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"El hombre que debe recuperar su eje"

Administrar el día a día no debería impedirle asumir lo que significa ser gobernador, poniendo inteligencia y racionalidad en la proyección de Mendoza. Tal vez sea hora de que aquel Jaque previsible y ordenado recupere terreno frente a este otro que aparece hiperactivo, pero desbordado.

Celso Jaque se ha mostrado siempre como un político distinto. Supo, desde un distrito lejano y olvidado como el de Malargüe, sobresalir y mostrar una gestión. No fue poco el esfuerzo, los 425 kilómetros que separan a la capital provincial de aquel departamento son tentadores a la hora del olvido y el asilamiento. Sin embargo, ese inquieto dirigente justicialista, afiliado al partido en el retorno democrático de 1983, padre de dos hijas y con una experiencia militante en la Facultad de Ciencias Económicas, donde obtuvo el título de contador público nacional, se animó al desafío. Construyó su eje con trabajo, paciencia, tesón y equilibrio.

Fue ese mismo dirigente quien entre el ‘91 y el ‘95 había sido diputado provincial, el que mostró una tarea ordenada que le permitió que sus coterráneos lo reeligieran como intendente y que todos destacaran sus dotes de hacedor, pero también de político campechano y sencillo, que no se la creía a pesar de sus títulos. Casi como al estilo de los caudillos de antes, atentos a todas las necesidades de su comunidad. No en vano su primer eslógan de campaña fue “preguntá en Malargüe”, conciente de que allí, en ese mano a mano con los malargüinos, está el potencial de su capital político que le permitió gobernar del ‘95 al ‘99 y posteriormente, del ‘99 al 2003.

Ese fue el Jaque que supo, con habilidad y también con hechos, achicar esas distancias y que se empezara a hablar de Malargüe: de su Fiesta de la Nieve, de su festival del Chivo, de Las Leñas, de los Castillos de Pincheira, pero también de su plan estratégico municipal, del obsevatorio Pierre Auger, de la incubadora de empresas, del centro Thesaurus, etcétera. Es decir, de aunar racionalidad con política, gestión con resultados, problemas con soluciones. En definitiva, lo que todo ciudadano pretende cuando elije a un representante.

Luego, su paso por el Senado de la Nación a partir del 2003 fue el perfecto trampolín para lo que era su meta inmediata, la gobernación. Desde allí tomó dimensión nacional, perspectiva de la provincia y cuál era la mejor forma de cumplir su cometido. Para esa tarea se preparó durante un buen tiempo, e hizo de su convicción, la mayor fuente de militancia. Con un fervor y un entusiasmo que contagiaba, sin desdeñar ningún espacio, ningún debate, caminando y recorriendo cada rincón de la provincia. Enfrentó una elección interna y luego la general, en una campaña larguísima, agotadora, inhumana, pero a la que encaraba con una convicción casi religiosa.

Su victoria tomó a muchos por sorpresa, pero tal vez sea la consecuencia natural de su predisposición y obsesión. Por el poder, pero también por la concreción de algo que él mismo admite haberse fijado como un objetivo personal. Ese trabajo, tiene para los creyentes como Jaque, un premio que no sólo es celestial, sino también, terrenal. Y así lo militó y lo logró.

Tras los festejos y la euforia, comenzaron los problemas. El eje de ese hombre capaz de sobreponerse a todas las dificultades, los resquemores de su propio partido, la subestimación de sus adversarios e incluso la de los vacuos que se posan en el aspecto físico, comenzaba a correrse. El gabinete ideal que nunca logró cristalizar; su conformidad ante la realidad de articular un equipo en el que no sobresalen ni los nombres ni las trayectorias; una particular manera de entender la transición que no hizo más que fagocitar lo que debería haber sido su luna de miel; y en fin, una serie de sucesos que fueron –lentamente– desdibujando a aquel “héroe” del 28 de octubre.

Preso de su promesa para disminuir el delito; enredado en la confusa trama de los 40 millones para seguridad; condicionado por la entrega del Ministerio de Seguridad al PD (y con ello, la feroz interna desatada por el caso Rico); desgastado por dos episodios pedestres pero que sin embargo impactaron fuerte en la población como el cambio de horario y la decisión de no discutir las cifras nacionales del Indec; hicieron que la figura del gobernador se haya visto seriamente dañada en sólo 60 días.

Aún así, hasta tuvo decisiones polémicas que significan conflictos o debates a plazo como: la caída de los contratos de empleados públicos; la presentación de un presupuesto deficitario; su apariencia permeable a la concesión hacia ciertas corporaciones como por ejemplo la Iglesia; y hasta el permanente equilibrio que debe hacer con la Nación para no despotricar “por la pesada herencia” y herir, ni más ni menos, que al vicepresidente de su amada Cristina Kirchner.

Hasta el momento, tal vez por su excesivo rigor, o su profundo celo a controlar cada detalle de su gobierno, el Jaque distendido y creativo, preparado para la función y audaz, ha cedido paso al hombre reservado, a menudo malhumorado, que reta a diestra y siniestra, y que no puede resolver el tremendo nudo político que él mismo –con sus socios en el poder– ha creado.

Un intríngulis en el que –básicamente- lo que se debería discutir es cómo hacer frente a los desafíos que a diario propone la gestión, y en particular, la seguridad; y que sin embargo, de lo que se discute es de la puja entre progresistas y conservadores por el control del rumbo de esa política que hasta hoy, es nada. Sólo peleas e internas, con amenazas de renuncias por derecha e izquierda, con operaciones y declaraciones cruzadas en el mismo gabinete. Y en un escenario en el que el PJ, o al menos sus caciques más significativos, todavía no entra en escena, a pesar de los cuestionamientos que estos dicen tener por lo bajo y siempre en estricto off the record.

Administrar el día a día no debería impedirle a Jaque asumir lo que significa ser gobernador, poniendo inteligencia y racionalidad en la proyección de la Mendoza que viene. Su obsesión por los detalles, no le debería impedir manejar las escalas de este desafío que tanto anheló.

Tal vez sea hora de que el Jaque previsible y ordenado recupere terreno frente a este otro que aparece hiperactivo pero desbordado. Un dirigente que asoma como personalista, pero que no logra desactivar todas las bombas que sus propios funcionarios parecen ponerle, (por acción u omisión) casi como un acto de inmolación; o al menos, como la más patente señal de la puja entre las ganas y la impotencia.