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El duro y difícil calvario del jaquismo

La renuncia de Marchena, la pelea con los intendentes y la crisis de Santa Rosa configuraron las estaciones principales y recientes del suplicio oficialista. El polémico rol de Cazabán y las tensiones explícitas y latentes en el amplio arco peronista que no se pone de acuerdo en la forma de gobernar, conducir y ejercer el poder.
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La salida de Juan Marchena del gabinete de Celso Jaque terminó por complicar el panorama preanunciado con el mini estallido en Santa Rosa y la escenificada reunión del gobernador con los intendentes del PJ y sus diputados nacionales. La bomba explotó porque se ha instalado la idea que quien gobierna no conduce, y que quien conduce no gobierna. Así de simple y así de claro, sube a superficie cuando la racionalidad llega a los discursos de los protagonistas que de uno u otro lado del oficialismo, se quejan contra el gobierno.

La crisis santarrosina había advertido y dejado en claro que las urgencias financieras pueden poner en serio riesgo la continuidad social de algunos municipios. Y si bien el conflicto logró encapsularse en 24 horas, sirvió como esos buenos traileres de las películas que en muy poco tiempo, cuentan casi toda la trama de la cinta preanunciando su final. Ninguno de los intendentes de los municipios grandes quiso ponerse en el lugar de Sergio Salgado, y tal vez por eso la lección sirvió para apurar la postergada reunión con los funcionarios provinciales, tras quince días de cruces mediáticos.

Aquella cena, de la que de inmediato se difundieron versiones conciliadoras y políticamente correctas de promesas y respaldos mutuos, fue en estricta razón una tregua momentánea planteada por intendentes disconformes, cansados y muy preocupados. A pesar de lo que declararon en público, dicen –con bronca- estar hartos del ninguneo, de la negociación con interlocutores a los que no creen capacitados, y que encima de todo, están poniendo en peligro las chances del peronismo en el poder.

Más allá de eso, y a pesar de seguir públicamente bancando la gestión, los caciques quieren que se abra el gabinete para poder incidir directamente en las políticas provinciales. Y ponen como ejemplo el Ministerio de Seguridad, donde desde la llegada de Carlos Ciurca y a pesar de las dificultades por todos conocidas, hay funcionarios activos que participan de la gestión poniendo –literalmente- el pecho a las balas. No pueden decir lo mismo de otras carteras.

Sin embargo, y en la misma línea, el ministro de Gobierno Juan Marchena, que debería haber sido principal protagonista de estas negociaciones razonó que ya no tenía más sentido cumplir un rol deslucido, de escaso poder, y de muy corto alcance; siempre lejos de lo que se supone es responsabilidad del ministro político. Ni la lealtad partidaria de la que debería dar ejemplo como presidente del PJ alcanzó para contenerlo en el gobierno, cuando tremenda batalla, de orden financiero pero de trasfondo eminentemente político, lo volvía a dejar de lado. Y lo que es peor, con el aval del propio Jaque.
 
Como se ha venido diciendo desde un tiempo a esta parte, , sus rispideces con el secretario general de la Gobernación Alejandro Cazabán han resultado una sangrienta disputa que terminó con el segundo ministro en menos de un año, tras la salida de Juan Carlos Aguinaga. Y más allá de las especulaciones, tanto las acusaciones cruzadas desde el cuarto piso de Casa de Gobierno que señalan que Marchena nunca estuvo a la altura de las circunstancias, como las que ven en Cazabán al nuevo Rasputín del jaquismo, lo cierto es que la crisis interna lejos de saldarse parece recién estar empezando.

Especialmente porque la eyección de Marchena caldeó los ánimos de la militancia territorial que ve cómo lentamente ese gobierno por el que debió luchar durante ocho años se está diluyendo tras las decisiones de un círculo al que tildan de desconocer la realidad (en el mejor de los casos), o de negador y autista (en el peor). Sin embargo, no son los únicos, los legisladores provinciales también se sienten ignorados olímpicamente, casi en la misma sintonía que los intendentes.

En algo coinciden todos los heridos. Cazabán –dicen- ha concentrado el poder de las grandes decisiones, mientras Jaque parece asentir esta polémica estrategia y división de roles. La paradoja, razonan, es que quien debería gobernar y conducir, no lo hace; y por ende, su poder –también diluido y minimizado ante la opinión pública- es acaparado por aquel que con amplias facultades para mover fichas en el tablero oficial, hace y deshace a su arbitrio.

Otra versión del mismo asunto refiere que Cazabán no es ni más ni menos que el intérprete perfecto de las decisiones de Jaque. Y que en todo caso, su obediencia debida y la fama que acarrea su breve pero intensa trayectoria, terminan por hacerlo jugar un rol de monje negro que le seduce pero que no cumple. Aquí, quien gobierna simplemente le dejaría conducir a Cazabán un proceso complejo que sin embargo, y pesar de los esfuerzos, no logra despegar.

En ambos casos y lejos de estos dos extremos, tanto en el PJ como en el oficialismo en general hay quienes advierten que esta puja desnuda una especie de sensación de vacío político que basa en las intrigas internas su esquema de gestión, y en el que consumada la partida de Marchena, parece ahora apuntar a otros ministros en una especie de virus que fagocita sin límites. Así las cosas, el jaquismo luce desmembrado y sin cauce, y lo que es peor, dispuesto a la confrontación inmediata que supone jugar el peligroso juego del ojo por ojo.

Necesariamente Jaque debe establecer un nuevo esquema de poder para el 2009 si no desea transformar su recorrido en un permanente flagelo que lentamente lo vaya desangrando como ha sucedido hasta ahora. El nuevo ministro deberá efectivamente hacerse cargo de los problemas que incluye su área, pues si se repite una presencia con poder acotado, los grandes problemas de Mendoza que merecen solución política del ministro político, seguirán postergados.

Tras estos acontecimientos deberá contemplar un nuevo pacto con los intendentes y un gabinete que exprese ese acuerdo. Pero, y fundamentalmente, debe disciplinar a la tropa propia que con sus demandas y tironeos dificultan aún más el tránsito y ponen a diciembre, mes en el que se evaluaría la gestión y se decidirían eventuales cambios, como un horizonte que aparece lejano, sufriente, ante tanta pirotecnia explotando a cada paso, y que cada vez lo deja más en soledad.

La encrucijada resulta vital para determinar si las decisiones y la autoridad son del gobernador, o si como se especula a mansalva, el poder que alguien sufre, otro lo goza.