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El balance de la gestión Marchena: un catálogo de lo poco que pudo hacer

El ex ministro de Gobierno hizo un tímido intento en marzo por liderar la relación con los intendentes a través de un foro que pretendía tratar temas como la coparticipación y la autonomía municipal, pero que sólo derivó en el trámite de créditos para la compra de maquinarias.

No se puede decir que Juan Marchena no lo intentó. En marzo, el ex ministro de Gobierno trató de gravitar en la relación del Poder Ejecutivo con los intendentes, una labor trascendental para cualquier jefe de la cartera política provincial. Convocó entonces al Foro de Intendentes, organismo en desuso, y recogió inquietudes municipales muy importantes, como el mejoramiento de la coparticipación municipal y el reclamo de autonomía.

El triste balance de ese foro es que Marchena apenas consiguió ser el gestor de préstamos para la compra de maquinarias, algo que está muy lejos de los objetivos y pedidos de fondo: el diseño de una nueva ley de reparto de los impuestos y una reforma constitucional que refleje la autonomía de las comunas. El resto quedó en la nada: después de marzo, el foro volvió a su sueño eterno y de ahí en adelante, los intendentes sólo tuvieron como interlocutor válido al supersecretario general de la Gobernación, Alejandro Cazabán, artífice en la sombra de la renuncia del presidente del PJ.

Un balance de la gestión Marchena que por estas horas circula por las redacciones gracias al área de prensa del Ministerio de Gobierno (ver nota adjunta) destacan otros logros de sus 10 meses en el Ejecutivo. Ciertamente, como refleja ese paper, el veterano justicialista marcó presencia en las tratativas para sellar el Pacto Educativo y también en el diseño de más de una decena de convenios del Pacto Social en Seguridad. Pero más allá de su aporte logístico en estas áreas, Marchena no logró acreditarse por esta vía logros concretos. Una de las razones es que, en ambos casos, los logros estaban sujetos a las gestiones de otros ministros. El Pacto Educativo es un plan que se cocina lento y que retrocede a pasos agigantados ante cada metida de pata de la titular de la DGE, Iris Lima. El acuerdo de la seguridad, un complejo programa donde su figura se oscurece detrás de la del propio gobernador Celso Jaque y del ministro Carlos Ciurca.

El ex ministro que se esforzó en vano en encontrar el espacio propio quedó así condenado a exhibir logros de menor peso, como el trámite de DNI (casi 14 mil, de acuerdo con el detalle oficial), algunas mejoras en el área de Trabajo gracias a los operativos de erradicación de trabajo infantil (en buena medida posibilitados por el ímpetu del subsecretario del área, Mario Adaro, quien asumió el cargo con la firme intención de tener vuelo propio), gestiones inconclusas para que Mendoza tenga una cárcel para presos federales y poco más.

Casi desapercibido pasó, por otro lado, que el Ministerio de Gobierno en la era Marchena haya convertido a la Provincia en querellante contra los delitos de lesa humanidad. No era para menos: entre las pesadillas políticas que le tocó vivir al ex ministro, un lugar privilegiado ocupa la pelea entre los funcionarios de Derechos Humanos que están bajo su área y la administración demócrata del Ministerio de Seguridad. Así, imposible que Marchena tuviera algo de brillo por sus propuestas en materia de derechos humanos. Menos en un contexto peligroso en el que cierta porción de la opinión pública, jamás combatida por Jaque, asimila la protección de los derechos individuales con la defensa de los delincuentes.

La realidad es que Marchena nunca fue un hombre de peso en el gobierno de Jaque, ni para adentro ni hacia afuera. La vez que intentó cuestionar políticamente a la oposición, el cobismo lo noqueó rápido por su debilidad interna. Fue el tiempo en que el intendente de Godoy Cruz, Alfredo Cornejo, sostuvo que Marchena estaba pintado al óleo en la gestión gubernamental.

Poco después, la realidad le daba chapa de visionario al aliado de Cobos: para definir cuestiones de plata u otros asuntos importantes, los intendentes propios y ajenos no tenían otra que acudir a la oficina de Cazabán en el cuarto piso de la Casa de Gobierno.

Marchena tampoco logró hacerse fuerte en la relación con la Legislatura. Otra vez triunfó en este aspecto la gran capacidad de eclipsarlo de Cazabán. Y para mal: principalmente en la Cámara de Diputados, Cazabán es casi mala palabra para la gente del oficialismo. Pero a su vez, lo ven como quien concentra el poder y tiene la palabra del gobernador. En cambio, no hubo en estos meses leyes importantes en la que apareciera la mano de Marchena.

El epílogo de su participación en el Gobierno encontró a Marchena tratando de acordar, a los tropezones, un arreglo con parte de los empleados públicos provinciales por la deuda de la antigüedad. Apenas una porción de otra tarea que debería haber asumido en su totalidad y que en realidad también pasaba por el escritorio de Cazabán: la relación del Gobierno con los sindicatos. Esto y la tramitación de documentos terminaron siendo desafíos muy pobres para un funcionario que en diciembre, sin dudas, imaginaba que tendría otro protagonismo.