Una mañana cálida del verano de 1955, el barrio porteño de Barracas se convirtió en escenario de uno de los crímenes más macabros y sangrientos del país. Eduardo Jorge Burgos se ganó el apodo del “Descuartizador de Barracas”, tras desmembrar a su amante, Alcira Methyger, y esparcir sus restos por Buenos Aires.
Fue un sacerdote, durante su caminata habitual cerca de la estación de Hurlingham, quien encontró lo impensado: el torso de una mujer, prolijamente envuelto en papel madera. Una cicatriz quirúrgica cerca del cuello sería la primera pista para reconstruir un siniestro rompecabezas.
El origen de la obsesión
Diez años antes, Burgos (30), un corredor de seguros que pertenecía a una familia acomodada que residía en la avenida Montes de Oca al 280, se había enamorado de una joven salteña de 28 años que trabajaba como empleada doméstica. Ese fue el inicio de una relación marcada por celos y frustración.
Durante años, tuvieron algunos encuentros íntimos, pero jamás fueron pareja. Él la idealizaba, buscaba un futuro con ella, pero la joven lo trataba como un ser inferior. La relación se enfrió, hasta que el 17 de febrero de 1955 volvieron a encontrarse. Burgos aún vivía con sus padres, pero aquel verano estaba solo, ya que sus progenitores se habían ido de vacaciones. La excusa fue una charla pendiente. El final, un asesinato planificado.
Whisky, cuchillas y una bañadera
Aquel cálido día de verano, Burgos y Alcira discutieron. Él había encontrado una carta de otro hombre entre sus pertenencias. De un momento a otro, el supuesto amor se convirtió en furia.
Según confesó el propio Burgos, un ataque de celos lo llevó a tomarla del cuello hasta matarla. Tras estrangularla, Burgos desnudó el cuerpo de Alcira y lo colocó cuidadosamente en la bañadera. Luego, se sirvió un whisky, se puso guantes de goma y, durante más de ocho horas, lo descuartizó usando cuchillas de cocina y un serrucho. Retiró las yemas de los dedos para dificultar la identificación. Con calma, envolvió los restos en papel madera, los ató con hilo sisal y los escondió en distintos puntos del conurbano.
El hallazgo del horror y la pista que permitió resolver el crimen
Dos días después, un sacerdote encontró un bulto envuelto en papel madera y atado con hilo sisal dentro de una alcantarilla en Martín Coronado. Era el torso. A la semana, en Villa Soldati, una mujer halló una pierna y un pie. Horas después, el Riachuelo devolvió una cesta flotando: contenía la cabeza, brazos y otro muslo.
Lo que Burgos no pudo prever fue que una vieja operación de clavícula marcaría su caída. La cicatriz en el torso llevó a los investigadores a buscar registros médicos. Y fue una ficha del Hospital Argerich la que conectó las piezas.
Gracias al testimonio de la hermana de la víctima, los investigadores llegaron a un nombre: Eduardo Jorge Burgos. Sin embargo, cuando los efectivos llegaron al departamento ubicado en Montes de Oca al 200, Burgos ya no estaba. Se había escapado a Mar del Plata. Finalmente, el 4 de marzo Burgos fue detenido. “Soy el matador de Alcira, mi novia, a la que descuarticé después de haberla estrangulado, sin querer, por celos”, confesó, sin oponer resistencia.
Una condena con sabor a poco
Fue condenado a 20 años de prisión por homicidio simple. En aquel entonces, el femicidio no estaba tipificado en el Código Penal. Más tarde, la pena se redujo a 14, y en 1961, tras cumplir 10 años de condena, salió en libertad por buena conducta.
Se convirtió al evangelismo y escribió un libro que tituló “Yo no maté a Alcira”. En él, sostuvo su versión: que todo fue un accidente y que la amaba. Volvió a vivir al mismo departamento donde había asesinado a Alcira y permaneció allí hasta su muerte en 2006.

