Crimen en la Galería Tonsa: condena récord y el punto que falta dilucidar para el esclarecimiento total del hecho
Pasaron solo 14 días desde que se halló el cuerpo de Edgardo Jesús Lucero Ramírez (29) en Los Corralitos, Guaymallén, hasta que la Justicia logró una contundente condena y en tiempo récord. Mediante un juicio abreviado Vladimir Cayo (28) reconoció ser el asesino de la Galería Tonsa, le pidió perdón a la familia de la víctima y recibió 20 años de cárcel este viernes.
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En apenas dos semanas la Fiscalía de Homicidios consiguió cerrar en gran parte la investigación por el crimen, aunque hay un punto que todavía hace ruido y resta dilucidar para el esclarecimiento completo del hecho: el encubridor.
Ese rol hoy lo ocupa Jonathan Orlando Torre (26), imputado por encubrimiento agravado pero en libertad. Él puso a disposición su vehículo Fiat Cronos, que sería usado como auto de alquiler, para que Cayo en la noche del 7 de diciembre pasado trasladara el cadáver de Lucero desde la galería al lugar en donde intentó ocultarlo, en Los Corralitos.
Este auto fue identificado y así llegaron a este joven chofer. Lo acusaron formalmente, estuvo algunos días detenido y fue liberado, luego de declarar que él no tenía conocimiento en cuanto a que en esa bolsa negra que llevó en su coche se escondía a una persona sin vida.
La fiscalía en buena parte creyó en esa versión y está muy cerca de desvincularlo del caso, incluso en el expediente consta de que hay otro interviniente no identificado. Es decir, los investigadores tienen la certeza de que al autor del crimen lo ayudaron, pero no saben quién. Y creen que Torre no fue, aunque por ahora sigue imputado.
No descartan la participación de tres personas en total, pero esta es la "pata" de la causa más complicada de esclarecer. Cayo ya confesó, sobre el segundo imputado no hay pruebas reveladoras y del tercero se desconoce su identidad. De todas maneras, los pesquisas confiaron en que hay material e información para procesar y que los puede llevar a terminar de armar el rompecabezas.
Paso a paso y el móvil
El caso Lucero Ramírez irrumpió en los medios como una averiguación paradero a mediados de diciembre, ya que su familia no sabía nada de él desde el miércoles 6 de ese mes. Lo vieron en el terminal en horas de la noche, luego de llegar desde Palmira.
La fiscalía estableció que a las 18.39 de la jornada siguiente entró a la Galería Tonsa, de acuerdo a lo que arrojaron las cámaras de seguridad del complejo. Se dirigió al local Saturno 63, en donde Cayo trabajaba en la venta y reparación de teléfonos celulares. Allí hubo una riña y el acusado mató al joven a puñaladas; la herida mortal fue en el cuello.
El agresor envolvió los restos en una bolsa de consorcio y a las 21.14 los sacó a la calle para transportarlos en el Fiat Cronos hacia Guaymallén y enterrarlos.
Pasaban las semanas y la sabuesos buscaban a Edgardo, hasta que el 29 de diciembre dieron con su cuerpo. El rastreo de las antenas de la telefonía móvil fue fundamental para detectar los movimientos de los involucrados. A esa altura el principal acusado llevaba un par de días aprehendido y terminó imputado por homicidio simple y pasando al penal.
La semana posterior, Policía Científica daría con las pruebas que faltaban para redondear la investigación. En el local comercial en el que ocurrió el crimen detectaron restos de sangre en una mopa y elementos de limpieza y desinfectantes que se utilizaron para borrar las evidencias.
Demasiados indicios en contra de Cayo, que prefirió confesar y ser condenado a 20 años-en una escala penal con un máximo de 25 por el delito que le imputaban-, tras el acuerdo de su abogado y el fiscal Carlos Torres.

Ahora bien, queda responder qué sucedió entre estos dos hombres para este trágico final. Todo indica que la víctima fue a increpar al asesino porque este había iniciado una relación con su expareja. Incluso, esta mujer trabajaba en ese negocio de la Galería Tonsa y hasta trascendió que allí convivirían con el sospechoso.

