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De Alfonsín a Santa Rosa

A veinticinco años de la recuperación del estado de derecho, el balance es difuso. En especial si se toma en consideración la larga cadena de errores repetidos que han hecho de este tiempo, un cuarto de hora propicio para vivillos, arribistas y pícaros de toda laya y doctrina. ¿No estaremos reemplazando a la democracia por algo que se le parece pero que indudablemente no es?

Esta semana fue la semana de los contrastes. Mientras el aniversario del retorno democrático despertaba cataratas de reflexiones de unánime corte institucional, la provincia vivía una turbulencia advertida pero no resuelta por la clase dirigente mendocina.

Mientras la figura de Raúl Alfonsín se tomaba un apronte más para legitimarse como la del respetado estadista, que tras conquistar el poder con un discurso alejado del rencor y bajo una amplia convocatoria al desafío que suponía la vida en libertad luego de las atrocidades de la dictadura; en Santa Rosa un pequeño pueblo del Este provincial, un proceso más virulento que racional, más personal que político, empezaba a llevarse puesto a un intendente votado mayoritaria y legítimamente hace un año.

Mientras una generación que no vivió aquellos días se disponía a evocar aquel Alfonsín que supo además enfrentar a aquellos despiadados generales mediante un juicio justo y con las garantías del debido proceso acorde a los nuevos tiempos de la República, en Santa Rosa las pasiones de comarca sin ninguna conducción, ni partidaria, ni muchísimo menos gubernamental, sumían a ese pueblo en un nuevo escándalo político.

Pero no se trata aquí ni de igualar a los genocidas con un intendente de la democracia, ni al juicio a las juntas militares con un proceso de separación realizado según dictados constitucionales. Ni mucho menos de anticipar una defensa cerrada de un funcionario comunal. Sería un tremendo despropósito. Simplemente, la seguro exagerada figura, viene a cuento para tomar dimensión de la madurez y consistencia democrática de un país que vivió y vive siempre al filo. Una sociedad que confronta hasta el límite de jugar con fuego, y que ni siquiera parece aprender de sus experiencias históricas.

Sin embargo, y más allá de las razones psicológicas o sociológicas, bien vale preguntarse qué cosas cambiaron para que éste sea el presente. Al menos en nuestra a menudo tranquila Santa Rosa. ¿Qué pasó entre el gobernador Celso Jaque y el intendente Sergio Salgado para que ese joven al que el entonces candidato peronista ponía siempre de ejemplo de esfuerzo, haya tenido que asumir su separación sin que casi nadie le dé una mano? ¿Qué pasó para que todo un Concejo Deliberante se haya puesto en contra del intendente? ¿Será cierto que cuando el intendente Salgado advirtió al gobierno de la situación que vivía, el entonces ministro Juan Marchena se reunió con contendientes y se puso de lado de los concejales? ¿Tan estrepitosas fueron las gestiones de Mario Adaro y de la propia diputada nacional Patricia Fadel que no pudieron convencer a los concejales del PJ para que el intendente corriera mejor suerte? ¿Ni siquiera las amenazas de sanciones partidarias alcanzaron para detener un proceso que a todas luces aparece como apresurado? ¿Cuáles son “los acuerdos previos” que los propios peronistas dicen que Salgado ya en el poder no cumplió? ¿Torpeza, ingenuidad o pase de facturas varias?

Tal vez todas las respuestas nunca lleguen. Y lo peor de todo es que sea el mismo Salgado quien está convencido que el cuarto piso de la Casa de Gobierno no jugó como alguien “del palo” se merecía. Pero más allá de las especulaciones internas, un frío sudor corre en esas mismas oficinas cuando creen ver en Santa Rosa un maléfico virus de alto impacto y gran poder de contagio, cuya capacidad de difusión puede ser insospechada. En rigor de verdad, más que la suerte del intendente, el real miedo que el caso Santa Rosa produce, es que su ejemplo sea tomado como una avanzada jacobina en la que la voluntad de algunos cuantos heridos de la interna del PJ, más algunos otros oportunistas de la oposición o el oficialismo, terminen gestando procesos similares en municipios diversos, y porqué no, alcanzando aún mayor dimensión.

De ser así, la democracia podría enfrentar serios riesgos. Justamente, por aquellos días previos a las elecciones de octubre de 1983, Raúl Alfonsín escribía: “La democracia no es sólo una forma de elección de los gobernantes. Es, antes que nada, una manera de organizar social y políticamente un país; se concreta a lo largo del desarrollo de las sociedades. Requiere de historia para funcionar.”

Y agregaba: “Lo grave de la situación argentina es que hemos desandado el camino de la democracia. El último medio siglo ha deteriorado la organización democrática de nuestro país (…) Uno de los sistemas que más atentan contra la democracia es aquel que se le parece, pero no es. Y a esta altura de la historia del país, luego de la experiencia autoritaria de los últimos años, sería un error trágico que la alternativa fuera algo parecido a la democracia, vestida con sus ropas, pero superficial y tramposa”.

Cualquier parecido con alguna realidad, presente o futura, nos exime de mayores comentarios.