al ver al día siguiente su tarea tan fuerte y críticamente analizada en los diarios del domingo, y a su propio jefe aceptando con templanza la falencia, (recordemos, la ineficiencia de la comunicación) Vicario se convirtió en el principal damnificado de ese encuentro. Su labor (o lo que debería ser) fue defenestrada y considerada negativamente a la vista -y a las cámaras y los grabadores- de todos.
Hasta aquí, y como se ve, un dislate en el que lo que menos prima es la comunicación. Ante tal situación, y en una respuesta desmesurada a una pregunta sobre el costo del “retiro espiritual” brotó el enojo oficial. Jaque dijo que los periodistas deben capacitarse. Una sana recomendación que bien sirve para toda persona que desarrolle cualquier oficio o profesión, pero que aquí es planteada como una verbigracia por “porqué no preguntás algo más interesante”, o que al menos al gobernador así le resulte. En todo caso, el costo del encuentro podrá ser barato o caro según las conclusiones a las que se lleguen, pero si una de esas conclusiones es que se comunica mal…
Sin embargo, no contento con eso, el gobernador también dijo que el gobierno provincial proveerá de fondos para que los periodistas de Mendoza cumplan mejor su tarea o perfeccionen su oficio.
Justamente, el mismo gobierno que minutos antes acepta ser ineficiente en la comunicación y en su vinculación con la sociedad a través de los medios, quiere ser el patrocinador del perfeccionamiento de los periodistas… Una cruel paradoja que no sería tal si en la mayoría de los casos, los sueldos y la idoneidad de los periodistas no fuera decidida todos los días tanto por los empresarios, como por las preferencias de los lectores, oyentes o televidentes.
Si a eso se le suma, al menos como percepción, que el gobernador quiere centralizar los anuncios, que algunos ministros y secretarios se muestran temerosos a hablar por los medios sin autorización (mientras otros se esconden de los periodistas), y que en definitiva, el gobierno no acierta a imponer sus temas en la agenda pública, el diagnóstico de La Rosa termina siendo válido.
Entonces, y ante tal catarata de tropezones y balbuceos, cabe preguntarse si efectivamente el gobierno comunica mal. O si en todo caso, al comunicar lo que pasa comete graves “sincericidios”; o lo que es peor aún, no se sabe qué se debe comunicar, ni lo que es más grave aún, para qué. Y con tristeza, esta última variable parece ser la más probable cuando, por estos días, ese mismo gobierno que afirma comunicar mal se ve envuelto en una feroz interna producto de lo que debería ser su columna vertebral según su campaña electoral: el manejo de la seguridad. Para muestra basta un botón (y no se crea que la expresión contenga acaso segundas intenciones).
Es cierto que la comunicación suele ser la variable de ajuste de la política. Generalmente cuando se quieren destacar las dotes de un político carismático, se dice de él que es “un gran comunicador”; pero también a la hora de minimizar los logros de un fulano y decir que sus propuestas no tienen fundamento, se asegura que lo suyo es “puro márketing”. Asimismo, estamos acostumbrados a que cuando las cosas en la gestión andan mal, inmediatamente se le echa la culpa a la comunicación. Así, de un plumazo. Aunque, no sea muy frecuente ver que cuando las masas aclaman a sus líderes por haber actuado en consecuencia con sus promesas o sus ideas, se diga que la comunicación hizo bien su tarea.
La comunicación y la política deben ir de la mano, pero debe ser la política la que provea los insumos con los que luego se comunicará. Si se quiere invertir la carga y pretender que sea la comunicación la que genere réditos para la política, estamos frente a un grave problema que –sin dudas- no es comunicacional, si no que es claramente, político.
Así como comunicar no es gobernar, tampoco puede decirse que con ejercer el poder alcanza. Es preciso elaborar una delicada alquimia de factores para que la comunicación pueda pulir aquello que ya tiene brillo propio. De lo contrario, la opacidad será el tono recurrente del cruce de un dúo que si no es casi perfecto, suele sonar desafinado.
Los abogados dirían que “a confesión de partes, relevo de pruebas”, por lo que daremos por sentado que el gobierno, efectivamente, comunica mal. Y el asunto, puestos de lleno a analizar las taras (ahora públicas) del gobierno y la comunicación, deja alguna preciosa tela para cortar, que justamente hablan de la escasa vocación comunicacional, pero también de los errores políticos que sustentan esos tropezones que luego son (valga la redundancia) comunicados como “mala comunicación”.
Mientras afuera del recinto un grupo numeroso de periodistas se peleaban por saber qué pasaba allá dentro; un periodista de uno de los diarios que tiene Mendoza, daba sus impresiones de lo que ese mismo gobierno que lo había invitado debía hacer o no hacer en diversos órdenes de la gestión; incluso y particularmente, la comunicación.
Seguramente la elección de La Rosa no fue casual ni azarosa desde ningún punto de vista. La mayoría de los funcionarios allí presentes tienen profunda admiración por el ex ministro de José Bordón, incluso desde mucho antes, cuando todos eran simples militantes justicialistas, y aquel, un lúcido profesor universitario, locuaz funcionario y luego asesor calificado del ex gobernador. Aunque, tampoco deba dejarse de lado que la pertenencia de La Rosa a un diario tan tradicional como Los Andes, seguramente también haya pesado a la hora de la elección, a pesar de las duras críticas que éste ha vertido sobre el jaquismo.
