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"El sátiro de San Isidro": la historia del Ted Bundy argentino

Francisco Laureana acechaba a sus víctimas durante días, abusaba de ellas y finalmente, las asesinaba. Se le adjudicaron al menos 15 homicidios en San Isidro.

Francisco Antonio Laureana, mejor conocido como “el sátiro de San Isidro”. 

Francisco Antonio Laureana, mejor conocido como “el sátiro de San Isidro”. 

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En la década del 70, las calles de San Isidro, se convirtieron en escenario de una escalofriante serie de crímenes. El protagonista fue Francisco Antonio Laureana, mejor conocido como “el sátiro de San Isidro”, a quien se le adjudicaron al menos 15 homicidios.

Nacido en 1952 en la provincia de Corrientes, Laureana se instaló en la zona norte del conurbano bonaerense, donde conoció a María Romero, con quien se casó y tuvo tres hijos. Su familia nunca sospechó sobre la doble vida que llevaba: un asesino serial en la piel de un hombre de familia.

El modus operandi del “sátiro de San Isidro”

Su raid delictivo comenzó a partir de 1974. Al igual que el célebre asesino serial Ted Bundy, Laureana actuaba con una inquietante frialdad y rutina. Se trasladaba en un Fiat 600, con el que recorría las calles de San Isidro cada miércoles y jueves a las seis de la tarde.

El “sátiro de San Isidro” elegía sus víctimas con cuidado, en su mayoría mujeres jóvenes, a quienes abordaba mientras tomaban sol, esperaban el colectivo o jugaban en la vereda. Los crímenes eran brutales y, al mismo tiempo, meticulosamente planificados.

Laureana acechaba a sus víctimas durante días, luego abusaba de ellas y, finalmente, las asesinaba, ya sea por estrangulamiento o de un disparo. Los cuerpos eran abandonados en baldíos. Una vez cometido el asesinato, solía llevarse algún objeto personal de las mujeres y, en ocasiones, regresaba a la escena del crimen para revivir el momento.

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El identikit del “sátiro de San Isidro” .

El identikit del “sátiro de San Isidro” .

El caso tomó notoriedad cuando la policía logró confeccionar un identikit a partir del testimonio de una testigo que lo vio escapar de la escena de uno de los crímenes. A partir de allí, se intensificaron los patrullajes en la zona.

El fin del terror

Finalmente, el 27 de febrero de 1975, el terror que acechaba las calles del tranquilo barrio de San Isidro llegó a su fin. Mientras buscaba una nueva víctima, fue reconocido por una niña de ocho años que lo identificó por el identikit que su madre tenía en casa. Tras el grito de alerta, el asesino serial huyó en su automóvil.

Se desató entonces una persecución que culminó en una propiedad cercana, donde Laureana se enfrentó a tiros con los efectivos y fue abatido. Tras su muerte, su familia siempre sostuvo su inocencia. Su esposa afirmó que no coincidía con el identikit, que era un hombre de fe y que estaba siendo incriminado injustamente.

A diferencia de otros asesinos seriales, Laureana nunca fue juzgado ni habló ante un tribunal. Con el paso de los años, su figura se desdibujó entre hechos comprobados, rumores y mitos populares. El recuerdo del “sátiro de San Isidro” permanece como una sombra inquietante en la historia criminal argentina.