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Cómo fue la transición en Mendoza

Victoria Mellado es investigadora y trabaja su tesis doctoral sobre la transición democrática. Cree que se trata de un particular período que inició el desembarco una nueva generación de dirigentes.

“La transición en Mendoza generó un alejamiento de los grupos políticos más tradicionales y trajo aparejada nuevas formas de operar. Pero y significativamente, supuso la inauguración de un proceso de incorporación de dirigentes que luego lograron trascendencia nacional, que rompió con la tradición periférica de la política mendocina”, asegura Virginia Mellado, socióloga e investigadora.


A mitad de camino entre Mendoza y París, donde es becaria del Ministerio de Educación de la Nación en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (EHESS) y de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, esta joven profesional lleva adelante una investigación junto a la historiadora Beatriz Bragoni titulada: Trayectorias y socialización de los grupos políticos de la transición democrática. “Básicamente estoy enfocada en el rol de los dirigentes mendocinos y los partidos en ese período que en el caso del la Unión Cívica Radical se caracteriza por el cambio de liderazgo; en el Partido Justicialista, por la aparición de un fenómeno determinante como el bordonismo y en el Partido Demócrata por la desaparición del marcado antiperonismo”, dice Mellado.

Sin embargo, la investigadora que también es docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCuyo y ex becaria del Conicet, considera que “hay características comunes, ya que se instituyen -con acciones concretas- fuertes defensas de los intereses provinciales que habían sido una bandera del PD. Entre ellos, la toma de los Nihuiles, de Felipe Llaver o la ley de fraccionamiento en origen de José Bordón”.

El resultado electoral de octubre del ’83 significó una clara renovación dirigencial. “En el PJ, la derrota desplazó a los viejos dirigentes expresados en la fórmula Motta-Spano. Pero también algo similar ocurrió en la UCR, que a pesar de haber conformado una fórmula generacionalmente equilibrada con Llaver-Genoud, implicó pasar a un segundo plano a dirigentes como Alfredo Mosso o Miguel Mathus Escorihuela. En el PD, en cambio, que llevó a Francisco Gabrielli como candidato a gobernador, este proceso no termina de completarse hasta la llegada de Gabriel Llano a la presidencia del partido recién en el ‘91”.

En tanto, la investigadora marca algunas características particulares, especialmente en cuanto al posicionamiento de los dirigentes y partidos. Así, y mientras la UCR mendocina se muestra como sostén del gobierno nacional de Raúl Alfonsín, (Raúl Baglini hizo campaña diciendo que era un “hombre de Alfonsín”), el PJ intenta reconstruir su poder desde la reconfiguración local más allá de la suerte nacional. El PD, por su parte, sufre las consecuencias de su participación en el gobierno militar, y de la desarticulación de la opción antiperonista,  a pesar de que plantea un claro interés en el “debilitamiento de las economías regionales producto de la caída del Grupo Greco”.

Más allá de esto, comienza a gestarse también a partir de la transición, el posicionamiento nacional de una nueva camada de dirigentes que tal vez alcanza durante la primera presidencia de Carlos Menem su apogeo. Allí “casi la mitad del gabinete eran mendocinos: Manzano, Bauzá, Dromi, Salonia… sin contar la importancia de otros dirigentes peronistas o no, como Becerra, Díaz, Genoud, Baglini…”.


La elección del 28 de octubre de 1983 también implicó la consagración de una nueva modalidad político-electoral, vinculada al arrastre de la fórmula presidencial en la fórmula local. “Sin dudas, se advierte la tracción de lo nacional sobre lo local. Así triunfa Llaver, de la mano de Alfonsín, y también lo hacen después Gabrielli de la mano de Menem, e incluso Iglesias de la mano de De la Rúa. Llaver era un dirigente prestigioso y respetado que sin dudas fue favorecido por el inmenso carisma de Raúl Alfonsín”, dice Mellado.


Ese primer gobierno del retorno democrático en Mendoza tiene diversos aspectos para el análisis. “En primer lugar, llama la atención el propio triunfo de la UCR, ya que salvo durante el período de Ueltschi, no había tenido incidencia más que en el ámbito legislativo”, acota la entrevistada.

“En lo referido a la gestión, puede decirse que fue tranquila, aunque no resolvió demasiadas cuestiones de fondo, como por ejemplo la situación de la vitivinicultura. Sí, marcó un hito en la defensa de los intereses federales. Su faz social y la incidencia de la obra pública se vio beneficiada por aspectos coyunturales como fue el terremoto del ’86, que hizo volcar grandes recursos hacia la construcción de viviendas, hospitales y escuelas”, opina la especialista.

Si bien no es su tema, Mellado coincide en el análisis que la transición democrática afianzó en Mendoza un modelo político preexistente, en el que la calidad institucional y la convivencia política, han sido aspectos salientes. “Esto es algo que ya estaba, y que se expresa en la salida de Martínez Baca, que fue, justamente, a través de un juicio político, mecanismo establecido en la Constitución, y no por otra forma”, expresa. Asimismo, cree que la existencia de un tercer partido mayoritario, como el PD, que no circunscribe la lucha al bipartidismo, y la ausencia de reelección para gobernador y vice son elementos que contribuyen al clima político provincial. Ese mismo que tras los terribles años de la dictadura volvía a recuperarse en nuestro país, hace ya 25 largos años.