Cuando algunos colegas preguntaron a los voceros oficiales porqué había solo un medio y un periodista invitado a dar su parecer sobre la marcha del gobierno, la respuesta fue que en futuros encuentros otros periodistas, de otros medios, también tendrán su oportunidad. Aunque lo que no se sabe es si todos, como La Rosa, aceptarán ese convite. Habrá que ver. El debate se produce entre la sana colaboración con un gobierno que reconoce su falencia y la utilización política que pueda tener esa mirada profesional. Y eso, ya entra entonces no sólo en el marco de la tarea periodística, sino también en el plano de la ética periodística e implica, entonces, decisiones que exceden la sola convocatoria oficial.
Según los presentes, fue precisamente La Rosa quien le dijo al gobierno que “comunica mal”, una idea con la que el gobernador coincidió y aceptó como crítica. Es de imaginar el pesar del responsable del área, el joven funcionario Lautaro Vicario, quien en esos momentos estaba más preocupado por mantener alejado del predio a aquellos otros periodistas que pugnaban por saber de qué se trataba. De lo que se trataba, entre otros temas, era de cuestionar –justamente- la labor del “cuidador”.
Incluso, y al ver al día siguiente su tarea tan fuerte y críticamente analizada en los diarios del domingo, y a su propio jefe aceptando con templanza la falencia, (recordemos, la ineficiencia de la comunicación) Vicario se convirtió en el principal damnificado de ese encuentro. Su labor (o lo que debería ser) fue defenestrada y considerada negativamente a la vista -y a las cámaras y los grabadores- de todos.
Hasta aquí, y como se ve, un dislate en el que lo que menos prima es la comunicación. Ante tal situación, y en una respuesta desmesurada a una pregunta sobre el costo del “retiro espiritual” brotó el enojo oficial. Jaque dijo que los periodistas deben capacitarse. Una sana recomendación que bien sirve para toda persona que desarrolle cualquier oficio o profesión, pero que aquí es planteada como una verbigracia por “porqué no preguntás algo más interesante”, o que al menos al gobernador así le resulte. En todo caso, el costo del encuentro podrá ser barato o caro según las conclusiones a las que se lleguen, pero si una de esas conclusiones es que se comunica mal…
Sin embargo, no contento con eso, el gobernador también dijo que el gobierno provincial proveerá de fondos para que los periodistas de Mendoza cumplan mejor su tarea o perfeccionen su oficio.
Justamente, el mismo gobierno que minutos antes acepta ser ineficiente en la comunicación y en su vinculación con la sociedad a través de los medios, quiere ser el patrocinador del perfeccionamiento de los periodistas… Una cruel paradoja que no sería tal si en la mayoría de los casos, los sueldos y la idoneidad de los periodistas no fuera decidida todos los días tanto por los empresarios, como por las preferencias de los lectores, oyentes o televidentes.
Si a eso se le suma, al menos como percepción, que el gobernador quiere centralizar los anuncios, que algunos ministros y secretarios se muestran temerosos a hablar por los medios sin autorización (mientras otros se esconden de los periodistas), y que en definitiva, el gobierno no acierta a imponer sus temas en la agenda pública, el diagnóstico de La Rosa termina siendo válido.
Entonces, y ante tal catarata de tropezones y balbuceos, cabe preguntarse si efectivamente el gobierno comunica mal. O si en todo caso, al comunicar lo que pasa comete graves “sincericidios”; o lo que es peor aún, no se sabe qué se debe comunicar, ni lo que es más grave aún, para qué. Y con tristeza, esta última variable parece ser la más probable cuando, por estos días, ese mismo gobierno que afirma comunicar mal se ve envuelto en una feroz interna producto de lo que debería ser su columna vertebral según su campaña electoral: el manejo de la seguridad. Para muestra basta un botón (y no se crea que la expresión contenga acaso segundas intenciones).
Es cierto que la comunicación suele ser la variable de ajuste de la política. Generalmente cuando se quieren destacar las dotes de un político carismático, se dice de él que es “un gran comunicador”; pero también a la hora de minimizar los logros de un fulano y decir que sus propuestas no tienen fundamento, se asegura que lo suyo es “puro márketing”. Asimismo, estamos acostumbrados a que cuando las cosas en la gestión andan mal, inmediatamente se le echa la culpa a la comunicación. Así, de un plumazo. Aunque, no sea muy frecuente ver que cuando las masas aclaman a sus líderes por haber actuado en consecuencia con sus promesas o sus ideas, se diga que la comunicación hizo bien su tarea.
La comunicación y la política deben ir de la mano, pero debe ser la política la que provea los insumos con los que luego se comunicará. Si se quiere invertir la carga y pretender que sea la comunicación la que genere réditos para la política, estamos frente a un grave problema que –sin dudas- no es comunicacional, si no que es claramente, político.
Así como comunicar no es gobernar, tampoco puede decirse que con ejercer el poder alcanza. Es preciso elaborar una delicada alquimia de factores para que la comunicación pueda pulir aquello que ya tiene brillo propio. De lo contrario, la opacidad será el tono recurrente del cruce de un dúo que si no es casi perfecto, suele sonar desafinado.

